Killing Joke - Pylon

Enviado por Onán el Vie, 25/01/2019 - 14:50
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1. Autonomous Zone
2. Down of the Hive
3. New Cold War
4. Euphoria
5. New Jerusalem
6. War on Freedom
7. Big Buzz
8. Delete
9. I Am the Virus
10. Into the Unknown

Bonus tracks de la versión Deluxe:

1. Apotheosis
2. Plague
3. Star Spangled
4. Panopticon
5. Snakedance (Youth 'Rattlesnake Dub' Remix)

40 años de grupo nos contemplan. ¿Qué se puede decir a estas alturas de Killing Joke que no se haya dicho ya? Seguramente poco o nada, pero mi granito de arena comienza dándoles las gracias. Gracias por existir, por vuestra discografía y por seguir después de tantos años no ya en forma, sino mejor que nunca. Gracias por mereceros la legión de fans más culta, fiel e inconformista que un grupo pueda tener. Os lo habéis ganado.

La siguiente cuestión que me urge abordar es la siguiente: ¿Está pirada esta gente? Después de mucho darle vueltas tengo que bajar la cabeza porque no me veo capacitado para juzgar a semejantes visionarios de los que sólo cabe aprender, pero caray, la pregunta no me la hice en vano. Qué gente más raruna. Veamos algunas muestras de su comportamiento y visión de la realidad extraordinariamente alejados de lo común: A finales de los 70 el teclista y cantante Jaz Coleman conoce al batería Paul Ferguson, congenian y deciden fundar un grupo. Ponen un anuncio en el periódico, pero donde otros pensaríamos "batería y cantante buscan bajista y guitarrista" lo que ellos tenían en mente era unir fuerzas con un par de desconocidos que estuvieran dispuestos a "definir la belleza exquisita de la era atómica en términos de estilo, sonido y forma". Tócate las narices. Por si acaso no había suerte con el místico reclutamiento, no se les ocurre otra cosa que apoyarse en un rito mágico (a saber cuál, prefiero no indagar). Gracias al rito -siempre desde la perspectiva de Coleman, que te lo explica mientras te escruta con esos ojos enormes- tuvieron la fortuna de encontrar al bajista "Youth" y al guitarrista Geordie Walker. Este último y Jaz Coleman han sido desde entonces los únicos miembros estables, por cierto. Y desde luego, con rito o sin él, la reunión inicial del cuarteto fue una casualidad de las que ocurren pocas veces. Los amantes de la música a veces estamos de suerte.

Pero seguimos para bingo. En sus primeros años tuvieron una especie de epifanía mágica: a mitad de un concierto de pronto la gente se ralentizó, como si bailaran bajo el agua, en silencio total, para de pronto volver a dar gritos y patadas otra vez. Coleman lo atribuye a un "campo magnético" que había por allí, y asegura que el resto del grupo lo sintió también y que ha hablado con otros músicos a los que les ha pasado a veces. Claro, claro. Más tarde se piró con Walker a Islandia porque se acercaba el Apocalipsis pero luego dijo que no, que era una tapadera; lo que hicieron fue someterse a un proceso introspectivo llamado "individuación", o no sé qué gaitas, y pusieron la excusa del Apocalipsis para que los dejaran en paz. Joder, no sé qué es peor, o al menos qué es más raro.

El caso es que la carrera del grupo está empapada de búsqueda de lo oculto y de significados apocalípticos. Aunque el Fin del Mundo no llegue nunca, ellos seguirán anunciándolo porque ven síntomas por todas partes. Nuestra excesiva dependencia de la tecnología, la sumisión a las grandes corporaciones, la guerra, las falsas banderas, la extrema vigilancia a la que se nos somete, la política de inmigración estadounidense... todo le toca los huevos al bueno de Jaz Coleman. Y tiene razón, joder, aunque en su emotiva diatriba si rumbo fijo, que se repite de nuevo cada vez que le ponen un micro delante, pueda incurrir en planteamientos erráticos o asomarse a algunos abismos ya directamente un poco magufos. Tiene razón y punto. Es un grande, leñe. Es autodidacta. Da conferencias. Dirige orquestas sinfónicas. Piensa mucho. Un respeto por él. Es una persona que ha sido puesta en el mundo para señalarnos a todos con el dedo y a la vez hacernos mover el esqueleto. "Bailar pensando", ese concepto.

