David Bowie - Station to Station

Enviado por stalker213 el Dom, 02/02/2014 - 17:55
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Aunque guardo todavía alguna duda al respecto (en esta vida uno tiene que dudar incluso ante la más inamovible de las certezas), la cosa es ya prácticamente oficial, os digo. Y la verdad, no será porque no lo haya meditado largo y tendido durante el transcurso de las últimas cuatro semanas, a través de la cuales he triturado aunque solo haya sido una minúscula parte de su catálogo (mi infalible “táctica tanque”, únicamente aplicable a los pepos que la merecen), pero finalmente he habido de claudicar ante el cómo abruptamente, y cuando eso parecía ya algo imposible, Peter Gabriel se ha visto desplazado del primer cajón del podio en que tengo a los mayores genios de la música contemporánea. Y lo sé, evidentemente que lo sé: La afirmación puede sonar ridículamente atropellada, cuando no del todo absurda, pero cuando uno se ha visto expuesto a tantas decenas de miles de experiencias musicales y finalmente vive lo que yo he vivido el último mes, invariablemente concluye el cómo la capacidad de uno mismo para sorprenderse con la música es infinita; Y naturalmente: Que el malnacido de BOWIE es una de esas poquísimas bestias pardas que escapa, y de lejos, a la mera categoría de artista que cualquier desarrapado con una mugrienta guitarra puede hacer suya.

Dicho lo cual, aclaro –por si no era ya meridianamente obvio- el cómo casi hace más de un mes que apenas si he escuchado música Metal; Algo del todo inédito en mis últimos veinte años de existencia. Y todo, porque este maldito hijo de perra me ha privado de ello. De hecho, él y otro par más de jaurías de aliens que ahora no viene a cuento nombrar, pero fundamentalmente estamos hablando de este grandísimo hijo de puta llamado DAVID BOWIE y de su inexplicable magnetismo para atrapar a cualquiera con un mínimo de gusto por la buena música y ¿Qué duda cabe? Con al menos kilo y medio de cerebelo embutido en la puta almendra ¿Sí?

Porque claro ¡Cojones ya! A ti, un tren (bien traído, ah?) te puede pasar de lejos y ya, pero si por lo que fuera, se detiene, algo llama tu atención y ese que te están mostrando es una puta joya, difícilmente te va a parecer una lustrosa mierda si es que la calidad existe. Y me explico a continuación al respecto: Por aquello que sea (o si se quiere, todo lo contrario) yo hasta hace un mes escaso apenas si había reparado en la obra del señorito. Y sí ¡Coño! Claro que sabía quién era, porque (como todo hijo de vecino) sufrí en carnes propias la casposa década de los 80 y el archi-taladrante “Let’s Dance”, pero puto insisto: Por lo que haya sido o haya dejado de ser, yo hasta hace nada no le había prestado ni un solo minuto a la obra del pedazo de cabrón éste… Y anda que no le vi pronto las orejazas del quince al jodido lobo ¿Sabes? Porque fue el destino -supongo- el que hizo que me bajara un día cualquiera su discografía en bloque (en breve voy a suplir esos corruptos archivos digitales por las obras en formato original, como mandan los cánones) y que me desvirgara, bowísticamente hablando, con “Space Oddity” y su tema homónimo para darme cuenta ipsofacto del cómo ahí había una puta veta del cagarse, de la cual iba a extraer incontables horas de entretenimiento en esta apasionante aventura en la cual vivimos inmersos aquellos que amamos de veras a la música. Aunque fíjate tú lo equivocado que estaba, porque a día de hoy es cuando me doy cuenta de que todavía había muchísimo más. Mucho, mucho y muuuucho más, porque al cósmico subidón en (01:23) de “Space Oddity” lo sucedió la imposible de imaginar “All the Madmen”, al punto que se erigía imperial “The Man Who Sold the World” y luego la inexplicablemente mágica “Cygnet Committee”. Y ahí sí que ya no hubo ni una puta sombra de duda, mis pollos. Ni una sola, os digo.

