Scorpions - Lonesome Crow

Enviado por stalker213 el Mar, 13/07/2010 - 19:15
161

1. I'm Going Mad (4:53)
2. It All Depends (3:26)
3. Leave Me (5:04)
4. In Search of the Peace of Mind (4:59)
5. Inheritance (4:40)
6. Action (3:54)
7. Lonesome Crow (13:30)

Corría el año de 1972 cuando en la pequeña localidad sajona de Sarsted, dos chavalitos en sus veinte-y-pocos, conseguían editar por fin su primer larga duración y a la postre, lo que al cabo de casi cuarenta años iba a convertirse en la primera piedra dispuesta bajo uno de los mayores y más representativos monumentos jamás consagrados a la música Rock. Junto a dos jovenzuelos Rudolpf Schenker y Klaus Meine, la primera encarnación de unos entonces desconocidos SCORPIONS incluía no únicamente a dos personajes algo desconocidos para el gran público actual -Lothar Heimberg (no Heinburg como indican erróneamente diversas fuentes) y Wolfgang Dziony- sino también al hermano menor de Schenker, que con tan solo diecisiete añitos iba a encargarse de demostrar, junto a su tete y el tío Klaus, que en la Baja Sajonia (con ese caballito rampante en su escudo) existía algo más que no sólo su capital Hannover.

Las cosas no fueron fáciles, ni mucho menos rápidas, para nuestros entrañables escorpiones, y es que editar su primer trabajo les llevó nada menos que la friolera de siete años (la banda cobró vida allá por 1965), pero bien valieron la pena a resultas de lo que hoy, pese a sonar ocasionalmente algo inconexo, representa uno de los discos clave del Hard Rock europeo clásico del primer tercio de los setenta.

Amparados bajo el techo de los míticos Star-Musik Studios (Hamburgo) y guiados por la mano sabia del gurú del Krautrock y del sonido electrónico de los 70’s, Conny Plank (KRAFTWERK, BRIAN ENO, ULTRAVOX, EURYTHMICS y un largo etcétera), SCORPIONS mostraban ya desde sus inicios que -pesar de su juventud- llevaban ya la lección muy bien aprendida. Sin embargo, cabe decir que en este primerizo estadio de su carrera, muy a pesar de la incontestable precocidad de estos formidables músicos, todavía pesaban más sus influencias fundamentales (LED ZEPPELIN, DEEP PURPLE y BLACK SABBATH) antes que no las trazas características que pronto forjarían el sonido propio de la etapa clásica de la banda, con trabajos ya plenamente en la onda SCORPIONS, y que bajo mi punto de vista alcanzaría su plenitud con el descomunal e incalculable ‘In Trance’ de 1975.

Imbuidos, inevitablemente, en una época de cambios, aperturismo y experimentación con lo desconocido, ‘Lonesome Crow’ es un trabajo que de igual modo, improvisa y juega tímidamente con las texturas y los pasajes caleidoscópicos la psicodelia característica de su tiempo y el boom del Rock progresivo de los setenta (teclados crípticos, percusiones confusas y partes corales con claras reminiscencias lisérgicas) al punto que fusiona sus átomos con el Rock más puro y tradicional de los inevitables CREAM, JEFF BECK, YARDBIRDS o HENDRIX.

En este sentido, el tema con el que abre el disco ‘I’m Goin’ Mad’, aparte de las claras connotaciones del título, avanza a paso sinuoso y reptante acompañado de unos misteriosos coros de fondo hasta que en (01:55) el pequeño de los Schenker empieza a poner las cartas bocarriba rasgando el velo con un salvaje y apasionado solo marca de la casa. Inevitablemente, uno sabe reconocer a los SCORPS de toda la vida casi a primera escucha, si bien simultáneamente -como decía anteriormente- se adivinan un buen puñado de influencias ajenas a la enorme avalancha de obras de arte que editarían poco después. Así mismo, algo muy parecido es lo que podemos afirmar respecto a un jovencísimo Klaus Meine, que a pesar de mostrar ya un poderío vocal de armas tomar, queda todavía lejos de sus mejores momentos enmarcados en el contexto de los años dorados de la formación.

Sigue a continuación ‘It All Depends’ y llegado este punto, uno cree estar escuchando a los mismísimos BLACK SABBATH y su inabarcable obra magna ‘Paranoid’. Los patrones rítmicos de Butler y Ward son, literalmente, fusilados durante los primeros compases del corte y su parte final, aunque cabe decir que durante su ecuador, el oyente puede también encontrar momentos no menos interesantes, algo distantes a los patrones SABBATH y que por momentos traen a mi mente algunos resquicios de la obra de los primeros ATOMIC ROOSTER.

‘Leave Me’ es el corte que llena los surcos de la tercera pista y que sirve para retomar la senda del viaje astral en el que, indistintamente, la banda se cuelga en diversos pasajes del plástico, dando lugar a situaciones que quizás a más de uno puedan parecerle poco coherentes. Personalmente, creo que el clima recreado en su principio (recordándome ligeramente a la legendaria ‘Horse Latitudes’ de los DOORS) refleja fielmente la época en la el que disco fue grabado, al punto que sirve eficazmente a la creación de un poderoso contraste entre las tres fases diferenciables a lo largo de su transcurso. La segunda fase, sin abandonar del todo el trip del que os hablaba, avanza guiada por las gruesas cuerdas del hermético Heimberg, los rústicos címbales de Dziony y fundamentalmente el etéreo y obsesivo coro entre estrofas, que bien podría haber servido de hilo musical a cualquier guateque revienta-neuronas de su tiempo. Por entre medio, se dejan oír igualmente extraños ruidos claramente evocadores del Krautrock y el Space Rock de la época hasta que en (04:10) la banda por fin despega, poniendo la directa y acelerando aunque por corto tiempo. En términos muy parecidos, se nos presenta ‘In Search of the Peace of Mind’, aunque esta vez el corte se inicia con un riff algo más festivo si bien breve. Justo a continuación, los coros vuelven a hacer acto de presencia hasta que Meine se queda a solas junto a la acústica de Rudy, trascurriendo al punto un buen par de excéntricos minutos en los que el soberbio vocalista deja ya a las claras el profundo calado de su categoría, cuando tan solo era un ‘melenudo’ mozalbete de veinte-y-cuatro años. Estructuralmente, ambos temas comparten patrones considerablemente similares, aunque eso sí: cada una con su personalidad.

