Triana - El Patio

Enviado por Cuericaeno el Vie, 31/12/2010 - 02:55
1882

1. Abre la Puerta (9:53)
2. Luminosa Mañana (4:05)
3. Recuerdos de una Noche (Bulerías 5x8) (4:42)
4. Sé de un Lugar (7:10)
5. Diálogo (4:32)
6. En el Lago (6:38)
7. Todo es de Color (2:09)

En el nombre de la música, cruzaron los tiempos genios tan grandes, que transmitieron tanto, que a veces nos lastima su ausencia aunque no hayan ni rozado nuestras vidas, no habiendo sido ni familiares remotos, y mucho menos gente a la que hayamos podido siquiera estrecharles la mano y decirles en persona y a los ojos lo mucho que lo admiramos.

Todo eso duele mucho más cuando sabes que ese artista recorrió en vida tus mismas calles, que su inspiración fue nutrida por el mismo entorno que te vio crecer. Es un extraño nexo emocional que sólo puede ser anudado por la música, entre pocas artes más.

Sevillano como el que os escribe, Jesús de la Rosa cruzó nuestro mundo tan intensa como fugazmente, y en su estela dejó para siempre vestigios de su alma fluctuando amorosamente en los surcos de este LP del que os voy a hablar, entre otros más que conformaron la discografía de Triana, un grupo hoy legendario que resiste al olvido, tanto por ese eclecticismo con el que desafió a su propia era como por su penetrante expresión, que traspasó fronteras y corazones dejando honda huella en su camino.

Triana fue una banda formada en 1974 por el ya citado Jesús de la Rosa a la voz y teclados, Juan José Palacios (alias “Tele”) a la batería y percusión, y Eduardo Rodríguez (alias “Rodway”) a la guitarra española. Poco después se les unirían Antonio Pérez a la guitarra eléctrica y Manolo Rosa al bajo.

En el ecuador de los ’70, poco antes de que el generalísimo ingresara en el Infierno “por la gracia de Dios”, en España se bailaba “el Bimbó” (quizás para celebrar aquello por adelantado), mientras que Camilo Sesto le cantaba a una tal Melina y la dulce Cecilia nos traía un ramito de violetas. Sin duda, la apuesta musical de Triana no la esperaba nadie.

Pero la fase embrionaria de ese sonido fue nutrida por las experiencias y pasiones de cada miembro por separado, antes de que se unieran como banda. Cada uno experimentó el fatigoso y frustrante circuito underground de aquella España y aquella época, y hastiados de tantas idas y venidas en grupos donde a cada puerta que llamaban se les pedía hits repeinados para la ocasión, acabaron encontrándose y conociéndose, convergiendo desde bandas desintegradas hacia una nueva y poderosa idea plural.

En fin, más que nada expusieron juntos lo que cada uno más sentía y mejor sabía expresar: Jesús no sabía disimular ese deje andaluz que los managers intentaban censurarle (fue expulsado de Los Bravos por su acento), así que lo dejó fluir con toda su naturaleza flamenca a flor; “Tele” venía de aporrear parches en bandas experimentales que no cuajaron por la aventurada apuesta Prog que exhibían (a España eso le cogió en bragas y de las largas), así que volvió a probar suerte sin cambiar un ápice su propuesta (con dos… tambores); Eduardo huyó de la radiofórmula de Los Payos (banda a la que perteneció) y su celebérrimo single María Isabel para desinfectar de la epidemia Pop a su guitarra española y curarla con arcaico bálsamo de fraseos gitanos. Juntos dieron osamenta, piel y aura a un raro y precioso híbrido de Flamenco y Rock Progresivo, siendo el segundo un estilo que ya practicaron gustosos estos tres miembros fundadores (no sólo “Tele”) en algunas de las infructuosas bandas que tuvieron por separado, herederas éstas de formaciones “extranjeras” como King Crimson.

