King Crimson - Larks' Tongues in Aspic

Enviado por Cuericaeno el Sáb, 13/06/2009 - 13:44
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1. Larks' Tongues In Aspic, Part One (13:36)
2. Book Of Saturday (2:49)
3. Exiles (7:40)
4. Easy Money (7:54)
5. The Talking Drum (7:26)
6. Larks' Tongues In Aspic, Part Two (7:12)

A tan sólo dos puestos por debajo del mítico Dark Side Of The Moon de Pink Floyd (en primer lugar éste) y a dos puestos por encima del Houses Of The Holy de los Zeppelin, aparecía este quinto álbum de King Crimson en el Virgin Top 30, siendo este trabajo uno de los líderes supremos del Rock de aquel remoto 1973 que lo vio nacer.

Para que desde su primer corte esta obra entre más amable y consonante a los oídos del primerizo en sonidos tan lisérgicos, hay que partir de una base, y esa base es la posibilidad más cercana que remota de que estos músicos no fuesen de este mundo, o que tuvieran sus mentes y almas una conexión privilegiada con el quásar de la suma inspiración.

Sea por las nupcias de genialidad innata con sustancias alucinógenas, o bien por la magia imperante que exhaló aquella década, Larks’ Tongues In Aspic marcó la etapa quizá más experimental y bizarra de los Crimson de los ’70, una banda que, como la hidra, renacía con nuevas cabezas en cada aparición, siendo la de su líder, Robert Fripp, la única que prevalecía entre los nuevos nombres que estructuraban esta plural entidad sinfónica, obradora de un arte al margen de toda música terrenal, pero tomando los instrumentos clásicos de ésta para enseñarnos otro lenguaje a través de ellos, el dialecto supraterreno del Rey Carmesí, cuyo representante en la Tierra fue el genio Robert Fripp.

La particularidad más notable en ese cambio de formación era, por una parte, la introducción por primera vez en la corte crimsoniana de un violín y una viola (de la mano de David Cross), y por otra, la inserción de un segundo percusionista, Jamie Muir, que complementando el sensacional trabajo del baterista Bill Bruford, desplegó un abanico muy amplio y rico en matices a lo ancho del espectro sonoro, salpicando los alrededores con extraños sonidos emitidos por campanas, maracas, sonajeros o elementos más dispares como trozos de chapa u otros objetos que encontraba y añadía a su curioso kit (cencerros, bocinas de bicicleta y un bowl de cáscaras de pistachos - ¡¿?!), e incluso un silbato que de vez en cuando ponía en sus labios para enloquecer ciertos pasajes.

Aquella metamorfosis kafkiana de traviesa ambigüedad se compaginaba muy elegantemente con la sensibilidad de aquel nuevo violín que surcaba las composiciones de esta obra, sin olvidar tampoco el plus de gallardía que aportaba la cálida voz de John Wetton, que siendo también nuevo en la formación de Fripp, ungió de un sentir añejo y mágico cada estrofa que escribió Richard Palmer-James para la obra, bordando a la vez que cantaba unas muy expresivas líneas de bajo que sumaban otra gran personalidad al cúmulo de humores y sensaciones que en conjunto liberaba cada instrumento, cumpliendo siempre la banda esa constante de fauna instrumental que pace y canta cada una a su aparente libre albedrío, pero aunada en una armonía que sólo los oídos doctos pueden captar y atesorar.

El álbum amanece con Larks' Tongues In Aspic, Part One, un instrumental que es un perfecto híbrido entre hipnotismo y exasperación, pues según el humor o disposición de cada uno, puede producir una sensación u otra en su exótico preludio. Esta pieza nace con un multitudinario y surtido tintineo de xilófonos y campanas tubulares que nos dibujan una especie de selva de cristal movida por la brisa, selva en la que estamos inmersos y podemos escuchar las chicharras que coronan esa jungla, unos sonajeros que junto con las acechadoras intermitencias del violín, avisan del peligro inminente que de vez en cuando irrumpe y cambia todo el clímax de la pieza. Ese peligro, como si de un predador se tratase, es un crepitante riff superdistorsionado que desgarbado cabecea salvajemente cada vez que sitia el espacio sonoro, y que si no fuera porque sabemos que este álbum es de principios de los ’70, juraríamos que, por estilo musical y ecualización, estamos escuchando a la banda de Marilyn Manson en su etapa más iracunda y ‘anticristiana’. Pero claro, mientras este hiriente riff entraba a pisotones en nuestro mundo por primera vez, nuestro anticristo superstar, con 4 añitos de vida, estaría tan tranquilo rompiendo sus juguetes en el salón, así que se descarta esa posibilidad.