Porque así sin más, me fue revelado el cómo este pedazo de hijo de puta era una altísimo jerarca en el arte de la manipulación de las jodidas pieles de gallinácea; Y creedme que sé de lo que estoy hablando, coño. Porque ese ¡Ese! es mi radar inequívoco para identificar aquello que de verdad es GRANDE en contraposición a aquello otro que tan solo es simple y llana “excelente música”. De modo en que convine el cómo al bueno de David debía aplicársele con burro histerismo la jodida y divina “táctica tanque”. Sin miramiento y a degüello. Y no creáis que así lentito, no. Así como tampoco lentísimo, sino lentíiiiiiisimo. Lentíiiiisimo y en orden ascendente -de lo primero a lo último- aunque así como antaño ya me sucediera con RUSH, su primer vástago reposó en la nevera, hasta que no tuve reducidos a puta pulpa tanto a “Space Oddity” como a “The Man Who Sold The World”; Y os lo digo así de claro: Si alguien se piensa que hablamos de menos de cincuenta escuchas, se equivoca de plano, porque menos no dan como para asimilar ni el 60% de la esencia de una obra de semejante calado, y menos todavía cuando al oyente se le exige un mínimo nivel intelectual.

De modo que durante mi primera semana junto a BOWIE, a pesar de que lo tenía TODO al alcance de la mano, me nutrí exclusivamente de su segundo y tercer discos. ¡De puto nada más, os digo, corruptas zarigüeyas! Así que llegó la segunda [semana] y con ella nuevos horizontes, brutos ellos. El paso lógico era retroceder a “David Bowie”, con su jodido Uncle Arthur, para acto seguido proseguir con el inexorable avance de tropas, aunque el destino es caprichoso, amigos ¡Pero no tanto como yo! ¡Ha! Y aquello que sobrevino no fue otra cosa que “Hunky Dory”. Y por si ya lo que había vivido hasta entonces no había sido poco, aquí fue concluyentemente cuando se me cayó la puta bolsa al suelo. ¡Pumba! Así de buenas a primeras, pensé ¡Ya está! Aquí es donde todo adquiere una dimensión de amariconamiento insostenible, se va todo a la mierda y no hay ya manera de por dónde cogerlo, pero qué puto equivocado volvía a estar ¡Whoo! Porque en su absoluta totalidad el disco es oro puro. Ahora bien, es que lo de ‘Life On Mars?’ es ya para defecarse en grado caníbal. A su vez, la siguiente secuencia fue el intensivo aplastamiento y licuado de “Ziggy” y por si no era ya algo evidente, fue realmente entonces cuando -algo sonrojado- tuve que mascullar entre dientes “Peter, bájate del primer cajón del pódium, que el hijo de puta del pelo naranja te lo ha sisado, atiende…”. Y ojo que aquí no estoy clasificando ahora a los músicos fuera de la órbita Metal que conozca, sino a TODOS a los cuales me he expuesto a lo largo de mi vida; Y así de claro os lo digo: El terremoto que Bowie ha causado en mi universo musical durante el último mes tiene solo un precedente que yo recuerde (y que no fue otro que el provocado por los canadienses RUSH hará cosa de unos siete u ocho añitos) fuera del primero de todos, catalizado por mis Dioses Eternos, IRON MAIDEN.