Fue curioso, sonaban autóctonos a la vez que forasteros, enraizados a la vez que arrancados del sonido tradicional de su tierra, que aquí sobrevivía mediante rasgueos de guitarra española y suave garganteo andalusí, no sin contar las palmas furtivas que aleteaban en cierta ocasión o algún que otro ritmo por bulerías tanteado por el pequeño “Tele”. Todo ello convivía sanamente con el melotrón, que con su luminoso abrazo era la permisiva nodriza para acunar tan distinta raza de instrumentos, no por ello menos digna y amada. Los rabiosos trinos de guitarra eléctrica que punteaba Antonio Pérez eran otro plus de extranjerización que no se debe obviar, protagonizando momentos realmente vibrantes, sin dejarnos en el tintero el grave pero sensible canturreo del bajo de Manolo Rosa, que aunque más en la retaguardia, le dibujaba en relieve la más bella sombra a todo lo que ocurría.

A la vez que moldeaba preciosas auroras musicales con su teclado, Jesús de la Rosa cantaba con un timbre muy especial y profundo. Ondeaba su voz a su propia usanza, sin una técnica vocal sobradamente docta o virtuosa, sino con las trayectorias y tonalidades justas para llegar adonde tenía que llegar: a tu alma, sin más. Y sin vuelta atrás, pues además ese nebuloso mantra que expandía con su voz era también vehículo de una poesía peculiar, tan cercana como arcana, escondiendo metáforas bajo los elementos y formas más simples de la naturaleza. Uniendo la magia que tecleaba a su voz y sus versos, él nos abducía, nos convertía en moradores de sus sueños, y eso no es poco.

El resto del plantel no se quedaba corto, queriendo de él destacar sobre todo al malabarista “Tele”, que siempre lograba hacer lo que le salía del bigote con su kit. Todo redoble era posible y a la velocidad más imposible, mostrando también una versatilidad impropia para esa época. “Él no era un batería al uso”, decía Eduardo Rodríguez en un reportaje reciente sobre la banda. Se ve que en el combo Triana nadie era del montón, por eso trascendieron hacia lo que son hoy, una leyenda eterna.

En verano de 1974, en los estudios Kirios de Madrid, fue grabado su debut discográfico, que se llamaba como la banda, pero el boca a boca que sutilmente acrecentó su éxito lo fue rebautizando a como se le conoce hoy, El Patio, gracias a la detallista portada que ilustró Máximo Moreno. El dibujante creó un típico patio sevillano que se extendía a lo largo de las dos caras de la carpeta del vinilo, y que era salpicado de sutiles toques surrealistas que desfiguraban con buen gusto tan tradicional escenario.

”Yo quise subir al Cielo para ver
Y bajar hasta el Infierno para comprender…”

El álbum comenzaba con la popular Abre la Puerta, una canción repleta de luces y sombras, sombras que aguardan tras la cara más visible de la tonada, que es su estribillo, tarareado aún hoy por todo tipo de público como hit que es del folklore moderno sevillano y andaluz. La canción es toda una fiesta a la vida y a la libertad, un canto al progreso que abría la puerta a un nuevo día, reflejándose en esa Transición española que estaba en inminente eclosión, con la dictadura franquista en trámites de derrumbe.

En ese año muchos cantautores y agrupaciones del momento escondían aún ese grito en la metáfora, un secreto a voces que todavía no afloraba en toda su concreción por lo delicado e incierto que fue ese lapso comprendido entre la muerte del caudillo y la instauración de la democracia.

Otro ejemplo y muy cercano lo tenemos en ese Nuevo Día con el que Lole y Manuel compungió a su público, narrando cómo “el Sol, joven y fuerte, ha vencido a la Luna, que se aleja impotente del campo de batalla”, lanzando luego Lole un doliente “el pueblo se despereza, ha llegado la mañana”.

La mención a ese dúo no es tan gratuita teniendo en cuenta que su Nuevo Día compartió sello y año con Triana y este “patio” por el que gustoso os estoy invitando a pasear, además de contener éste la canción Todo es de Color, escrita por Manuel Molina (de Lole y Manuel, mismamente).