Llegamos a ‘Inheritance’ y sin margen al error, la que puede ser considerada la mejor pieza del álbum junto a la que propiamente da título al conjunto. Excelente de principio a fin, sin duda nos hallamos ante una composición en la que Michael Schenker da rienda suelta a su capacidad y talento indiscutibles, alcanzando el clímax del corte a partir de (00:53), donde este descarado mocoso de tan sólo diecisiete primaveras se pone al frente del muro de sonido dejando a las claras su innegable condición de virtuoso de las seis cuerdas. Quien diga que los genios se hacen a sí mismos no sabe de qué habla; Los genios nacen y mueren siendo lo que son. Genios. Termino destacando el curioso fragmento comprendido entre (02:59) y (03:46), y es que cada vez que lo escucho me recuerda más a los legendarios suecos CANDLEMASS, si me disculpáis la digresión.

‘Action’ (título con el que otras veces se ha re-editado el trabajo) echa a andar briosa e intrigante merced una tupida base en clave Blues, especialmente con el galopante break que tiene lugar en (01:23). Cierto que el Blues no es ni ha sido nunca el fuerte de SCORPIONS y no menos cierto que el que os habla, jamás se manifestará como un fan conocedor del género, pero indudablemente ‘Action’ es un tema que aguanta con clase los cuatro sólidos minutos que la componen.

Y vamos ya cerrando, fijando la mirada sobre el que puede considerarse sin duda alguna como el primer gran clásico y pieza básica de directo en la temprana época de esta inigualable banda. Hablamos, evidentemente, de la imprescindible ‘Lonesome Crow’ y de sus trepidantes trece minutos y medio a lo largo de los cuales, una vez más, Michael se erige como el principal artífice del éxtasis musical que el corte encierra. Sus dos primeros minutos sirven a modo de introducción, a paso calmo, con un Klaus Meine en ‘plan jefe’ total hasta que en (02:13) la cosa se pone seria de verdad (aquí Heimberg brilla como no lo hace en ningún otro tema del álbum) con un Michael Schenker desgranando algunas de sus mejores notas (03:04) con la banda. Desgraciadamente, muy a menudo su fase intermedia comprendida entre (05:23) y (11:11) ha sido bastante infravalorada por la crítica, tachándola de relleno o de compilación de sonidos inconexos, pero prestando un par de oídas a su conjunto uno no puede más que caer rendido de rodillas al genio rotundo de estos irrepetibles sajones, cuyo nombre responde al sagrado epíteto de SCORPIONS, y es que su picadura es mortal de necesidad. La sección que arranca en (08:45), es ciertamente de complicada digestión, pero nadie con dos dedos de frente se atrevería a proclamar a los cuatro vientos que responda exclusivamente a minutos de relleno. Tremendamente ominosa, al punto que teatral, dicha sección tiene como protagonistas al difuminado, aunque competente, Dziony y qué duda cabe: Al espectacular Meine y la incandescente pasión que desprende cada una de las notas que, delicadamente, deja deslizar a través de su privilegiada e inquebrantable garganta. Los dos últimos minutos marcan el epílogo de un trabajo que muy probablemente no se halla entre el material más selecto de la banda, pero que por contra nos muestra la irrefutable casta y el exagerado talento de una banda que ya desde sus inicios estaba llamada a ocupar un lugar de privilegio entre los más grandes de los grandes. Justo después de la grabación del disco, Michael Schenker partiría presto rumbo al Reino Unido, donde junto a unos emergentes UFO uniría fuerzas para levantar algunos de los mayores monumentos jamás erigidos a la memoria del Hard Rock. Paradójicamente, la trágica pérdida comportaría para SCORPIONS la primera gran vuelta de tuerca verdaderamente trascendente para comprender su venidera dimensión de monstruos sagrados del Rock y es que estaba a punto de aterrizar uno de los mayores talentos de aquella irrepetible generación: El único, apabullante e intransferible Uli Jon Roth.

Aunque lejos de obras imperecederas como el sangrante 'Fly to the Rainbow', ‘Virgin Killer’, ‘In Trance’ o el injustamente maltratado ‘Taken By Force’, observamos perplejos en pleno 2010, como este solitario cuervo (tras treinta-y-ocho años de éxitos y gloria) todavía conserva el indiscutible porte de su elegante silueta, así como el brío y la energía de unas poderosas alas, que muy a pesar del paso inexorable de los años siguen describiendo arriba en el firmamento esa inconfundible parábola de vuelo, únicamente, concebible en las criaturas más bellas del planeta.

Sopesando sus luces y sus sombras, que no son pocas, este vetusto Cuervo bien merece un 8.2

Klaus Meine: Voz
Rudolf Schenker: Guitarra rítmica
Michael Schenker: Guitarra solista
Lothar Heinburg: Bajo
Wolfgang Dziony: Percusiones

Sello
Metronome