Disco a disco nos ha ido transmitiendo sus preocupaciones e inquietudes con su voz tan personal, eternamente joven, a veces agresiva pero siempre achuchable en grado sumo. El grupo ha pasado por largos periodos, incluidas algunas paradas, que resumiré a toda velocidad: Un glorioso comienzo con tres o cuatro discos muy influyentes (John Peel los apadrinó como pioneros del post-punk, de lo industrial, bla, bla, bla), varios cambios de formación, una etapa de mucho éxito comercial en los 80, más suave y "audible" y una vuelta a la mala hostia desde los 90 en adelante. Por supuesto esta mini-bio que me acabo de marcar es puro resumen y desmerece los 40 añazos de esta poderosa entidad; quien quiera profundizar se va a encontrar ríos de tinta en internet y se tropezará por el camino con interacciones que el grupo tuvo con gente de la talla de Dave Grohl, Pink Floyd o Paul McCartney.

Me centraré en los últimos diez años más o menos, que es lo que toca. El caso es que los últimos tres discos de estudio de Killing Joke han contado de nuevo con la formación original y esto parece haberles sentado muy bien, porque la sinergia que generan es un puto disparate. Absolute Dissent (2010), MMXII (2012, o sea eso mismo en números romanos) y el que nos ocupa, Pylon, son tres pepinos acojonantes que comparten cierta esencia similar, parecen hechos más o menos de manera parecida. Para los perezosos o los que simplemente pasaban por aquí y no quieren ahondar demasiado, recomiendo la escucha de la segunda canción de MMXII, llamada Fema Camp, que se las basta sola para volar la cabeza a cualquiera. Increíble. Es de esas cosas que siempre han estado ahí al alcance de todos, pero se te tiene que ocurrir componerla.

Intentaré describir cómo se lo ha montado esta gente en Pylon y por extensión también en los dos discos anteriores, aclarando primero que la mayoría de cosas que ocurren en ellos ya son "de la familia". A pesar de sus idas y venidas Killing Joke llevan ya muchos años siendo más o menos así (de nuevo resumiendo muy a grosso modo), y puede que en los últimos años simplemente hayan llegado a destilar la mejor versión posible de sí mismos, o las canciones estén más inspiradas que nunca. Es una opinión, por supuesto. Aquí hay discografía para aburrir a una cabra, y no hay disco malo. Se encuentra uno por la red a cientos de fans del grupo muy serios que hablan maravillas de cualquiera de sus épocas, emitiendo opiniones la hostia de distintas entre sí, y no lo hacen para nada a lo loco ni repitiendo lugares comunes o letanías estúpidas que han escuchado a otros, como suele pasar cuando hablamos de la mayoría de grupos conocidos. Son fans cultos, ya digo, se nota que este grupo gusta a gente exigente. Aquí hay tomate. Creo que hay mucha gente que de verdad ha visto transformada su vida (en cierta medida) por estos discos.

¿Por dónde íbamos, joven? Ah, sí. Vuelvo a Pylon. Ante todo llama la atención el minimalismo extremo de las estructuras, que repiten hasta la saciedad, sin complejo alguno, extensas simplezas de enorme efectividad con las que llenan espacios larguísimos sin aburrir y sin que parezca que les ha preocupado aburrir. Carretera y mantra (ríase aquí). Son canciones como "pa entrar a vivir": largas como sólo ellas, envolventes. Te atrapan, te dejan como mentalmente enjaulado dentro de cada una.

Presidiendo todo, como ya anunciaba antes, está la voz de Jaz Coleman: la de un auténtico mesías que nos habla de horizontes llenos de "Pylons" (postes de alta tensión, que por cierto aparecen en la portada del disco formando una especie de mandala infernal), vigilancia del individuo, drones, ausencia de libertad, guerra fría y un largo etcétera. Cuidado con el mensaje, que a ratos te puede congelar la sangre en las venas. Está emitido en frases breves, con grandes espacios entre ellas, o sea muy a lo Killing Joke. La voz está como sepultada en una nube de reverb que alarga la última sílaba de cada frase hasta lo imposible y una distorsión muy sucia, elementos que normalmente consideraríamos exagerados o innecesarios, pero que aquí hacen que el mensaje suba muchos enteros. La interpretación, sentidísima, marida perfectamente con el lenguaje corporal de Coleman en el escenario: esa mano izquierda alzada, con la palma hacia arriba crispada mientras canta. O extendida hacia delante, como diciendo "esperad, esperad" mientras deja pasar los larguísimos espacios instrumentales entre frase y frase. Este tipo no cabe dentro de su propio cuerpo. ¿Sabéis ese estado que pasamos en la adolescencia, cuando han crecido mucho algunos huesos pero otros no y no se sabe si eres niño o adulto y te pillas unas gripes de flipar y creces 10 cms en una semana? Pues parece como si Jaz Coleman estuviera pasando por eso siempre.

