I am Ozzy (Confieso que he bebido) - Memorias de Ozzy Osbourne

Enviado por El Marqués el Vie, 17/06/2011 - 15:14

Ozzy, aconsejado por sus allegados, se lanzó en algún momento entre 2008 y 2009 a dictar sus memorias a un sacrificado escriba llamado Chris Ayres. Hablo de “dictar”, porque no le veo yo sentado ante el teclado, como hacemos todos nosotros.

Hacia el final del libro, uno de los muchos médicos que han tratado sus adicciones le pregunta por qué sigue vivo. La respuesta, por supuesto, está flotando en el aire, como cantaba Bob Dylan. Evidentemente, finalizada la lectura del listado de barbaridades que este hombre ha hecho con su organismo, sólo podemos admirarnos ante esa salud de hierro.

Otra cosa es que sus neuronas bailen ya como Tony Manero en “Fiebre del Sábado Noche”, o que a duras penas pueda sacar adelante la letra de “Paranoid” en escena, como le ocurrió hace cuatro años en Zaragoza, en la que ha sido su última visita a estos lares. La semana que viene le tenemos en Vitoria, y aunque asegure que lleva limpio cinco o seis años, no me extrañaría que la llamada del txakolí le dejase postrado en el hotel y le impidiera presentarse, como le ocurrió en un show a finales de los 70, llevando a Tony Iommi y a Geezer Butler a tomar la decisión de expulsarle de Black Sabbath.

Sin extendernos demasiado, “I am Ozzy”, publicado recientemente en España por la editorial Global Rythm Press, subtitulado “Confieso que he bebido”, no es otra cosa que un viaje a lo largo de 450 páginas que se leen del tirón, en compañía de una de las figuras más relevantes en la historia del Heavy Metal, desde sus primeros trabajos en las cadenas de montaje de la industrial ciudad inglesa de Birmingham, hasta el desmesurado boom mediático del reality show “The Osbournes”, que le llevó a convertirse en una celebridad invitada a recepciones ante la Reina de Inglaterra o el presidente de los Estados Unidos.

Como buen británico, se comportó con absoluto respeto ante Isabel II, y se emborrachó y subió a una mesa comenzando a dar voces en Washington, llevando a George W. Bush a comentar en privado: “Tal vez no haya sido buena idea invitarle”.

Con un estilo de narración muy fluida, se nos cuenta cómo conoció a sus compañeros en Sabbath, donde Geezer Butler era el místico, Bill Ward el conciliador y Tony Iommi el líder absoluto. Cómo, casi sin darse cuenta, se convirtieron en estrellas del rock con toda la bebida y las drogas imaginables a su alcance a partir de “Paranoid”, y cómo el estrellato derivó en la grabación de los álbumes posteriores en mansiones de Hollywood, cuando no en arcaicos castillos ingleses con un punto en común: la presencia de cocaína, suficiente según nos cuenta como para asfaltar varias veces toda la Ruta 66.

La salida de Black Sabbath, el inicio de su carrera en solitario, la relación con su esposa y representante Sharon Arden, el descubrimiento y posterior accidente que costó la vida a Randy Rhoads tienen, por supuesto, su sitio en estas memorias, así como la gestación del mencionado reality que permitió a la MTV llenar la vida de Ozzy de cámaras y darle suficiente dinero como para comprar varios equipos de la NBA si quisiera.

La fama de este hombre es tal que la aparición de este libro en España fue cubierta por medios de comunicación generales, que concluían dejando a Ozzy como un personaje bonachón y entrañable que se había entregado a los excesos propios de los Rockstars como si de un juego, como si de una caricatura se tratara. Y unos cojones. El Blizzard of Ozz ha llevado una vida extrema como pocos pueden imaginar, y es de agradecer al cantante que apenas rehuya su responsabilidad en todas las animaladas –nunca mejor dicho- que ha protagonizado, y las consecuencias que en si mismo y en su entorno ha provocado.

Como él mismo admite en uno de los escasos apuntes de profundidad psicológica que ofrece este libro: Conoció a John Bonham. El batería de Led Zeppelin estaba totalmente pasado de revoluciones y solo pensaba en divertirse,. “Pero, seguramente en el fondo era como yo –nos confiesa Ozzy- Un payaso infeliz incapaz de encontrar la sensatez”.

