Bob Dylan - Time Out of Mind

Enviado por El Marqués el Mié, 28/09/2011 - 21:04
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1. Love Sick - 5:21
2. Dirt Road Blues - 3:36
3. Standing in the Doorway - 7:43
4. Million Miles - 5:52
5. Tryin' to Get to Heaven - 5:21
6. Til I Fell in Love with You - 5:17
7. Not Dark Yet - 6:29
8. Cold Irons Bound - 7:15
9. Make You Feel My Love - 3:32
10. Can't Wait - 5:47
11. Highlands - 16:31

Uno nace con el nombre de Bob Dylan pululando en algún lugar. Una entrega de premios regionales, un artículo progre de Sociología, una colaboración, una banda sonora, una versión, un anuncio, lo que sea. Esta siempre ahí. Como la Coca Cola o las patatas fritas.

Todos sabemos que los tiempos han cambiado, que la respuesta, my friend, está flotando en el viento, que Rubin “Hurricane” Carter fue un boxeador encarcelado injustamente a cuya causa el huraño Bob dedicó una canción que obligó a la justicia estadounidense a revisar el caso, que alguien llama a las puertas del cielo, y que los Señores de la Guerra sólo saben planear las cosas para que una fuerte lluvia caiga sobre todos nosotros.

Que no se debe pensar una cosa dos veces si tenemos la certeza de que está bien, que las mejores chicas proceden de las ciudades del norte –yo tuve muy en cuenta este asunto a la hora de emparejarme, no os creáis-, que cualquier mujer puede pensar y actuar como la criatura más fuerte e implacable, pero que al final siempre hay un momento en que se quiebra “just a little girl”, que Hattie Carrol murió de un bastonazo a manos de un terrateniente hijo de puta, un niñato consentido que sólo cumplió seis meses de cárcel por aquel crimen, y que algo está pasando, pero tu, Mr Jones, no te enteras de nada.

Sentencias y verdades contenidas en la lírica de Bob Dylan, en el mejor y más completo cancionero que se escribió en el siglo XX. Como creador, a este hombre sólo se le acercan los más grandes. Los Bowie, Cohen, Pop, Young, Reed, Jagger y Richards, Gilmour y Waters, Waits, Kilmister, Harris, Tipton/Downing/Halford, y muy pocos más.

Que además, todos ellos le deben algo. Me acuerdo de leer en una entrevista a un admirado Leonard Cohen explicando que una vez Dylan le halagó, le dijo que le gustaba mucho el archiconocido tema “Hallelujah”. Cohen le dijo que se lo agradecía, que había necesitado varios meses para dar con aquella angelical melodía, que le había rondado en la cabeza todo aquel tiempo sin terminar de dar con la tecla adecuada. Y le devolvió el cumplido. Le comentó que estaba encantado con “I am I”, un tema que el judío de Minnesota había grabado en el álbum “Infidels” de 1983. Cohen le preguntó cuanto tiempo había necesitado para escribirla, y Dylan contestó: “¿Esa? ¡Unos diez minutos!”.

El mismo Dylan cuenta en el primer volumen de sus memorias que, a mediados de los ochenta, estaba alojado en un hotel en Manhattan. Camino de la habitación se cruzó con una chica de ojos negros, y asomado a la ventana, sobre Central Park sumido en tinieblas, compuso con su guitarra “Dark Eyes”, la sencilla y emocionante balada que cierra “Empire Burlesque”, otro de sus discos menos conocidos. Al estilo Flaubert, el escritor francés del siglo XIX, autor de “Madame Bovary”, que escribió una novela a partir de la observación de los dibujos en una vidriera de una iglesia en la Francia rural. Genios. Puros y simples genios.

Naturalmente hacia 1997 este hombre podía permitirse hacer lo que le diera la gana. Llevaba haciéndolo toda la vida. Desde que en su primer disco, treinta y cinco años atrás, decidiera incluir un estremecedor blues acústico del bluesman del Delta Blind Lemon Jefferson titulado “See that my Grave is Kept Clean”. Ya con veinte años tenía esa actitud el cabronazo. Sabía que, hiciera lo que hiciera, nadie se atrevería jamás a ensuciar su sepultura. Nadie podía, nadie podrá jamás, reprocharle nada, porque en todo momento ha hecho lo que le dictaba su espíritu. Su esencia cargada de imperecederas canciones. Qué bestia.

Así que, desde los brillantes y legendarios primeros tiempos, desde las obras clásicas de los sesenta, había alternado discos soberbios con obras menores en los setenta, se había entregado en cuerpo y alma al Cristianismo en los primeros ochenta, había pasado el resto de la década riéndose de toda la humanidad entregando discos discretos –con momentos salvables en todos ellos, que conste-, y, como el genio que es, había decidido entrar en la edad moderna de nuestra música, en los noventa, dando varios golpes de efecto que le posicionaban de nuevo en primera línea.

Le mosqueó ver a compañeros de generación como Neil Young, Lou Reed o el aludido Leonard Cohen terminar aquella década con discos fabulosos como “Freedom”, “New York” y “I´m your Man”, y él publicó su mejor trabajo en más de diez años, “Oh Mercy”, mano a mano con un productor llamado Daniel Lanois, que supo envolver los nuevos temas de un sonido fantasmagórico, cenagoso, impregnado de los efluvios de los pantanos de Nueva Orleans, donde se grabó aquel disco.