Sea como fuere, la cosa es que tras el prensado furibundo de Ziggy, de nuevo me vi inmerso en un violento e inesperado salto en el tiempo que me hizo viajar al futuro hasta “Station to Station”, dejando a sus tres discos anteriores en el limbo, Y ES JUSTO AQUÍ y AHORA cuando voy a sacar a la luz un doloroso debate (especialmente para mí), al punto que concluyo este interminable circunloquio con el cual me ha salido de los bemoles preceder a lo que será propiamente la revisión del antes citado “Station to Station”. De modo que la cuestión es la que sigue: La música Metal, y más en particular el Death Metal más rancio y borrico de vieja escuela, será por los restos MI MÚSICA. Esa que llevo metida más adentro y en la cual he invertido y seguiré invirtiendo indecentes sumas de dinero que a buen seguro van a hacerme más cuesta arriba la hipoteca, pero me da lo mismo; Eso es así y se acepta sin más. No obstante, la brutal veracidad de tal afirmación no tapa ni podrá tapar esta otra realidad, y es que por más que nos joda el reconocerlo, los mayores genios de la historia de la música no han navegado jamás por las coordenadas Metal, y que por más que uno se empeñe, jamás de los jamases podrá tampoco nadie afirmar, sin ponerse en evidencia, el cómo ni tan solo los grandes saurios como SABBATH, JUDAS o MAIDEN han estado o estarán en la vida a la altura de un jodido chiflado como BOWIE. Porque ya no es solo que el tipo tuviera el talento, que eso hasta cierto punto es “fácil”, sino que tuvo además la suerte o la desgracia de estar jodidamente descerrajado de la puta cabeza para al punto acometer la salvaje secuencia de álbumes que jalonaron su inimitable carrera desde la salida de los sesenta hasta la entrada a los ochenta. Y es que no es normal, joder, NO ES NORMAL. No es normal que un artista o un grupo presente en su catálogo tantas obras maestras, unánimemente reconocidas, y que todas ellas sean tan INCREÍBLEMENTE dispares.

Los Iommi, Downing, Tipton, Harris, Kilmister o Peart permanecerán por siempre más conmigo por la sencilla razón de que para mí sería imposible seguir viviendo sin ellos, aunque esto es como cuando uno tapa el sol con el dedo y cree que el resto tampoco lo ve ¿Me explico? La música de BOWIE ha estado ahí para que yo la descubriera desde hace ni se sabe (y bueno es el que lo haya hecho, aunque tarde), de modo que pareciera ridículo o estúpido el que ahora salga de golpe y porrazo ensalzándola cuando tan solo hace un mes que la trabajo, pero es que debéis creerme, os digo. Debéis creerme, a excepción de todos aquellos que ya sabéis de lo que hablo, porque cuando tú escuchas ‘Space Oddity’ con los cinco sentidos en ello y tienes un mínimo de sensibilidad para la música, y en definitiva el arte, ES TAN, PERO TAN EVIDENTE que este tío hace otra cosa, que buscar cualquier contrapunto a su obra resulta del todo imposible, salvo por la de otro demente de esos que puedes contar con los dedos de las dos manos. De modo que así lo dejo escrito:

“Queridos Harris, Iommi y compañía: Sabéis que sois a los que más quiero y que jamás se me ocurriría cambiaros ni tan solo por las mejoras obras de BOWIE, pero ¡Cojones! Tampoco se os ocurra el exigirme que os diga ni una sola vez el que tengáis más talento que la roña de una sola uña del hijoputa, porque eso esencialmente IMPOSIBLE. Y si eso, pues ya me perdonaréis…”.

Y es que una cosa es ser un trabajador incansable con un chorro de talento, como a esos a los que hacía mención al principio de dos párrafos arriba, y otra muy distinta el ser un rematado genio con todas las letras, y en ese sentido o te has llamado Bowie, Gabriel, Morrison, Reed, Hendrix o Zappa (algún otro hay por ahí) o sencillamente acepta que has sido un músico y nada más. Porque fijaros que hoy no estamos hablando de un músico tan solo ¡Sino de un actor! ¡Un puto actor, coño! Un actor (de los que marcan época) absolutamente roto de la cabeza, porque sino decidme cómo cojones es posible parecer el tío más expresivo y maricón del universo, como cuando BOWIE giraba con sus Arañas Marcianas, y solo unos años después pasearse con el mismo aplomo y convicción, encarnando a un amargado aristócrata desalmado, más allá del bien y del mal, igual de frío y calculador que el tío más hijo puta del universo. “Mi ogro” llamaría años después BOWIE al gran Duque Blanco, así como admitiendo, encogido de hombros, el cómo inexplicablemente cada encarnación suya lo poseía, guiándolo ya no solo sobre el escenario, sino igualmente fuera de él. De hecho, así lo atestiguaría tiempo después el arácnido percusionista Mick Woodmansey al afirmar -mortalmente serio- el cómo BOWIE era tan Ziggy sobre las tablas como cuando estaba sentado a la mesa tomando el desayuno. El problema, por eso, es que abducido por la tétrica figura del Duque Blanco, lo que realmente empezó a tornarse más preocupante acerca de la persona de David no era ya su paupérrimo estado físico y alarmante raquitismo (tan característicos de sus etapas como Stardust o Sane) sino lo perturbadoramente errático de su conducta, en que tan pronto sonreía como un bobo, sin saber porqué, como se quedaba enganchado como una cinta de video, permaneciendo absolutamente inmóvil y con la mirada clavada en el infinito.