Volviendo a Abre la Puerta, musicalmente es una maravilla, sobre todo por su desarrollo, esas sombras que comentaba al principio, esa melancolía en su comienzo que va escalando desde la parsimonia a la taquicardia, con cumbre en la alegría de su pegadizo estribillo. Éste resplandece saltarín con los teclados del poeta Jesús, pero luego descendemos poco a poco por unas tinieblas confortables pero más espesas que cuando empezó a arañar la aguja esos lloros de guitarra flamenca del preludio.

A partir de aquí es cuando el exotismo de la fórmula Triana se da a conocer en todo su esplendor. Primero por esas palmas que responden a las preguntas de la guitarra de Eduardo, palmas distorsionadas en el estudio, flangeadas hasta parecerse a esos chasqueos que escupían las bases de la música Disco. Ese interludio instrumental va desmenuzando sus últimas notas elegantemente hasta que llega el silencio, el perfecto comité de bienvenida para lo que se aproxima: El famoso solo de batería de “Tele”.

Ese solo es un compás de bulería que va ensamblándose poco a poco hasta completarse y convertirse en esa marcialidad musculosa de bombo, goliath y timbales que podemos escuchar. Aquello fue novedoso, trasladar el ritmo de un palo del Flamenco a la batería moderna, actualizando el centenario son a la vez que desenterrando sus estratos más tribales y misteriosos, potenciando esa especie de trance ritual que inspira por su apabullante pulso el son de la bulería.

Ese solo de “Tele” es un hipnótico bombeo que acaba detonando la carga del resto del combo, que es reactivado súbitamente en una explosiva suerte de solos de guitarra eléctrica (magnífico aquí Antonio Pérez) bajo cielos de teclado, un vivaz desenlace que cierra este peculiar tema que es Abre la Puerta. Esos palmeros espectrales, ese marcial redoblar citado, esos casi diez minutos de recorrido, tan cambiante en fuerza, matiz y estructura… Uno no se acaba de creer que hoy esté su estribillo en los labios de tanta gente de mi tierra, de todas las edades, gustos y miras, como si fuera un producto de masas cuando es una canción absolutamente extraña, anti-comercial. Además, tal chorus tan sólo suena dos veces de forma literal, veces bien distanciadas entre sí durante toda la canción, no lo repiten más. Muy grande lo de estos Triana.

En la médula de Luminosa Mañana canta distante Jesús, sonando como un Greg Lake hispalense interpretando esta especie de Epitaph aflamencado, calmo y etéreo como el frippiano, “alto como el cielo” como ese sueño existencial que aquí narra el poeta de la calle Feria. Los suaves fogonazos de sentimiento que ocurren en ciertas frases cumbre (”Comencé a caminar…”/”Hoy he visto la luz que todos llevamos dentro”) son alumbrados y engrandecidos por esta pequeña orquesta de soñadores y la voz que los regía, penetrando en el oyente como pocas canciones han logrado. Así es Luminosa Mañana, su concreción estructural y de metraje la hace tan humilde como soberana en sus formas, siendo para mí uno de los temas de Triana que más hondo me han llegado.

Recuerdos de una Noche es otra canción que me cautiva especialmente, es una suerte de “bulería eléctrica”, de sonoridad rotunda y ritmo ensañado. No satisfechos con reproducir sólo en su batería esta rama del folklore andaluz que emergió en el siglo XIX, los Triana unen todos sus instrumentos bañándola de Rock, vistiendo a la hija de la Soleá con los sonidos más modernos de la centuria entonces reinante. Antonio Pérez le añade unos solos de guitarra eléctrica sentidos a la vez que fieros, mientras que la base rítmica de “Tele” y Manolo, sin desvirtuar fisonomía ni tempo de ese ritmo ancestral, le meten una buena inyección de hierro a la criatura, pese a haber sido ya de por sí y siempre uno de los palos más contundentes del Flamenco, una de sus ramas digamos más “heavies”, y permítanme el anglicismo en tales terrenos.