Mientras él canta Paul Ferguson nos regala sus ritmos, supuestamente "tribales" si hay que atender a la descripción generalizada. Mira que odio esa palabra, ¿tribales? ¿de qué tribu exactamente? En cuanto un batería de rock se sale de "pum, pa, pum, pa" y le da un poco a los toms ya decimos que es tribal, jeje. Bueno, se llamen como se llamen los de este disco son ritmos fijos, pesadotes y bien armados, que nos ponen a bailar al ritmo del Apocalipsis. Bien por esa faceta de Killing Joke, de la que este súper batería es culpable tan directo: convertir el fin del mundo en una especie de discoteca loca en la que celebramos el inminente fin con una sonrisa de oreja a oreja.

El bajo se encarga de sujetar unas armonías muy simples y llanas, que abundan en lo modal y se prolongan en larguísimas repeticiones como una letanía. No es broma, la primera canción son 6'44'' de un solo acorde, por ejemplo. Y no cansa. La guitarra de Geordie Walker, por su parte, tan original y aplastante como siempre, va buscando (y encontrando, vaya que sí) la manera de minarte el ánimo con cada arreglo. Por último, todo el trío instrumental queda adherido entre sí por una capa de elementos electrónicos de diferentes características e intensidades que siempre están ahí, pero hay que buscarlos. La producción es un auténtico trabajo de chinos que consigue no parecerlo, y el resultado no puede ser más aplastante. Es como la banda sonora de algo de Tim Burton, solo que mucho mejor. Siempre oscuro pero siempre molón, artístico, elevado, místico. Algo bello. Y es que Coleman es como un ser de luz pero que emite en blanco y negro, no sé si me explico. Si queréis belleza la vais a tener a raudales, pero viene con su poso amargo. Es como un bote de Nocilla, pero con ajo. ¡Y está riquísima! A ratos hay momentáneos parecidos con U2 que curiosamente a mí lo que me hacen es pensar que U2, por contraste, es una filfa.

Todo aquí es un trance, el sentido del tiempo se detiene. No hay prisa. Y no creo que esto sea puro empeño del grupo, que se obceca en decir las cosas despacio para ir contra corriente. Es que creo que perciben el tiempo así. Lo detienen porque está detenido. Tienen razón. No sé muy bien lo que digo, pero escuchando este disco les doy la razón aunque no sepa bien en qué. Una canción como Autonomous Zone no "consume" casi siete minutos de tu vida sino que los multiplica por mil. Se queda a vivir en tu cabeza para siempre, o más bien te quedas tú a vivir dentro de ella. Este grupo llega a inducir estados un poco hipnóticos, es como si tuviera la llave de la sanación o algo así. Joder, ya estoy hablando como Jaz Coleman, qué miedo.

Y todo es inconformismo, todo es "a mí no me la dan". Hágalo usted mismo, y hágalo como quiera. A la mierda obligaciones, a la mierda satisfacer a la industria o incluso al público si hace falta. Yo quiero esta canción así, y así se queda. Madre mía, no quiero pensar la de discusiones que se habrán podido generar entre estas cuatro personalidades tan fuertes para decidir el formato final de semejante colección de canciones. Ole sus cataplines por sacar adelante este discazo. Ole la edad, que tan bien sienta a algunos. Y ole la actividad prolífica: el disco en versión "normal" son diez laaargas canciones, pero si te lo quieres pasar en nivel experto tienes la version Deluxe, que tiene cinco canciones más al final. Descontando la última, que es un dub urdido por el bajista, las otras cuatro podrían estar perfectamente en la versión normal del CD. No son descartes, y de hecho Coleman insiste en ello. Ni sobran, ni cansan, ni quedarían fuera por ningún motivo más allá de que aquí todo excede las duraciones habituales.

Como cualquier otra cosa Pylon puede gustarte o no, o puede conectar o no contigo ahora, o quizá lo haga otro día. Lo que no te va a permitir es renegar de una etiqueta al completo: si no te gusta no es que no te guste lo "industrial", o lo "post-punk" o cualquier otro conato de descripción habitual. Es que no te gusta Killing Joke, si más. Una cosa que queda clara es que esta música no se puede asimilar a ninguna etiqueta, no se deja. Y si se hiciera sería en todo caso nombrándolos pioneros, porque este grupo es uno de esos faros que iluminan a los demás.

Yo ya he hablado mucho, y en realidad este disco se explica solo. Es una obra maestra de cuya escucha no creo que se pueda arrepentir casi nadie, incluso sin gustarte, así que ¡inmersión! Y mucha suerte.

Jaz Coleman: Voz, teclas
Geordie Walker: Guitarra
Youth: Bajo, programación
Big Paul Ferguson: Batería

Sello
Spinefarm, Universal