Judas Priest - Sin After Sin

Enviado por Cuericaeno el Lun, 07/07/2008 - 02:59
8

1. Sinner - 6:43
2. Diamonds And Rust - 3:23
3. Starbreaker - 4:47
4. Last Rose Of Summer - 5:38
5. Let Us Prey / Call For The Priest - 6:14
6. Raw Deal - 5:58
7. Here Come The Tears - 3:36
8. Dissident Aggressor - 3:06

”Sin after sin… I have endured.
Yet the wounds I bear… are the wounds of love”
.

Ya su antecesor, el melancólico y obscuro Sad Wings Of Destiny, anunció el alumbramiento de su perfecta sucesión, que si no llegó por un peldaño al rango de su ascendiente, sí heredó parte de su atmósfera, traída desde su infierno natal a la superficie para mezclarla con los vapores de una tenue madrugada, la misma que se extiende sobre aquel misterioso mausoleo en la marisma. En ese aspecto y en la emotividad y calidad de sus composiciones, este Sin After Sin es un disco que cautiva casi en mismo grado que aquellas ”tristes alas del Destino”.

La barra de trémolo de Downing es blandida para buscar la señal idónea que invoque al Pecador. Sinner escucha la rauca llamada y se manifiesta, encarnado en Rock 'N' Roll para ser notorio ante nuestros sentidos. Su riff insistente avanza decidido custodiando a diestra y siniestra una letra apocalíptica traída por Halford con un deje rockero de vieja y magna escuela, presentando unos textos dignos del más demonial William Blake, aquel poeta y pintor que en el siglo XVIII casó al Cielo con el Infierno con la misma distinción y tenebrosidad que la tonada que nos ocupa, sumándose a eso un aire más visceral acorde con el Heavy Metal que se empezaba a fraguar, gritando al Futuro lo que en Él se debía de hacer cuando aquel acero empezara a templarse en los albores de los ‘80. Ya tomaría nota la, no nacida entonces, escena Thrash y sus hijos, el Death y el Black, para tomar influencia de “aquél que cabalgaba en la tormenta buscando la carroña de la guerra”.

Majestuosa, épica y obscura la melodía de Tipton [2:50 – 3:02], que empuja la canción con soberbia imperial hasta caer de súbito en un calmo pasaje, en él toma terreno un caótico y estridente solo de Downing, que a convulso tremolo explora las regiones más oscuras de la música, volviéndonos a lamer la furtiva résped del anacronismo (¡¿Esto es de los ’70?!). Luego Halford pasa a recitar, arropado por el mismo adagio por el que anduvo Downing y su ataque de trémolo, narrando amenazante las andanzas del Pecador y su líder espiritual… la Guerra.

El disco sigue avanzando con la versión del Diamonds And Rust de Joan Baez, un diamante con aleaciones de acero tratado en el horno alquímico de Priest, resultando una transmutación tan radical que los británicos la hacen suya en pleno y justo derecho de pernada.

A esta versión con mayúsculas la sigue el entrañable Starbreaker, una rockera y festiva oda a una entidad cósmica, que en su perpetua odisea estelar, nuestros cielos ocupan un tramo de su órbita, pero sólo podremos ver su estela una vez en nuestra insignificante vida. Abismal contraste en la balanza existencial respecto a esas fuerzas del universo y nosotros, como bien reflejó Lovecraft culminando su soneto Vientos Estelares: ”…Pero, por cada sueño que estos vientos nos traen, ¡barren otra docena de los nuestros!”.

La tierna balada Last Rose Of Summer se antoja relajante hasta desvanecerse y dar paso al instrumental Let Us Prey que pronto muere tras la primera línea cantada en el vacío y que da pie a Call For The Priest, un veloz corte muy dinámico, de una estructuración magnífica que hila solos y melodías muy inspiradas.

Raw Deal se pasea ante nosotros con una chulería barriobajera impregnada del humo de los pequeños clubs. Rob juega con las métricas en un alarde de inventiva que sólo él es capaz de hacer posible, dando un dinamismo a la canción que la enriquece, rompiendo los moldes lineales. Cercanos al tercer minuto, la banda nos lleva a uno de los momentos más intensos e inesperados de todo el álbum, cuando Rob mantiene la última nota de la estrofa, mientras las guitarras le preparan un escenario nuevo donde él emanar su próximo ataque… Aquí ya hay que cerrar los ojos y rendirse, entregarse… ese ”I’m going, no loss” no se puede explicar, hay que escucharlo, vivirlo….

Here Come The Tears amanece calmo, alumbrando tenue a un bello paisaje de guitarras acústicas abrigadas por un señorial y minimalista piano. La voz de Halford se extiende como un bálsamo, un confortable mantra que alarga las sílabas de un texto inmerso en solitud y miseria afectiva, hasta que rompe en desesperación con unos agudos que ondea con vibratto en una ardua labor parecida a la del cenit y desenlace de Run Of The Mill (Una de las mayores gestas que me hizo deificarlo - Vox Dei). Tipton lanza su angustioso solo, más adelante, aún sonando éste, entra Rob en un tono profundo de talante Doom, haciendo un bucle coral de gran atmósfera con el título del corte como emblema. La guitarra nos contagia su estremecimiento desde el fondo de la canción, medio eclipsada por un más cercano Halford, que cambia el registro a más enérgico mientras persiste por otro lado el coro inicial, caminando juntos grave y agudo. Todo esto unido se siente como una caída libre hacia el foso de la tragedia espiritual, pero en un intenso viaje como a cámara lenta, hasta que una explosión marca el final definitivo. Éxtasis asegurado.

Disipado el polvo, entre las brumas va creciendo un carrusel de armónicos sobre un trote de enmudecidas guitarras, hasta que, ya cercano a su presa (nosotros)… ataca. Es Dissident Aggressor, traído a la vida por uno de los gritos más impactantes y envolventes del dios Halford. Aquí se revuelve el tema más trallero del disco, con un riff compacto de un puro Thrash que aún no gozaba de bautismo pero sí de espíritu. La Voz se alza entre las guitarras con altanería, prenunciando quiénes serían los abanderados del próximo movimiento que sacudiría la década venidera. Final apoteósico, con el Señor del Grito como protagonista una vez más.

Yo no sé Vds., señores, pero yo me niego a relegar esta joya a las sombras del olvido tan solo por tener cerca a otra de más reconocimiento. Yo creo que ambos discos no pueden vivir uno sin el otro, siendo éstos los mejores vestigios de los Judas más oscuros, más románticos y más épicos que ha dado su legado. Pecado tras pecado, yo… seguiré pecando, y con sumo placer.

Gracias por su visita al mausoleo de la marisma.

Rob Halford - Voz
K.K. Downing - Guitarra
Glenn Tipton - Guitarra
Ian Hill - Bajo
Simon Phillips - Batería

Sello
Columbia