Sadus - Swallowed in Black

Enviado por Cuericaeno el Dom, 19/07/2009 - 20:08
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1. Black (5:24)
2. Man Infestation (4:06)
3. Last Abide (2:17)
4. The Wake (4:21)
5. In Your Face (1:03)
6. Good Rid'nz (4:33)
7. False Incarnation (4:36)
8. Images (4:25)
9. Powers Of Hate (3:39)
10. Arise (6:18)
11. Oracle Of Obmission (3:51)

En el año en que el Thrash Metal vivía el declive de su reinado, otro nombre con caracteres de arma blanca se clavaba en la escena para reanimar a ese subgénero del Heavy Metal que ya andaba moribundo, y que lanzó las últimas de sus mejores larvas para que no corrieran su misma suerte, una de ellas su epitafio, ”Oxídate en Paz” (Megadeth), y otra su testamento y destino, las Estaciones en el Abismo que escenificaron Slayer. Paralelo al cromado fuselaje de una entidad que ya surcaba los cielos bajo el nombre de Painkiller, ancló sus puntiagudas patas en la Tierra el nombre de Sadus, nimbado por una nube tóxica de terrorífica inspiración que reinstauraría la taquicardia en los corazones del colectivo thrasher.

Tras un puñado de demos y un LP debut difícil hoy de encontrar llamado Illusions (Chemical Exposure) (1988), estos californianos lanzaron su supersónico y ultratécnico Swallowed In Black (1990), un trepidante trabajo que parecía ser la respuesta americana a aquel Infernal Overkill de los teutones Destruction (1985), pero elevada a la máxima potencia de técnica y velocidad. A la voz y primera guitarra escuchábamos a Darren Travis, que como el señor “Schmier” de los ya citados alemanes, vomitaba su mixtura de registro Thrash con falsete Black sobre unas estructuraciones de vértigo, sofisticadísimas, donde destacaban los ágiles ademanes del bajo de Steve DiGiorgio, una especie de Steve Harris del Metal Extremo (si se me permiten más comparaciones), que escalando frenético sobre semejante montaña rusa que elaboraba el combo, hace de todo el álbum un espectáculo sonoro fascinante y altamente adictivo. La segunda guitarra de Moore al compás del genial baterista Jon Allen completaban el plantel de ese magistral trabajo global de velocidad, sincronía y virtuosismo, tres aspectos llevados a los terrenos más pérfidos e incisivos que pudo imaginar esa época.

La soberanía del Thrash Metal aún respiraba en pequeños reductos, y uno de ellos es esta hiriente obra y las once bombas de racimo que aguardan en su recámara. Descarguémoslas juntos, pulsando ese detonador que llaman Play

El anárquico bullicio de una especie de simposio de demonios resuena como preludio a Black, que va constituyendo su osamenta a redoble de parches hasta que estalla con toda su inercia y traqueteo de locomotora infernal, con bielas de acerado riff y una chimenea que emana negra y nociva poesía de boca de Darren: ”Desconocida sustancia/Una pútrida nube/Asfixiándolo todo en su adentro…”. Muy ecologistas ellos pese a su agresividad, denunciando aquí la contaminación ambiental creada por las humeantes factorías. El metálico barullo del bajo de DiGiorgio se hace bien presente, chasqueando a toda máquina para cubrir cada uno de los complicados pasos de esta demencial coreografía ríffica, de acelerones, parones y martilleos muy bien engarzados en la composición. Y con qué malicia y ensañamiento interpreta el vocalista esa línea de ”Overflowing blackness of death” [3:05/3:13], balanceando con demoníaco cinismo la primera palabra mientras que la última la deflagra de un lacerante alarido. En fin, valiosos detalles que enriquecen el conjunto.

El salvaje trabalenguas lírico de Man Infestation nace y crece presto, y muere ralentizado por el estudio, balbuceando en grave sus últimas notas hasta apagarse, para así poder entrar al ataque esa turbina de riff que es Last Abide, tan comprimida e hipersónica que parece que te va a absorber y triturar como haría el reactor de un avión si te acercas demasiado. Más contemplativo y cauteloso empieza The Wake, pero no os dejéis engañar, está al acecho pues busca lo mismo que todas las anteriores, aplastarte en su estampida de doble maza entre dentelladas de guitarra tras rasgar su disfraz de mid tempo (un lobo con piel de mid tempo… ¿o era de cordero?), no sin salpicar su metraje con ciertos pasajes de una parsimonia realmente malévola, visitada por solos muy virtuosos que dan su toque cristalino a esta cruda y oscura pieza.

