Dentro de Pink Floyd

Enviado por Weichafe el Sáb, 28/08/2010 - 23:08

Hacer un balance público de aspectos íntimos de nuestra vida personal, debe ser uno de los ejercicios más complejos a los que se puede abocar un ser humano. El riesgo de la autocomplacencia, minimizando los errores y agrandando los logros, es el principal obstáculo para intentarlo. Esta situación se vuelve más difícil cuando la vida ha sido marcada por el éxito. ¿Alguien podría dudar que la banda inglesa Pink Floyd, más allá de ser o no de nuestro agrado, logró aquello que corrientemente se denomina éxito?. Autores de discos legendarios, con ventas millonarias, creadores de un sonido característico e inspiradores de una película que marcó a una generación, los Floyd se ganaron hace décadas un lugar entre los más grandes dentro del mega género llamado rock. En este contexto, la autobiografía de su integrante más silencioso y menos polémico, el baterista Nick Mason (“Dentro de Pink Floyd”, Monontroppo, 2007, 286 páginas; primera edición en inglés 2004), nos permite reflexionar sobre las implicancias que rodean al “éxito”. Desde nuestro punto de vista, el principal atractivo que tiene el libro de Mason se relaciona con la mirada crítica de su participación como integrante de la legendaria banda británica. Al cerrar la última página de su libro, es inevitable pensar en los claroscuros de la existencia humana, llena de instantes gloriosos, pero también plagada de las pequeñas miserias humanas.

A través de un texto bien escrito, ágil de leer, que seguramente los fanáticos de los Floyd degustarán párrafo por párrafo, ingresamos a las entrañas de la vida interna de la banda. Para delicia de sus seguidores, Mason nos cuenta cómo se inspiraron en la creación de los discos y de sus más emblemáticas canciones, cómo se realizaron sus grabaciones y mezclas, cómo se tomaron las decisiones sobre tales o cuales aspectos musicales del grupo y un sinnúmero de anécdotas que Mason intercala de tanto en tanto en el relato. Nos parece que su objetivo, más allá de reflejar su sentido del humor, es entregar una mirada humana de sus compañeros, lejos de elevarlos a la categoría de genios, súper músicos y llenarlos de zalameros elogios. Por el contrario, Mason opta por lo cotidiano, por enfatizar los problemas y las fallas. Por ejemplo, cuando revela que en la versión final del disco “Atom Heart Mother”, no pudieron eliminar el audio pre-grabado que debió acompañar la grabación de la orquesta que acompaña a la banda.

Sin embargo, desde el comienzo Mason despliega su inmisericorde autocrítica a su papel en la banda. Para entender su trayectoria, el baterista nos aclara que el principal objetivo inicial que tenían como grupo, era lograr éxito comercial, ojalá tener una canción número uno en las listas de ranking musicales británicos. En su génesis, no habían ambiciosas pretensiones políticas, ideológicas ni complejas opciones filosóficas, sino que una feroz ambición por ser exitosos. Esto es fundamental para explicar las miserias en la historia floydiana. Su primer capítulo fue echar a su primer manager para poder firmar con EMI. Esto, que podría ser justificado, se complica luego con lo ocurrido con Syd Barret. A punto de perder la razón, la banda, nos cuenta Mason, lo forzó a seguir en gira, pensando –curiosamente- que esto lo sacaría de su cada vez más errático comportamiento. Cuando deciden expulsarlo de la banda, solo lo hicieron, evitando una conversación con quien era no solo integrante del grupo, sino que supuestamente su amigo. De acuerdo a su versión, Mason señala que el sentimiento de culpa por estos acontecimientos siempre acompañó al grupo. Con todo, hoy sabemos que la demencia de Barret era un proceso que avanzaba inexorablemente y que tarde o temprano debería abandonar cualquier actividad. Sin embargo, a veces las formas cómo se hacen las cosas, se convierten en un problema de fondo.

Años más tarde, Mason relata el proceso de aburguesamiento de Pink Floyd, después del éxito mundial de The Dark Side of the Moon (1973). Casas espaciosas, autos de lujos, vacaciones en yates, en fin, abultadas cuentas bancarias, parecían secar la creatividad de la banda. Mason nos dice que las millonarias inversiones en múltiples negocios, los había convertido en “bussines man” más que en roqueros. Inversamente al aumento exponencial de sus ganancias económicas y haber alcanzado el éxito que tanto ansiaban en sus adolescentes inicios, los integrantes de Pink Floyd se distanciaron entre sí y la creatividad parecía agotarse. ¿Cómo no repetir eternamente la fórmula del The Dark side?. Cedieron ante la tentación de publicar discos recopilatorios, auspicios de compañías comerciales que detestaban, firmar convenios que solo eran dinero, el cual, dice Mason, ya era muy abundante.

Los discos “Wish were here” y “Animals” parecían ser los últimos estertores de los Floyd, porque hacia fines de la década de los setenta, la vida interna del grupo se hacía insoportable. “The Wall” sería la última gran obra que legarían, que coronó la megalomanía de Rogers Waters, el bajista y autoritario líder de Floyd, que en el tiempo de creación de su obra cumbre, había expulsado al tecladista Rick Wrigth, con quien tenía diferencias musicales y personales irreconciliables.

Según relata Mason, se sometió a la progresiva dictadura de Waters por su carácter acomodaticio, para evitar el conflicto y asegurar la continuidad de la banda. Cuando se hizo insoportable, la ruptura prosiguió con una lucha fratricida sobre los (millonarios) derechos comerciales de la banda. Los dos postreros discos de Pink Floyd, ahora sin Waters, son presentados, especialmente el primero (“A Momentary lapse of Reason”), como un intento de demostrarle a su ex viejo amigo, que la banda no terminaba con él. Ahora el liderazgo, más democrático, pasaba a manos de David Gilmour, el reemplazante de Syd Barret a fines de la década de los sesenta.

El mérito de Mason es que no trata de justificar los capítulos más oscuros de la banda, solo da cuenta de ellos, para que seamos los lectores quienes opinemos sobre estos hechos. En conclusión, al leer “Dentro de Pink Floyd”, es posible reflexionar sobre la enorme dificultad que se produce cuando la mística inicial de los grupos musicales, deviene en un enorme negocio. Lamentablemente, en mayor o menor medida, esto termina prostituyendo la magia inicial y provoca dos tipos de salidas. Una, la de Pink Floyd, que terminó por ser devorado por los egos de sus integrantes y se canceló como proyecto musical, legándonos una enorme e imperecedera producción musical. Otra, la de bandas que nunca desaparecen, pero que, en la mayoría de los casos, terminan siendo una parodia de su mejor época, usufructuando de su nombre en función de engordar cada vez más sus ya suculentas billeteras.

Recomendamos ampliamente la lectura de “Dentro de Pink Floyd”, incluso para aquellos que no son seguidores de esta agrupación, porque junto con lo reseñado, tiene exquisitos detalles técnicos -la veloz evolución de la tecnología para grabar discos y los montajes de los shows en vivo- que será de interés para todos los amantes de la música contemporánea. Además, escrita antes de la muerte de Rick Wright, entrega desconocidos detalles sobre la última vez que tocó la formación clásica de Pink Floyd, en el marco del Live 8 organizada por Bob Geldof en julio de 2005. Después de una trayectoria aciaga, con altos y bajos, Mason quiso cerrar la historia moderadamente optimista, con la impensanda reunión de la banda.