Anathema - Serenades

Enviado por Witchfyre el Dom, 22/12/2019 - 02:18
Anathema

Hablar de doom/death y hablar del celebérrimo "Peaceville trio" son casi sinónimos. Que sí, que ya sé que mucha gente reivindica el importante papel y, sobre todo, calidad de otras bandas fuera de ese selecto círculo, pero es que eran los putos amos y punto. Los iniciales Katatonia, Celestial Season, Pyogenesis, The Gathering y sus compatriotas de Cathedral, Decomposed o Enchantment formaban parte de esa primera vanguardia de la versión emotiva del death metal, pero en términos de desgarradora desesperación, con la excepción de su filial sueca, los tres de Peaceville no tenían rival.

Anathema fueron los últimos en debutar "oficialmente" con Crestfallen, aunque formados a la par que My Dying Bride. En 1992 unos Paradise Lost alcanzaban ya casi la edad adulta con Shades of God y My Dying Bride irrumpían con As the Flower Withers, su primer largo, bajo el brazo. Un año después, ese inocente, pero embaucador, Crestfallen daba paso a un Serenades donde la presencia de los Cavanagh empezaba a tornarse pantagruélica y se convertían en una seria "amenaza" para sus dos hermanos mayores y compañeros de sello.

Sin sacudirse totalmente de encima la deuda con sus maestros Paradise Lost y Cathedral, era este de 1993 un esfuerzo con una producción aún algo pedestre. No conviene olvidar que aquel Hammy de principios de los 90 no era más que un "punki" venido a metalero que se había hecho con un manual para "dummies" de como grabar un álbum y así certificar los esfuerzos de unos seminales Paradise Lost en celuloide. Todo esto explicado por el propio Greg Mackintosh, no sin la típica sorna inglesa, en el interesantísimo The Anatomy of Melancholy editado hace ya algunos años. Sea como fuere, aquella ingenuidad dio como resultado un concepto sonoro indivisible de la génesis del estilo. Aquellos Lost Paradise, Gothic, As the Flower Withers, Crestfallen... o este Serenades podrían sonar mucho mejor pero, sin duda, no serían lo mismo.

Era lenta, pero inexorable la evolución de aquellos tardoadolescentes británicos. Así como se aproximaban a la edad adulta, daban con cada grabación un pequeño paso hacia la madurez que los llevaría poco después a producir obras definitorias sobre las que se asentó todo un género. Serenades es sólo un paso más en esa evolución, pero uno de gigante. No me impresionan en exceso ni Lovelorn Rhapsody, esta al menos hasta que va madurando en la parte central, ni la célebre Sweet Tears, curiosamente la que menos me gusta, con su paso perezoso y esas texturas tan ásperas que beben mucho de los primeros Cathedral, banda con la que nunca he terminado de comulgar. Muy obvia resulta la influencia de Lee Dorrian en este joven Darren White. J’ai Fait une Promesse es una bonita pieza acústica que parece concebida única y exclusivamente para justificar el uso de unas voces femeninas que tan bien habían integrado Paradise Lost en Gothic. Creo que resultan estos los Anathema más inmaduros a estas alturas.

They (Will Always) Die borra esa impresión inicial de un plumazo. Danny Cavanagh empieza a dar muestras prematuras de su genio y te desgarra el corazón desde su interior con cada riff y cada melodía y los pasajes de inusitada belleza se empiezan a suceder. Si A Dying Wish es la canción que Anathema tendrán que tocar siempre en directo, independientemente del estilo que practiquen, la otra debería ser Sleepless. Hundiendo bien sus raíces en la tradición gótica ochentera de Dead Can Dance, Fields of the Nephilim y The Sisters of Mercy a la que estos jóvenes demostraban no hacer ascos, construyen una obra de arte tan sencilla como expresiva donde las guitarras limpias se unen a la perfección con los monolíticos riffs de guitarra y los desgarradores guturales de Darren White. Uno de los pioneros ejemplos de gothic metal para un servidor, pero con la personalidad y el empaque que le faltará a las bandas que explotarán el estilo en la segunda mitad de los 90.

Y así, con estas constantes, van cayendo las geniales Sleep in Sanity y Under a Veil (of Black Lace) (Scars of the Old Stream es otro pequeño interludio recitado) hasta el verdadero cierre del álbum con la cortita semi instrumental Where Shadows Dance. Y es que a esta le sigue una absurda pieza ambiental de 23 minutos más eterna todavía que aquel Tomhet con el que el señor Vikernes daba carpetazo a Hvys Lyset Tar Oss ese mismo año. Puedo llegar a entender la idoneidad de una clausura sosegada para el álbum con una pequeña outro. ¿Pero de verdad son necesarios 23 minutos de monótonos acordes de teclado? Reto a cualquiera a escuchar la pieza en su totalidad. Creo que en más de 20 años yo nunca he sido capaz. Lo único que ha conseguido provocar en mí esta Dreaming: the Romance ha sido siempre lo primero, un sueño inevitable, y nunca lo segundo.

Aún encuentro aquí algunos errores de juventud (entre los que no incluiría esa preciosa portada) y es cierto que faltaban un par de pasos en este inexorable caminar de Anathema hacia la genialidad, meta que alcanzarán sólo dos años después con aquel irresistible The Silent Enigma. Por el medio aún queda otra maravillosa parada, Pentecost III, pero de esos hablaremos en otra ocasión. De momento, en 1993, Anathema se afianzaban como la tercera cabeza de esa bestia tricéfala que engendró cientos de vástagos por todo el mundo que pronto se encargarían de pervertir el legado de sus progenitores. Algo que también harían ellos mismos, pero esa, también, es historia para otro momento. Cuatro cuernos para este clásico del doom/death. No es su mejor obra, pero los hermanos Cavanagh ya daban muestras evidentes de talento en su más tierna juventud.

8/10

- Darren: voces
- Daniel: guitarra
- Vincent: guitarra
- Duncan: bajo
- John: batería

Sello
Peaceville Records