Visto y no visto, surge y se extingue el meteoro de In Your Face, llegando a su meta en tan sólo un minuto y tres segundos, un record sólo batible entonces por el Grindcore o el Noise, estilos que ya en esos tiempos libraban sus motines sobre las tablas de los circuitos del underground. Con un sísmico ralentí calienta motores Good Rid'nz, realmente crepitante la voz de Travis aquí, corroyendo con sus alaridos el cambiante sendero rítmico que marcará la banda en este tema tan elaborado, de encarnizadas peleas de lead breaks, y con un magnánimo riff que emerge autoritario en el minuto 3:11 y despide el corte con una soberanía implacable.

False Incarnation posee una atmósfera especial en sus solos, tan tétrica como elegante, y permítanme que en momentos clave me resulte hasta detectivesca por su dulce suspense (pero no me echen mucha cuenta, quizás sea mi medicación). El bajo de Steve DiHarris… perdón… DiGiorgio… da la entrada a Images, una de las negras joyas del disco para mí, una centrífuga de riffs cercenadores y pistoneante percusión de ejecución soberbia, con un tenaz estribillo que cicatriza en tu memoria y unos solos demenciales, tomando el tema más adelante tintes algo progresivos en un interludio donde el bajo vuelve a tomar gran protagonismo. Toda una obra de alta ingeniería al servicio del Thrash.

El noveno tema encierra los Poderes del Odio, desatándolos a distintos tempos, raudos o a marcha de tanque, pero predominando la alta velocidad durante esa acometida de púas al rojo que se aferran al compás del taladro percutor que activa Jon Allen, desplegando esa simetría tan característica de los grandes estrategas de la agresión que acunó el Thrash. El Odio, además de gran destructor, también es un gran arquitecto, y la música da fe de ello.

Arise llega con un audio de amenazante ventisca por la que se va abriendo paso una siniestra melodía, para luego ir tomando forma la canción hasta llegar a una naturaleza realmente compleja y avasalladora. En tan sofisticada carrera, los rasgueos en mute se aglomeran apurando muy cortos lapsos, seguidos ‘al pie de la nota’ por el redoblante kit de Allen y el moscardón metálico que encarna el bajo del mago DiGiorgio, entramado instrumental por el que escala todo un festival de solos petruccianos de maligno ceño. Todo ello forma una arborescencia fantástica de golpes y notas que parecen traducir a música esos fractales que en la Física sistematizan un orden dentro del caos, constituyendo las estructuras primarias de todo elemento vivo o inerte. Pero la diferencia que existe entre esa geometría fractal y Arise es que éste progresa sin repetirse, por lo que podríamos decir que está más vivo que la misma Vida. Pobres de los que sólo captan virtuosismo en Mozart, perdiéndose este íntimo cosmos de la música.

Concluyendo la obra, Oracle Of Obmission salta jaleado por un desgañitado grito del demonio Travis. Marañas de notas punteadas con furia se entrelazan en otra ansiosa composición, tan sofisticada como su misma letra, que tanto aquí como en las demás canciones tratan temas sociales con muy culta pluma, marcando estos californianos y sus contemporáneos del género una segunda etapa del Thrash en la que texto y música se refinaban más, tecnicismo al cuadrado con el que abandonaban en parte la crudeza carnicera de arquetipos de la escena como Slayer, pues también había que dejarle algo de casquería al naciente Death Metal, no fuera a ser que no tuviera con qué empezar. Pese a su más selectivo verbo, este tema que finiquita la obra no deja de oprimirnos, eclipsarnos y apabullarnos con su diabólico proceder, intensificándose tales sensaciones durante sus últimos segundos de vida, echando los restos músicos y cantante hasta acabar todo de forma estruendosa y terrorífica, con un grito de espanto seguido del pertinaz bufido que suelen emitir las lagunas hertzianas de una radio. Acabada la munición… hasta nueva reproducción…

El Diablo soltó sus nuevos perros de guerra, adiestrados para reactivar la masacre deci-bélica sobre nuestras cabezas, renovando el Thrash Metal su elite con nuevos nombres punzantes como estos Sadus, que junto a otros denominados de la Bay Area, erigieron la Segunda Oleada que salvó al Thrash de hundirse bajo las corrientes neonatas del Grunge y el Hardcore, sin olvidar a esos Cowboys del Infierno que instauraron su propio año cero en el género, o ese agujero negro que empezó a abrirse llamado Black Metal. Pese a tales turbulencias y codeos entre esos estilos emergentes (todos dignos de defender su sitio), a flote se mantendría aguerrido ese subgénero que nos ocupa, siendo de agradecer la llegada de aquella negra nube tóxica que en 1990 arribó en su defensa, trayendo en sus entrañas la tormenta sapiente de Sadus.

Todo un honor el ser tragados por su negrura...

Darren Travis - Voz/Guitarra
Rob Moore - Guitarra
Steve DiGiorgio - Bajo
Jon Allen - Batería

Sello
Roadrunner Records