Aunque después de todo, tal expresión no es más ecléctica que lo que suena aquí, aureolado por esas graves y roncas radiaciones de melotrón que pulsa De la Rosa, enrareciendo el ambiente de esta aguerrida cabalgata que en su turbulencia esconde una canción de amor. Los matices más emocionantes de esta pista son aquéllos que a ratos interrumpen la dinámica general, esos breves medios tiempos que siempre traen las mejores estrofas (o la mejor conclusión respecto a las demás), emotivos paréntesis donde la canción casi flota en el aire para otra vez caer a plomo reemprendiendo el aplastante son por bulerías. En la despedida, la canción logra aferrarse de nuevo a esa gravedad lunar para ya no soltarla y huir con ella, entre bellísimos punteos de guitarra eléctrica que se unen a las lamentaciones musicadas de la garganta del maestro Jesús. Sencillamente mágico.

De Sé de un Lugar subrayaría el fuerte contraste que existe entre el bello paisaje que con ternura narra aquí Jesús y el tenebroso horizonte que luego dibujan juntos la guitarra eléctrica y el teclado, en su extensa sección instrumental. Las seis cuerdas de Pérez desarrollan un excitado y excitante solo que se enzarza en el flanco izquierdo del estéreo, mientras que en el derecho las teclas de De la Rosa extienden una terrorífica melodía que, tan ceremonial como umbrosa, acaba precipitándose por una catarata de flanger hacia una fosa sonora que no tiene nada que ver con lo que reza la paradisíaca temática de la canción. Volvemos a las luces y a las sombras de aquella puerta que se abría en el primer pinchazo al vinilo, pero esta vez escarbando mucho más profundo.

Esa caricia sinfónica que es Diálogo da sus primeros pasos por medio del bajo de Manolo Rosa, que es iluminado por los reflejos de ese teclado que a veces navegante de mansas olas y otras punzante según como pise el ritmo de la canción, es el instrumento que junto con los frondosos toques de guitarra española de “Rodway” da el ambiente y cielo idóneos para colgar esa Luna con la que Jesús habla de amor en la canción. Aunque es de los temas que más muestran de dónde procedían Triana, ellos no olvidan sus fuentes anglófonas del Progresivo y despiden la pieza con esa especie de ráfagas discontinuas de tan delicada y magistral factura, con la que parecen querer despertar de su propio sueño a marchas forzadas.

Pero si queremos hablar de algo magistral, debemos hablar de un clásico, ese clásico es el que precede al broche final (la ya citada versión Todo es de Color) pero que tuvo que haber sido el colofón para este Patio de ensueños. Estoy hablando de En el Lago, que además de ser la canción con la que conocí a esta banda (y con la que me embrujaron ya para siempre), es uno de los himnos indiscutibles a la hora de resumir dignamente el legado perpetuo de estos hispalenses.

Desde su gong inicial hasta ese bizarro final donde parece despegar un platillo volante, desde esa obertura como milenaria hasta esa clausura futurista, todo él señala que es un viaje, bien sea astral o simple ensoñación, pues tanto su excelsa música como su letra de metáfora alucinógena nos transporta…

”Creo recordar que por la noche
El pájaro blanco echó a volar
De nuestros corazones,
En busca de una estrella fugaz.”

Ya hablé al principio de la capacidad de abducción que tenía la voz de Jesús de la Rosa, y este Lago es uno de los temas que mejor demuestra su embrujo, vestido por sus propios dedos con las sedas del teclado y sobrevolando rasante ese precioso arrecife de cuerdas de nylon que erigen las manos de su gran amigo Eduardo. Todo ello y más a un compás parsimonioso, logra gravitar y penetrar hasta hacer nuestra su experiencia, la vivencia que él aquí narra con tanta alma y tanto símbolo. Nunca sabes si realmente fue solo o acompañado a ese lago, si ese lago fue el espejo acuoso de lo que vio o todo él una ilusión, o si ésta es una canción de amor con su posterior traición o que hace alusión a la droga (más traidora aún), o quizá las dos cosas… Sólo escuchamos a un somnílocuo, o a alguien que nos lee en voz alta el fruto de su escritura automática, nacida de un trance que emigra a nosotros y en el que cada uno buceamos y sacamos nuestras propias conclusiones.