A su vez formó los Traveling Wilburys, tal vez el mejor supergrupo de todos los tiempos, junto a Jeff Lynne, Tom Petty, George Harrison y Roy Orbison, y grabó junto a ellos un extraordinario Lp llamado “Vol. One”, y su continuación, el “Vol. 3”, en el que llegó a participar el mismísimo Gary Moore en un tema. Por el camino entre ambos discos se quedó Roy Orbison, y los hermanos Wilbury llamaron “Vol. 3” al segundo disco, en homenaje a un hipotético segundo volumen que hubieran registrado de haber vivido el autor de “In Dreams”. Algo parecido a lo que han hecho ahora Chickenfoot, pero con más gracia y sentido.

En una nueva muestra de su carácter, sabedor de que el halago debilita, volvió a grabar en solitario, tras el éxito de “Oh Mercy” y de la aventura junto a Petty, Harrison y compañía, un disco flojo, como es “Under the Red Sky”, en 1991, y dos trabajos acústicos de versiones de standars del folk americano en el 92 y 93, “Good as I been to you” y “World Gone Wrong”. Siempre impredecible, siempre indomable.

En el mundo exterior se sucedían los movimientos, nacía el Grunge, moría el Grunge, se reforzaba el individualismo, se derribaban las etiquetas, el Metal se extremaba, pero él seguía a lo suyo, con la guitarra y la armónica interpretando “Desolation Row”, una odisea escrita en 1965 que vale la discografía completa de cualquier grupo que corone hoy en día las listas de éxitos.

A principios del 97 decide que el mundo puede estar interesado, después de todo, en escuchar algún tema nuevo de Bob Dylan. Y recurre a Lanois de nuevo para que se siente junto a él tras la mesa de control. Él adoptará el pseudónimo de Jack Frost, y participará en la producción del nuevo disco, que se llamará “Time Out of Mind”.

Como quien no quiere la cosa, con la entrada del otoño de 1997, hace ya 14 años, el compositor del sombrero de ala corta sorprenderá a toda la comunidad musical con su mejor disco desde las obras maestras de su primera etapa. Su mejor trabajo posiblemente desde “Blonde on Blonde”, que data de 1966.

“Time Out of Mind” está cubierto de un aura sombría, es la visión de un creador excepcional que lleva más de cincuenta años en este mundo, con la mirada del halcón que escudriña y huele los problemas, el engaño, la falta de autenticidad, todo. También la belleza y las cosas positivas de la vida.

La producción terrosa de Daniel Lanois contribuye aportando esa capa de barniz oscuro, esos tonos tan mates. El sonido es asombroso, sepulcral, posee un eco, tiene vida, late. Las canciones son compactas, escuchamos órganos, teclados, frenéticos rasgueos de cuerdas, algún momento de slide guitars. Tenemos once obras de arte que se reparten en cuatro grupos: Por un lado las baladas, “Standing in the Doorway”, “Tryin´ to get to Heaven”, “Make you feel my love”, y la maravillosa “Not Dark Yet”, la última de sus grandes canciones.

Son cuatro temas soberbios, suaves, con un Dylan enternecedor, reposado, romántico. La mala hostia se la guardaba para las apariciones públicas, la prensa y los fans. Yo tengo un amigo policía, que conoce al tío que se encargó de la seguridad del divo en una de sus visitas a España. Este hombre dirigía un grupo de intervención –lo que se conoce como los “antidisturbios”- y se le encomendó la misión de escoltar a la estrella. Le dijo: “Sr Dylan, soy un gran fan de usted, pida cualquier cosa que usted necesite…”. Y Dylan le contestó: “¿Cualquier cosa? Quíteme a todos esos putos polis de mi alrededor”. Esto es tan cierto como que yo soy El Marqués.

El segundo grupo lo componen los rhythm & blues, que se alternan con las baladas: “Dirt Road Blues”, “Million Miles”, “´Til I Fell in Love with you”. Aspereza, balbuceos, autenticidad, pasión. ARTE.

En el siguiente bloque ubico otras tres canciones, “Can´t Wait” –un poco más floja-, “Cold Irons Bound” –excelente-, y “Love Sick” –impresionante, la mejor del disco junto a “Not Dark Yet”-. Tres temas crudos, donde las guitarras suenan a papel de lija, a raspado de cuchillo herrumbroso sobre una piedra de afilar metales.

Y en el cuarto bloque estaría la final, “Highlands”, narración de varias experiencias vitales del autor, sus dieciséis minutos hacen de ella el tema más largo en la discografía del autor de “Highway 61 Revisited” y “Like a Rolling Stone”.

No tengo mucho más que decir. No tenía planeado escribir esta reseña, pero he disfrutado mucho haciéndola. No sabéis lo grato que resulta salirse de vez en cuando de los temas habituales, la descripción de los solos y riffs de guitarras eléctricas de nuestros ídolos.

Terminada la escritura de “Time Out of Mind”, a Bob Dylan se le diagnosticó una enfermedad en el corazón. El lanzamiento se pospuso algunos meses, y contribuyó a dotar al disco de ese halo fúnebre que posee. Dylan superó el mal trago, y sigue girando sin parar, ofreciendo conciertos memorables, y grabando discos fabulosos. Por eso quiero terminar dedicando este relato a nuestro compañero y amigo Garfunkel, a quién he leído esta tarde que le han diagnosticado problemas de salud.

Para todos nosotros, tío, tú eres tan grande como Bob Dylan, incluso más, y también lo vas a superar. Porque, y esto lo sabes tu bien, no está tan oscuro todavía .

Bob Dylan: Guitarras, Armónica, Piano y Voz
"Bucky" Baxter: Guitarra, Pedal Steel
Robert Britt: Guitarra
Tony Garnier: Guitarra
Cindy Cashdollar: Guitarra Slide
Jim Dickinson: Teclados, piano Wurlitzer, Órgano
Jim Keltner: Batería
Brian Blade: Batería

Junto a diversos colaboradores más.

Sello
Columbia Records