También nos llega ese momento en que admite que, en el mejor período artístico de Black Sabbath, Iommi y él jamás hablaban entre sí. De su obra apunta escasísimos detalles, como suele ocurrir en este tipo de libros, pero es interesante conocer su predilección por determinadas canciones, el hecho de que Rhoads y él fusilaran la intro acústica de “Diary of a Madman” de una pieza de Mozart, su gusto por “No More Tears”, la impresión que le causó la irrupción de Nirvana, su interés en llegar al nuevo público del Grunge, y la gestación del Ozzfest, creado por su esposa una vez que los organizadores de festivales como Lollapalooza se negaran a contratarle por considerarle una vieja gloria casi acabada.

Se echa en falta una mayor explicación de momentos importantes en su carrera: La elección de Jake E Lee y posterior despedida del fundador de Badlands, tras la edición del “Tribute” en honor a Randy Rhoads, la salida de Sabbath, que despacha con un “estaba siempre colocado y me largaron”, o las reuniones posteriores muchos años después.

En lugar de ello, a Ozzy le divierte contarnos como, merced a un purgante que le suministraron para hacerle un lavado de estómago, le entró cagalera mientras visitaba la mansión de un personaje famoso que pensaban comprar, se refugió en el baño, y al no encontrar papel higiénico se limpió con las cortinas. Pero Ozzy es así. Por algo le conocemos como el “Madman”.

En ese sentido, debo admitir que el tío se lo pasa en grande contándonos payasadas, y que en varios momentos consigue que uno se eche a reír a carcajadas con el libro en las manos. A mi me pasó viajando en transporte público hace unos días, y la gente me miró como si estuviera loco. Pero es delirante leer lo que cuenta de los dinosaurios británicos Yes, con quienes coincidieron en el estudio mientras grababan “Sabbath Bloody Sabbath”. Yes estaban con “Tales from Topographic Oceans”, su disco más excesivo y barroco, y habían convertido el estudio en una granja llena de puerros, hortalizas, una verja y un granero para sentirse cerca de la naturaleza. “Y yo pensando que Geezer era raro”, comenta Ozzy.

Por cierto, que en “Sabbath…” colaboró Rick Wakeman con sus teclados, simplemente porque era el único borrachín en Yes, y se hizo amigo de nuestro hombre en el bar más cercano, en los descansos del proceso de grabación. Así surgían las colaboraciones antes, no como ahora, que todo se reduce a envíos por mail de maquetas, contratos interminables y conversaciones sin final entre abogados y managers.

Que nadie se pierda momentos como su visita a una cárcel inglesa. Un recluso le prepara un café, y Ozzy, mientras bebe, le pregunta el motivo de su condena. “Envenenamiento en la bebida. Ocho personas”.

O cuando, no hace muchos años, unos chavales mejicanos se le acercaron y le dijeron: “Ozzy, hermano, ¿de verás te arrestaron cuando eras joven por mear en El Álamo? ¡Nosotros lo hacemos todos los días cuando salimos de priva!”

O cuando estaba visitando un antiguo campo de concentración utilizado por los nazis durante el Holocausto y le expulsaron por su escandalosa conducta. “Debo haber sido el único tío al que han obligado a salir de un sitio así”.

No entraremos a hablar en detalle de su dependencia enfermiza del alcohol, que le llevó a intentar asesinar en pleno estado de inconsciencia etílica a su esposa, porque no es algo edificante, pero está claro que, a la fuerza, esos millones de dólares invertidos en bebida –la cuenta la hizo un profesional, como podréis leer- han tenido que hacer mella en su cerebro, en su forma de actuar.

No es, ni de coña, la obra escrita definitiva sobre el autor de “Crazy Train”, pero si que es un muy recomendable y entretenido librito. La galería de fotos también le hace subir enteros. Eso sí, los amantes de los animales que se lo tomen con calma, porque Ozzy, cuando no tenía a ningún ser humano al que hincar el diente, la emprendía a balazos con gallinas, palomas, murciélagos o cualquier bicho viviente que se le acercara.