De hecho, la figura del Duque empezó a cobrar ya forma durante la promoción de su anterior engendro, “Young Americans”, dejando para infausto recuerdo una patética aparición en el show de Dick Cavett en el cual aparece un macilento David del todo despegado de la realidad, con el rostro desencajado, prácticamente inhabilitado para el habla, y donde incluso llegar a ser interrogado por el desconcertado periodista acerca de qué diablos está dibujando con su bastón en el suelo; Y la cara de David es un jodido poema, así como apelando a su última neurona sana, que le aconseja que ni siquiera intente justificarse. Lamentable, se mire cómo se mire. Aunque definitivamente, aquí, donde radica la cuestión final del asunto es en la fuga con los ojos vendados que el pobre BOWIE lleva a cabo en “su mundo” mental, porque en el real -el de verdad donde pasan las cosas- es físicamente incapaz. Imaginaros la crujida de coco que llevaba encima el colega, cuando claudicando ante la imposibilidad de abandonar Los Ángeles por su propio pié, hubo de hacerlo imaginariamente articulado por las ansias de su personaje (un amoral y lunático aristócrata) que, hastiado de su vida en América, decide marcar rumbo de vuelta hacia su anhelada Europa. Evidente. Resulta del todo innecesario el remarcar como David, totalmente asfixiado en un estado permanente de terror y psicosis en aquel 1976, no se hallaba en el mejor de sus momentos, si aquello a lo que hiciéramos referencia fueran sus condiciones mentales o físicas, pero es que a las pruebas me remito para dejar tanto o más claro el cómo ni tan siquiera eso -algo tan vital como la salud- pudo con su genio o talento natural para venirse arriba ante el inminente desastre.

De cualquier modo, y por si no cargaba ya con suficiente peso sobre sus huesudas y angulosas espaldas, estamos hablando de una época en la que el británico intentó abarcar más de lo que realmente podía (tal y como decía antes: tratando de evadirse de la sórdida realidad en la que vivía atrapado), llegando incluso a compaginar simultáneamente la grabación de “Station to Station” con el rodaje del film “The Man Who Fell to Earth” (la portada del disco es un fotograma de la peli) en el cual, su director, Nicolas Roeg en su búsqueda por dar con la imagen más idónea para el extremo demacre del personaje, llegó incluso a prohibir que maquillaran o alteraran un solo ápice la desguazada imagen de BOWIE), con que imaginaros el ritmo que llevaba el pichón. Y es que dicen los nutricionistas que “somos lo que comemos”, siendo ello algo muy cierto, de modo que tratar de imaginar qué cojones era David Bowie en 1976, cuando su dieta consistía fundamentalmente de pimientos, leche y cocaína. Mucha cocaína. ¡Ríos de cocaína! Aunque como apuntaría años después su guitarra solista, Earl Slick, “No la suficiente como para privarnos grabar uno de los mejores álbumes de la época”.

