Keith Richards. Biografía desautorizada - Victor Bockris.

Enviado por El Marqués el Vie, 05/11/2010 - 00:42

Es uno de los acontecimientos editoriales del año. Keith Richards publica sus memorias. A la espera de que se editen por aquí y podamos comentarlas, quisiera dedicar algunos párrafos al libro más completo que he leído sobre el alma mater de la mejor banda de la historia.

Keith Richards nunca ha tenido problemas con las drogas. Sí con la policía. Esta frase, cuya autoría pertenece a nuestro protagonista, forma parte de la mitología más killer del Rock&Roll.

Hacia 1992, el biógrafo de Manhattan Victor Bockris, especializado en estrellas del Rock, editó la “biografía desautorizada” de Keith Richards. Diez años después publicó una versión ampliada, con las vivencias y las giras de los Rolling Stones en el nuevo milenio, que fue traducida al castellano por Ricard Gil para la editorial Global Rhythm en 2009.

Victor Bockris: Apasionado del mejor rock&roll, concienzudo analista de los comportamientos, habituado a diseccionar con la precisión de un entomólogo a sus “víctimas”, llámense Lou Reed, Kiz Richards, William Burroughs o Patty Smith. Su técnica se basa en recoger cuantos testimonios sean posibles en el entorno de los protagonistas de sus estudios, sin miedo a escarbar en las profundidades, ni a exponer las flaquezas de su clientela, pinchando en el nervio si es necesario. Él tiene claro que, cuando relata intimidades de la conducta y la psicología de personajes públicos como Mr Richards, el riff humano, debe deslindar a la persona respecto de las creaciones del músico, que es a lo que el público, en definitiva, va a tener acceso. Que nadie se vea privado de disfrutar de la obra por la repulsión que pueda provocar el artista.

Y sobre el socarrón Keith Richards hay mucho, muchísimo que contar. No tiene porque interesarnos el vacío en las relaciones con su padre durante décadas –cuenta la leyenda que, fallecido e incinerado el anciano, nuestro hombre se esnifó involuntariamente sus cenizas-. Tampoco vamos a profundizar en sus continuos litigios con la Justicia y sus problemas en los controles aeroportuarios –Su fama le precedía, debe ser el tipo más olisqueado por los perros policiales en las aduanas-.

Sí que merece la pena detenerse en su perenne relación de amor/odio con su alter ego Mick Jagger, en sus difíciles relaciones con las mujeres de su vida, en su pasión por la música, que ha permitido a millones de personas contemplar a los Stones sobre un escenario desplegando un arsenal de impresionantes canciones durante las cinco últimas décadas.

Con su inconfundible estilo, Víctor Bockris nos presenta a Richards como el motor que ha generado y sostiene la energía y la magia de las inmortales canciones de los Rolling Stones, como el elegante pirata que apenas se plegaba a los dictados de la industria discográfica –para eso ya estaban un diplomático Jagger o un anodino Bill Wymann-, como el triunfador en las batallas a muerte que literalmente sostuvo con su compañero Brian Jones, el otro guitarrista original de la banda, por el control creativo y por los “trofeos” personales: En los sesenta, la modelo alemana Anita Pallenberg dejó a Jones por Richards. El rubio guitarrista no soportó este reparto de cartas, y se fue autodestruyendo hasta aparecer ahogado en la piscina de su mansión, en circunstancias que aún no se han aclarado.

Junto a Mick Jagger como jefe absoluto de la banda se dedicó a probar todas las posibilidades que la música le ofrecía. Coqueteó con el country gracias a su amistad con Gram Parsons, sorbió su talento hasta la médula, compartieron veladas históricas de intercambio de ideas, jams memorables de pedal steel y olor a hierba, hasta que el líder de los Flying Burrito Brothers, amante de Emmylou Harris e influencia directa de country rockers como Steve Earle o Dale Watson sucumbió por una cirrosis en la habitación de un hotel en Joshua Tree, California.

