Leño - ¡Corre, corre!

Enviado por Onán el Dom, 16/11/2008 - 03:43
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1. ¡Corre, Corre!
2. Sorprendente
3. No Se Vende El Rock & Roll
4. La Fina
5. ¡Que Tire La Toalla!
6. Entre Las Cejas
7. No lo entiendo
8. ¡Qué Desilusión!

Durante su triunfal gira del 83, llamada El rock de una noche de verano, Miguel Ríos abarrotó estadios por toda España. Lo acompañaron en todo momento una joven Luz Casal y unos Leño que estaban en la mismísima picota y al mismo tiempo, desgraciadamente, a punto de separarse. Yo era muy chavalín y apenas había visto un concierto en mi vida, y menos de ese calibre, pero mi padre se arrancó de pronto con un par de entradas que fueron el mejor regalo que me podían hacer en ese momento. Aunque acudí para ver a Miguel Ríos, que arrasó por completo (era su mejor momento), la actuación de los carabancheleros, a quienes apenas conocía más que de nombre, me dejó pasmado. Enterarme, no me enteré de mucho porque se escuchaba fatal, pero fue la primera vez que veía tantos miles de personas coreando los berridos de alguien al unísono.

Ávido de conocer mejor las canciones que provocaban tanta pasión en el personal, poco tardé en hacerme con ¡Corre, corre!, que fue por derecho propio el tercer disco que adquirí en vinilo con mis esforzados ahorros (¡qué tiempos, snif!). Ahora me alegro de haber entrado en el rock por la puerta grande gracias a este disco tan jovial y fresco y, a la vez, tan maduro y visionario. Lo de Miguel Ríos había sido un canapé delicioso, pero por aquí arrancaba la senda verdaderamente interesante.

¡Corre, corre! es una colección de ocho canciones excepcionales, ninguna de las cuales baja del sobresaliente. Es un monumento al rock serio, caliente y hecho a mano, fruto de los últimos jirones de ese momento mágico que se vivió en España durante la Transición, cuando se abrieron de golpe las ventanas y cualquier música que no fuera aquí más o menos tradicional hubo de construirse a base de pura intuición. Muy pocos (si es que hubo alguien más) supieron como Leño desmarcarse de tanto bodrio vacuo y de tanta pose más o menos forzada, y acertar a crear con tantísima honradez unos himnos tan desgarradores, tan empáticos, tan profundos y serios. Trascendentes, en definitiva. Trascendentes en origen, y hoy ya historia de la música española. Parte del secreto sin duda es que Leño iba al grano en todo, como una piña.

Lo que hasta entonces había tenido cierto carácter juvenil de búsqueda, de tanteo (esos teclados en Más madera, esas letras todavía explicitas y más o menos macarras, desafiantes, faltonas o ingenuotas) en este cuarto disco se convirtió en mármol, en reflexión, en rock de café, cigarrito y suplemento dominical. Todavía muy jóvenes, y ya tan sabios. Y no lo digo tanto por lo que comunicaban las letras (por fin más filosóficas, más hondas), sino precisamente por el fino arte con el que Rosendo Mercado, cuando quería, era capaz de regalarnos una poesía tremenda y de gran calado pero que no se podía descifrar así como así: quizá había descubierto que guardarse una buena parte de lo que uno piensa no estaba tan mal, que tenía cierta lógica dejar que recaiga sobre el oyente la responsabilidad de interpretar las palabras… que él no era el mesías de nadie, vaya.

Y quizá este sentimiento fue uno de los que desencadenaron la pronta desaparición del grupo, cuando lo tenían todo: la aceptación popular masiva y una máquina musical tan engrasada y contundente, tan en perfecto estado de revista (¡y no era más que un trío!) que aún hoy sorprende cuando uno escucha el disco en directo que salió a la luz hace un par de años, llamado Vivo‘83 y rescatado precisamente de un concierto de aquella mítica y multitudinaria gira con Miguel Ríos, y que (sin tener para afirmarlo prueba alguna) apostaría un brazo a que no tiene trampa ni cartón, cosa que en general se puede decir de pocos discos grabados en "directo" de los ochenta en adelante.