Y es que el definir a cualquiera de los trabajos del inglés con pocas palabras no es tarea fácil, aunque haciendo un ejercicio de síntesis total, podríamos convenir el cómo el trabajo que hoy nos ocupa no es sino el disco bisagra que engarza a los días del ‘Plastic Soul’ con la célebre trilogía Berlinesa que sobrevendría poco después, ya que tan obvias resultan las influencias del Soul y R&B predominantes en “Young American” como las de la música electrónica germana por cuenta de gente como KRAFTWERK o los chalados de NEU!, ya plenamente cristalizadas en obras atemporales como “Low” o el aséptico “Heroes”. No obstante, podríamos ir incluso todavía más lejos al atrevernos a aseverar como efectivamente “Station to Station” es el eje central sobre el cual se sustenta la gloriosa década de los setenta para el artista, y eso –creo yo- no es moco de pavo, sino el jodido pavo entero, incluso antes de ir a defecar; Es decir, con todo el asunto dentro.

Sin embargo, esta vez las riendas de la producción no irían a cargo del gurú Tony Visconti (que andaba algo ocupado el hombre), sino de Harry Maslin (marcado muy de cerca, rollo Cannavaro, por el propio David) que de hecho ya anduvo involucrado en la elaboración de su anterior obra, junto al primeramente citado. Y los resultados no tardan en dar su fruto, porque tan pronto como empieza a bombear sangre por las venas del tema título, con un Dennis Davis imponente a las baquetas, una opresiva sensación de claustrofobia empieza a cernirse sobre el oyente, al punto que Slick estira y estira una interminable y agónica nota, súbitamente mutilada cuando Alomar rasga el velo para liarla sin más. El tema en su íntegra totalidad es soberbio, pero es que os digo que los grandes artesanos hacen obras de arte y solo los locos MAGIA. En el sentido de que BOWIE es un tío que no solo juega con los instrumentos, los tonos, las armonías y las texturas, sino que se lo lleva todo mucho más allá. A otro plano. Llegando incluso a dotar a sus canciones de propiedades físicas como las del propio tren cuando arranca (la sección de apertura, donde incluso uno puede visualizar como empiezan a girar las articulaciones del mismo), cuando empieza a calentar motores (con el puente que va de 05:19 a 06:02) y ya cuando zumba mierdas a todo trapo con el estribillo inolvidable del “It’s too Late”. Hablamos de la pieza más extensa jamás compuesta por el inglés; Y aunque ni de broma entre sus diez mejores, sin duda hablamos de un señor temazo que crece y crece a pasos gigantes cada vez que uno lo pincha. Porque ya no solo es que estamos hablando de un impecable corte, sino de la formidable simbiosis que empezaban a experimentar los enormes músicos que rodeaban entonces al Señor Jones (básicamente, Alomar a las seis cuerdas, Murray a las cuatro y Davis tras los parches) y que lo acompañarían en su singladura hasta los albores de los ochenta.

Le sucede ‘Golden Years’, muy en la onda de su previo experimento “Young Americans”, y aquí huelga decir el cómo así de buenas a primeras la historia no me entraba ni con un litro de aceite, aunque finalmente ha terminando mezclando exitosamente con el resto del conjunto, convirtiéndose de hecho en un tema más que interesante, pese a que el Soul o el R&B no sean, ni vayan a ser jamás, lo mío. De hecho, fue el primer corte terminado para ensamblarse al disco (fue el single) y ni qué decir tiene, la pieza compuesta durante la etapa de mayor y más duro encocamiento de toda la grabación; Y se nota ¡Joder si se nota! Como curiosidad, apuntar que BOWIE ofreció el tema a Elvis antes de hacerlo suyo, ya que el segundo lo rechazó. Y bien, como subrayaba antes, el corte salva la cara con suficiencia, aunque no es menos cierto que acusa algo de desconexión respecto al grueso de la obra, ya que los aires disco setenteros de ésta o ‘Stay’ no me terminan de cuadrar del todo con piezas de corte más clásico como la que le sucede o la final, aunque con los genios ya se sabe.