Richards cabeceaba ante la noticia de tan frecuentes daños colaterales, desayunaba su dieta de heroína y bourbon y salía a escena a interpretar los acordes de “Satisfaction”, “Jumpin´Jack Flash” y “Honky Tonk Woman”.

Un momento cojonudo del libro tiene lugar cuando nos cuenta cómo escondió una importante cantidad de sustancias prohibidas en un campo tras la parcela en que vivía, para evitar las redadas policiales. Pasado el peligro es incapaz de recordar dónde, en qué hectárea escondió la heroína, y lo deja por imposible. Durante días observa a los cuervos picoteando sobre los trigales en la parcela y con su flema inglesa comenta: “Sin duda van más colocados que yo”.

Coincidiendo con los periodos de inactividad de los Stones, provocados habitualmente por la agenda extramusical de Mick Jagger, Richards emprendió aventuras en solitario con su banda X-Pensive Winos, o junto a los New Barbarians de su compadre Ron Wood. Libro casi gemelo de esta biografía sobre The Human Riff es “Ronnie”, publicado en España por la misma editorial con el título “Memorias de un Rolling Stone”. Sobre la gira de los New Barbarians en 1979 es curioso comparar el punto de vista del entusiasta e inconsciente Ron Wood, que lo ve todo de color de rosa, con la perspectiva que narra Bockris sobre el punto de vista de Richards: Aquello estaba siendo un desastre financiero que no había por donde agarrar.

Pero el viejo calavera no lo dudaba a la hora de subirse a un escenario: La música, el show, son lo primero. Y sin su insistencia, habríamos perdido a sus Satánicas Majestades allá por 1983, más o menos al finalizar la gira del “Tatto You”, la última de sus obras maestras.

Antes, en los setenta, había visto morir a un bebé, hijo suyo y de Anita Pallenberg, víctima del peligroso día a día entre camellos y traficantes de armas. Uno de sus proveedores en los primeros tiempos, que ha pasado a la historia de los Rolling Stones, era el español Tony Sánchez, con el que llegó a viajar a Marruecos conduciendo por todo Levante para colocarse fumando en cachimbas. Como para que la Guardia Civil les parara y les hiciera el control de alcoholemia. ¿Dónde estará Tony Sánchez? ¿Vivirá todavía?

Como el escorpión incapaz de luchar contra su naturaleza, se recogió intermitentemente en la Isla de Jamaica tratando de hallar momentos de paz, pero pronto convirtió su mansión en morada de buitres y toxicómanos que le arruinaban a sablazos.

Dos momentos antológicos para ir cerrando: Decidido a sacudirse la caspa que le cubría los hombros en Jamaica, hace escuchar “los tambores del juicio” a varios aprovechados que se dedican a explotarle, y logra quitárselos de encima. Según las creencias de los nativos en la tierra del Reggae, esos tambores pueden hacer enloquecer a quienes no son limpios de espíritu.

Ya en 1997, mientras graba junto a sus compañeros Wood, Jagger y Charlie Watts el “Bridges to Babylon”, su actual esposa Patty Hansen coquetea con una secta religiosa, detalle que desagrada sobremanera al desconfiado bucanero. Una noche Patty le deja plantado pues tiene reunión con los miembros de la secta, y Richards queda con su amigo y alma gemela Ron Wood en el estudio casero de su vivienda en Inglaterra para pasar la noche ensayando. Woody se lía en el pub con los parroquianos, y se presenta en casa de Kiz al amanecer, totalmente bebido. Los técnicos de sonido y el manager intervienen y evitan que la historia de los Stones finalice justo ese día, dando paso a un desalentador futuro en el cual Mick Jagger estaría ejerciendo de crooner melódico al frente de una big band, Richards cumpliendo la cadena perpetua y el bueno de Woody en el cementerio de Highgate, al norte de Londres, vagando cerca del espíritu de Vincent Price. Kiz, ciego de ira y de barbitúricos, trató de estrangular con sus huesudas manos al borrachín Ron Wood, no porque le hubiera hecho esperar, sino porque le citó porque necesitaba olvidarse de sus demonios tocando música. Como lleva haciendo setenta años.