Los Cantos de Maldoror (Lautréamont)

Enviado por Cuericaeno el Mar, 30/03/2010 - 04:12

”No es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; sólo algunos saborearán sin peligro ese fruto amargo”.

De enigmática vida y más misteriosa muerte, Isidore Lucien Ducasse (1846-1870) es hoy considerado por muchos como el precursor del Surrealismo, y bajo el inquietante alias de Conde de Lautréamont dejó en nuestro mundo, como poeta que fue, un escueto pero intenso legado literario, una obra titulada Poesías (1870) y otra anterior a ella, que es la que nos ocupa, esas “páginas sombrías y llenas de veneno” que fueron y son Los Cantos de Maldoror (1869), obra con la que más famoso se hizo, dentro de lo desconocido que pueda ser este genio para muchos lectores de a pie.

Como Baudelaire o Sade de también su Francia, Lautréamont con sus Cantos logró ser otro ‘poeta maldito’ de aquéllos, un provocador del siglo XIX que logra escandalizar incluso al lector de hoy. Según en qué páginas, él se gana tu simpatía o repulsa… O bien celebras con una sonora carcajada la forma tan hilarantemente grotesca con la que despide el primer canto (léase), que te corta la respiración cuando se muestra tan metódico a la hora de describir algunas de las atrocidades que perpetra su personaje, Maldoror, un ser despreciable, sádico, misántropo, que odia al Hombre y a Dios, y que a lo largo de esta obra nos confiesa sin descanso todo lo que ocurre en su cabeza, que trepanada, él moja dentro su pluma y nos extiende su especie de diario de ideas apelmazadas e inconexas, una insana correlación donde naufragas entre febriles paréntesis interminables que te hacen casi perder el hilo de semejante urdimbre.

Como en el arte del puntillismo, la amalgama expuesta, vista desde cierta distancia toma cierto sentido. Esa vivisección del cerebro del francés por su propia pluma, pulso, puño y letra; esa especie de ‘asociación libre’ (yo diría ‘libertina’) encierra un plan maestro nada benigno que ronda por la nociva psique del monstruo Maldoror, que es el alter ego del alter ego (Lautréamont/Maldoror) por ser tan vívido y pujante ese empleo de la primera persona por Ducasse durante toda esta obra.

Para aquellos que buscan algo especial, único, para los amantes exacerbados de lo bizarro, éste es vuestro libro, vuestro santuario de lo absurdo y de lo cruel. El surrealismo de un Dalí que tan influenciado se vio por este extraño Conde se une al anticristianismo de Nietzsche el filósofo y a la sofisticada crueldad del Marqués de Sade, sumándose al coctel un sentido del humor que escapaba completamente de esa remota época (pese a ser época de luces), un humor fresco y raro más acorde con las excentricidades del dramaturgo Fernando Arrabal, de nuestro siglo, que con una figura tan enterrada en el pasado como fue este apócrifo ser, el escurridizo poeta que murió dejando menos documentación que una liebre, o mejor dicho, una sanguijuela, de la que dijo ser hermano en esta inclasificable obra que son Los Cantos de Maldoror.

Como un Rimbaud pasado de rosca, Lautréamont fue un diablo que vivió y murió para pervertir al halo soñador del Romanticismo; fue su más exótico virus, una pluma nefaria en aquel bucólico entorno y, permítanme decirlo, un puño en el coño de la literatura francesa. Tengan una feliz lectura.