Las canciones de ¡Corre, corre! marcaron un antes y un después, no tanto en la carrera del grupo (que casi exhalaba con ellas su último aliento) como en el rock español en su totalidad, quedando suspendidas para siempre en el tiempo al truncarse la posible continuación de una discografía que había encontrado su propio camino y apuntaba ya muy, muy arriba. Todo lo que rodea la disolución de Leño y su firme decisión de no mirar atrás está impregnado de una claridad de ideas magnética y a la vez entrañable, que ha valido al conjunto de sus propuestas estéticas, con carácter vitalicio, el reconocimiento unánime de una autenticidad con mayúsculas por parte de un sinfín de admiradores. Y mira que huele a choto hoy en día la palabra "autenticidad", pero en este caso no se puede sustituir por otra.

La metamorfosis que el repertorio de Leño fue experimentando fue suave; no en vano desde el primer disco ya habían mostrado una solidez especial. Pero sólo en ¡Corre, corre! alcanzó una forma tan elegante y particular, con esa oscuridad irrepetible, desgarradora pero positiva, sufriente pero amable. No se libran de este ambiente ni siquiera aquellas canciones del disco que pudieran calificarse de un poco más explícitas o llanas, como La fina o ¡Que tire la toalla!: también ellas forman parte de un todo homogéneo en el que las guitarras inspiradas y sentidas, tan gruñonas como estudiadas, se funden en una piedra pulida con la base rítmica, sin que los tres músicos bajaran nunca la guardia y dejaran de divertirse, relajarse, soltarse y sentir como un solo hombre, y sin que a ninguno de ellos se le pasara por la cabeza frivolizar con un solo golpe de más, con una sola nota que no viniera a cuento. Una seriedad que ponía en evidencia al grueso de sus contemporáneos, y que me perdonen los "perjudicados" si insisto en este punto, pero es que ante esta joya no hay color.

El arranque del disco, con un curioso riff de los que dejan la mente en blanco al más pintado, pone en marcha la canción homónima, una locomotora en trance que nos habla de huida, de presión social, de la búsqueda contra corriente de un recorrido vital digno que sepa abrirse paso entre la maleza de un mundo ajeno y hostil. Si ¡Corre, corre! ya ha captado tu atención como pocos temas podrían, hipnotizándote con su (¡elocuente!) larga coda instrumental, el mítico y desgarrador Sorprendente se encarga de elevar el listón de la poesía y de la concisión musical a un punto aún mayor, del que ya no vas a descender durante toda la escucha. En perfecto orden comienzan a sucederse el resto de las ocho extensas y acabadas perlas que, en cierto modo, hablan todas de una misma cosa. Y no sólo en un sentido literario: estas canciones manan de una visión especialmente sensible y reflexiva del mundo, y en ellas letra y música no son fácilmente disociables, porque su música habla y sus palabras son pura música.

Sin por todo ello renunciar a la cercanía, a la identificación sincera con la gente de a pie, temas electrizantes como No se vende el rock & roll o No lo entiendo nos llevan de la mano hasta la, para mí, canción más maravillosa que parió nunca Leño: la balsámica, la curativa ¡Qué desilusión!, ese broche de oro de ¡Corre, corre! y, por ende, de la discografía del grupo, que lleva poniéndome del revés veinticinco años y que, muy lejos de perder un ápice de su embrujo impagable, se ha convertido en lo mismo que el disco en su totalidad: un Gran Reserva al que nada puede compararse, porque fue ver la luz y romperse el molde.

Rosendo Mercado: Guitarra y voz
Ramiro Penas: Batería y coros
Tony Urbano: Bajo y coros

Sello
Chapa - Zafiro