Dignos de apuntar aquí son esos licks tan bluesies de la eléctrica de Antonio, o el velocísimo y triunfal redoblar de “Tele” en la recta final… Pero de todas formas, en esencia, intentar explicar el desarrollo musical de esta pieza es como querer ponerle pies y cabeza a un aroma, así que sólo me queda recomendar encarecidamente la más serena y reflexiva escucha de esta canción, pues lo merece y mucho.

Cerramos con trinos de pájaros, para encontrarnos con Todo es de Color y esa lenta letanía de su título repitiéndose como un sobrio rito gitano. Es una canción que divaga serena, nacida para fogatas bajo las estrellas pero sin jaleo, con calma y clase, aunque no exenta de corazón. De esta creación de Lole y Manuel, Jesús sólo se trajo el estribillo y completó el resto con un canto a la primavera de su propia cosecha. La versión original, más extensa, era un canto contra la guerra que aquí os adjunto para comparar, y porque es digno de ser escuchado. Aunque con ello no nos salgamos del sello Movieplay y su serie Gong, perdónenme la licencia de citar tanto a aquella mítica pareja flamenca, pero su conexión casi cósmica con Triana trabajó en más ámbitos de los que ya he citado. Entre otras cosas, en el line up inicial que “Tele” proyectó para la banda, el nombre de Lole figuraba en el plantel. Al final no fue posible, pero hubiera sido más que interesante.

Así, en ese orden, se grabaron en el vinilo las canciones de El Patio, el mejor álbum de Triana junto con su posterior Hijos del Agobio (1977), fraguando así el oro de un principio de carrera colosalmente creativo, carrera que injustamente no fue todo lo extensa que debió ser (sólo 6 discos), pues fue clausurada y marcada por una tragedia.

Más como promesa que como propuesta, un día Jesús le dijo a su buen amigo Eduardo que si a alguno del grupo le pasase algo malo, la banda debía disolverse por completo. Como cruel capricho del destino, el que ideó tal juramento fue el mártir que hizo acatarlo, y el 14 de Octubre de 1983, un coche de matrícula M-4643-FJ quedaba destrozado en la carretera nacional cercana a Burgos. Dentro iba Jesús de la Rosa, y con su muerte en el quirófano del hospital General Yagüe (donde entró por su propio pie), moría también la banda, pero nacía una leyenda.

Lejos de su tierra, en Madrid, bajo una lápida que no para de recibir flores, descansa Jesús de la Rosa Luque, una mente que traspasó el folklore que lo vio nacer y que aunque la Muerte nos lo arrebató muy joven, ella cree que se lo llevó todo de él, pero se dejó aquí algo que nunca nos quitará: las canciones de Triana, sus canciones.

Su voz insepulta venció a la Muerte sola, sin su dueño, pues éste tuvo que soltar lastre para alcanzar la cantera donde sus sueños nacieron. Y es que, aunque haya desaparecido hace décadas de nuestro planeta, Jesús aún nos canta al oído para hablarnos de luminosas mañanas y de aquel lago donde aprendió algo nuevo, esa nueva expresión artística que nació de fusionar sus dos adentros, el Flamenco como raíz primaria de su lenguaje y la inquietud por la experimentación con la que encontró vehículo en el entonces tan latente movimiento progresivo del Rock. Antes de dejarnos, él desencriptó “la triste melodía que brota de la tierra” y nos la cantó en andaluz arropándola con sonidos entonces nuevos para el oído de sus paisanos. Así era Jesús de la Rosa, uno de los artistas más grandes del panorama musical español. Que descanse en paz en los bucólicos parajes que siempre describió en sus eternas canciones.

Triana, tan callejeros como siderales, mundanos e inmortales, aún con corazones nuevos por enamorar con su música pese a su disolución en 1983. Un horizonte de generaciones aún se avista, y todo él ha de conocer la magia de aquel Rock Andaluz que gestaron estos sevillanos.

Jesús de la Rosa - Voz y teclados
Juan José Palacios “Tele” - Batería y percusión
Eduardo Rodríguez “Rodway” - Guitarra española
Antonio Pérez - Guitarra eléctrica
Manolo Rosa - Bajo

Sello
Movieplay/Gong