Esos trece minutos y medio de vítreo tumulto, guitarras corrosivas y violines de suspense son terminados de llenar con una extensa jam que lo mismo es impulsada violentamente a sincopado pulso que deja a capella al violín para ser grácilmente comandado por el bohemio David Cross, proyectando a fricción de arco un vuelo imperial de su instrumento que nos congela el ser a su merced. Un gran viaje esta primera parte del tema-título, viaje a veces grotesco y otras paradisíaco, pero en todas apasionante.

La paz con la que perece el primer corte es heredada por el grácil Book Of Saturday, una balada desnuda de percusión que, con melosas tesituras de melotrón y sutiles punteos de guitarra en efecto reverse, recibe de vez en cuando las tímidas visitas del violín de David, vistiendo todo ello a la suave voz y murmurante bajo de Wetton, artista que aquí nos susurra una historia de idílicos sábados de un pasado, que aunque ajeno, nos lo hace propio por la tan íntima música y voz con la que es presentado. Una absoluta delicia para los sibaritas de la música del siglo XX.

Tras esbozar una terrorífica atmósfera entre infernal y galáctica, Exiles despierta aterciopelado con un arpegio acústico de Fripp acompañado por el violín de David Cross, tocando este último la melancólica melodía que con voz rota entonará John Wetton en el verso. La delicadeza de esta canción es tal, que si no fuera por la percusión, que aunque suave, la ancla en lo físico, toda ella se elevaría hasta perderse entre la nubes, pues su interpretación, tanto por el sutil y magistral trabajo de los músicos como por el compungido registro del vocalista, es tan sublime que roza lo espiritual. El siglo XXI perdió el espíritu capaz de tallar diamantes como éste, y eso es una triste pérdida.

Atractivo a la vez que estrafalario, me fascina el marcial chapotear de Easy Money, y su jazzístico canturreo de presentación por parte del ‘duridudeante’ Wetton (scat singing es llamado ese vocablo musical), entrando a chulesco paso un corte travieso, sórdido, y florecido de extraños sonidos de rasgar de telas o correr de cremalleras, ronroneos de globos friccionados, trémulos tintineos, extraños trinos y demás elementos provenientes algunos de la singular aparatería de aquel nuevo percusionista, y otros quién sabe de dónde. Tras su misterioso ecuador, meramente ambiental, reaparece coreado el tarareo jazzy del comienzo para atacar de nuevo John con el verso, esta vez acompañado con más énfasis y demencia por los instrumentos, hasta terminar la pieza con una mecanizada carcajada como de diabólico autómata, una carcajada que inquieta y pone la amarga guinda a este pastel de decadencia tan bien elaborado. Pasmosa la capacidad de esta banda de vendernos jardines y lodazales con mismo éxito, y sin dejar de sonar a ellos pese a sus bruscos cambios de atmósfera.

Minimalista pero de atrayente inercia es ese instrumental de siete minutos y medio llamado The Talking Drum, donde sobre el creciente bucle rítmico que erigen la batería y el bajo gravitan con aires arabescos el violín y la electrizante guitarra de Fripp, hasta terminar esa carrera tenebrosa y psicótica en una estridente meta que nos ensordece.

La segunda parte del tema-título llega con un cortante riff de aceradísimo filo Heavy, riff que alternado con esas cuasidisonantes y sinuosas escalas que solía puntear Fripp, se convierte en pieza clave del corte, hasta que vuelve a asaltarnos el anacronismo con el otro riff que lo releva más adelante (3:41), que voluminoso y entrecortado parece un remoto antepasado de aquel Walk de Pantera, marchando con idénticos rasgos, ceñudo e inmune al punzante revoloteo del estridente violín, siendo esos momentos los que mejor resumen esa pieza de siete minutos con la que finalizaba esta fantasía indómita hecha música que es Larks’ Tongues In Aspic.

Como un juglar que nació bajo otras constelaciones, Robert Fripp entretejió en su extraño trance musical las doctrinas venideras del Rock en sus ramas más duras, notándose sobretodo en los dos temas que dan título a la obra (y que abren y cierran la misma) unos riffs que, por su abrasiva sonoridad y feroz partitura, no parecían haber sido gestados en aquella aurora de los ’70. Pero así fue, y bien sabe el Diablo las artes que Él le inculcó a ese gafitas de pelo ensortijado, aquél que tras su sereno semblante escondía la artillería de futuras batallas de la música contemporánea.

Robert Fripp - Guitarra y melotrón
John Wetton - Bajo y voz
Bill Bruford - Batería
David Cross - Violín, viola y melotrón
Jamie Muir - Percusión
Richard Palmer-James - Letras

Sello
Island Records