Sin embargo, la razón principal por la cual me lancé a por la reseña del disco, fue para poder a hablaros a todos de ‘Word On A Wing’ y para comunicaros que sencillamente es una de las mejores canciones que he oído en toda mi vida. De hecho, gracias al contador de reproducciones que lleva implementado el Winamp en su interfaz, soy capaz de evitar el decir aquello tan manido de que “la he oído como mil veces”, haciendo referencia a que sí, que la he escuchado muchas veces. Pero justo como intentaba deciros antes, exactamente han sido 84 VECES EN UNA SEMANA, y os prometo que cada vez que la escucho la disfruto más. Porque no es música, es magia. Porque me pone los pelos de punta. Y simple y llanamente, porque siendo una canción de algo más de seis minutos, es infinitamente más corta que no sé cuántos otros millones de temas que haya escuchado antes. Letrísticamente la pieza es una joya, como casi todo lo que parió BOWIE en su apogeo, y enraíza de pleno en la temática central del álbum, siendo aquella la entonces obsesión del Actor por la religión y la búsqueda desesperada de un Dios que lo guiara por un sendero luminoso hacia la salvación, el misticismo personificado en la figura del siniestro Aleister Crowley, así como la mitología (con su enrevesado entramado de inescrutables simbolismos) y las teorías Nietzscheanas acerca del Súper Hombre, que no le acarrearían pocos problemas, llegando a ser incluso tachado de fascista y filonazi.

Y justo como trataba de explicar hace tan solo unos instantes, mis abotargados manatíes, el tema es que todo es pura magia y un derroche desmedido de pasión. Exactamente, desde que se deshilacha el primer hilo de sintetizador e impacta la primera pulsación al piano de Roy Bittan (que brilla en este tema lo mismo que ochocientas mil supernovas estallando debajo de tu culo cuando te hallas defecando ¿No sabes?) hasta que se apaga el último rescoldo de sus cenizas. Pero ¿Y de BOWIE? ¿Qué cojones decir de BOWIE? Pues que es el comandante de más rango que yo jamás haya conocido entre las selectas tropas de los Manipuladores de Pieles de Gallinácea. Porque lo que hace este hijo de la gran puta en esta canción es algo que simplemente no puedo describir con palabras. Dice BOWIE que ‘Word On A Wing’ nació de su propia necesidad de congraciarse con Dios e incluso de volver a sentirse nacer. Volver a nacer para intentar dejar atrás la constante pesadilla de convertirse en una jodida aspiradora ansiosa de bufar y bufar coca hasta reventar por los aires. La eterna pesadilla de verse todos y cada uno de los segundos de cada día de su vida rodeado de buitres carroñeros sobrevolando su cabeza, esperando a que les cayera algo con que saciar su asqueroso buche. En este sentido, la Los Ángeles de 1976 sobrevino el infierno particular en la tierra de un BOWIE que solo supo escapar de él a través de su propia ficción, aquélla en la que el frío y distante Thin White Duke lanzaba dardos en los ojos a los amantes; Y es que BOWIE llegaría incluso a proferir que “ésa puta ciudad debería ser exterminada de la faz de la tierra”. Aunque ¿Quién sabe? Igual fue de los labios del Duque por donde se escaparon esas audaces palabras ¿No es cierto? Religión y amor. No poca cosa, ciertamente. Y es que a pesar de que sobre el papel ‘Word On A Wing’ pueda parecer un intento subrepticio del impasible Duque por aproximarse a lo más parecido a una emoción -así como para testear su propia dureza- BOWIE ha reconocido mucho tiempo después que en el fondo, esta joya de tonelada y media, no fue sino una desesperada huída hacia adelante en busca de una salvación que entonces era dificilísima de divisar para el inglés.

Pero es que los grandes genios es lo que tienen ¡Cojones! Que cuando más arrinconados y más al borde del precipicio se hallan, más y mejor potencian sus extraterrestres facultades. Y en este sentido, añadida a la vertiginosa espectacularidad de su performance estrictamente vocal, su letra (a saber, el tira y afloja “espiritual” entre dos confrontados amantes) llega incluso alcanzar cotas de megalomanía interplanetaria -quién sabe si inconsciente o no- cuando afirma que “Él vive en Dios” en lugar de “Dios en él” como reza la conocida Epístola a Los Gálatas. ¡Qué huevazos de campeón que tiene este hijo de mil padres, joder! Porque justo como intentaba decir antes (y no sé si lo he conseguido,) en este malnacido se aúnan todas las grandes cosas que hacen único a un genio, como son el talento, el estilo, la estética e incluso algo tan vulgar y zafio como la cantidad, pero sobretodo la dimensión histórica que tan solo pueden llegar a proyectar los símbolos. Los iconos. Y sí, ya lo sabemos: Seguramente que el hombre salió igual que todos nosotros por el chocho de una mujer, pero que este personaje tiene algo en la cabeza que no tiene el resto de mortales, es tan obvio como que dos y dos son cinco ¿O eran cuatro? Y que vaya… Que el muy hijo puta canta bien hasta cuando grita, como en las últimos versos de esta rematada maravilla. Lo dicho. Temazo antológico para los restos.

Y claro, de aquí en adelante, pues como que la cosa no puede ya subir más. Máxime, cuando el corte sucesivo es ‘TVC 15’ que, dicho sea de paso, es la que me deja más frío del pack. No obstante, el trasfondo detrás de esta pieza tiene su gracia, ya que BOWIE la concibió tras un grotesco evento -junto a Iggy Pop- en su choza de Los Ángeles, al creer el segundo como el televisor estaba tragándose a su chica. Una vez más, aquí son muy obvias las influencias de la electrónica alemana de la época; Aunque como suele ser propio en Los Jefes, por más que tomen prestado esto de acá y aquello otro de allá, al final siempre terminan por llevárselo todo a su terreno ¿No es cierto? Porque precisamente en ese mismo sentido, los aires funky de la zigzagueante ‘Stay’, también bastante en la onda “Young Americans” y con Earl Slick como figura central, nos muestran al Duque Blanco picando alpiste de aquí y jodidas pipas de allá, aunque nunca sin perder su infinito y caleidoscópico sello.

Y enfilamos el tramo final de la obra con la elegante y sombría ‘Wild Is the Wind’ (revisión del clásico de Dimitri Tiomkin y Ned Washington, popularizado por Nina Simone), ya en un plan decadente y de bajona total, con un BOWIE a caballo entre la esperanza (de aferrarse a un amor que lo salve de las llamas) y el absoluto desgarro de saberse un desvalido despojo pasto de los buitres en mitad de aquella inhóspita Los Ángeles de mediados de los setenta. Y es que muy probablemente, el aislado gozo que sintió el inglés al labrar amistad con la afroamericana en aquella moderna Gomorra, fue lo que ultimadamente convenció al escuálido genio de incluir este homenaje a Simone como colofón de la obra.

Solo Dios debe saber si realmente esto es lo único que David pueda recordar hoy de aquellos lejanos y apocalípticos días en que “Station to Station” viera la luz. Eso sí, lo que se antoja aplastantemente claro, y sin posible turno de réplica, es que drogado hasta las trancas o no (como vendría a atestiguar pronto su Trilogía en Berlín) DAVID BOWIE puede y debe saberse sin duda alguna uno de los mayores artistas (y expando el concepto más allá de lo que implica la música) del siglo pasado y lo mismo hasta de alguno más atrás.

Valoración: Es evidente el cómo este disco es mejor que algunos otros que anteriormente pueda haber traído aquí y a los que haya enchufado los cinco, claro. Aunque si queremos poner en contexto al mismo, respecto al resto de la obra del artista, se antoja igualmente obvio el cómo se queda en cuatro; Que eso sí, van pero que muy afilados.

David Bowie: Voz, saxofón, sintetizadores & mellotron
Carlos Alomar: Guitarra
Earl Slick: Guitarra
George Murray: Bajo
Dennis Davis: Percusiones
Roy Bittan: Piano

Sello
RCA