King Crimson - Starless and Bible Black

Enviado por El Marqués el Dom, 06/11/2011 - 00:24
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Utilizando el símil futbolístico, que no suelen fallar, “Starless and Bible Black” ocupa en la carrera del Rey Carmesí el puesto de mediocentro. Esto es, el organizador por el que pasa todo el juego, el que canaliza las jugadas, el director de orquesta. Del debut a “Islands” tenemos a los cuatro zagueros, la trilogía del Rey junto a Bruford, Wetton y Cross ocupa el centro del campo, y los tres álbumes de los 80 con Belew y Levin serían la delantera. Del “Thrak” de 1995 en adelante tenemos a los reservas. La medular, la línea de creación, la representan los clásicos “Red” y “Larks´ Tongues in Aspic”, y en el centro el no menos mítico “Starless…”. Un 4-3-3, fútbol de ataque, juego atrevido, nada de pivotes ni zapadores defensivos.

Durante la gira de presentación de “Larks´…”, Robert Fripp había encontrado en John Wetton, David Cross y Bill Bruford los compañeros idóneos para seguir dando forma a su compleja e inagotable creatividad. Hablamos de tres músicos polivalentes y excepcionales, que entendieron desde el principio los planteamientos y el concepto que tenía el Jefe para su grupo. Supieron amoldarse y formaron un line-up que se prolongó durante tres trabajos seguidos, algo inédito en los cuatro primeros discos, donde las entradas y salidas fueron más habituales. Sólo entre el primer y el cuarto álbum, la banda contó con tres cantantes/bajistas diferentes, y otros tantos baterías.

“Larks´ Tongues in Aspic” fue un éxito a nivel de crítica, el prestigio de Fripp y los suyos estaba por las nubes, y el guitarrista aprovechó su estado de gracia y la compenetración con sus músicos para acentuar y llevar al extremo una de las señas de identidad del directo de King Crimson: las improvisaciones, la capacidad de hacer de una interpretación algo diferente, llevando las canciones originales a terrenos casi irreconocibles, al estilo de un Jimi Hendrix con su guitarra, un Jim Morrison con sus palabras, un Iggy Pop con sus contorsiones, o un John Coltrane con su saxo, convirtiendo cada show en una pieza de inventario.

Avanzado 1973 contaban con material suficiente fruto de esas jams on stage como para editar un nuevo trabajo, de modo que en navidad entraron en el estudio, y para enero de 1974 tenían listo su sexto álbum, compuesto por dos piezas nuevas (“The Great Deceiver” y “Lament”), y otras seis que, cuentan los monográficos sobre el cuarteto, corresponden a diversas interpretaciones extraídas de los shows europeos del año anterior, a las que se limpió el ambiente de directo y el sonido del público, dejando la música tal como había sido interpretada en vivo.

Nos hallamos, pues, ante una pieza única en la discografía del Rey Carmesí, mitad estudio/mitad falso directo. Robert Fripp quiso legar a la posteridad la inmediatez, la aparente facilidad, con que interpretaban sobre el escenario esa música tan compleja. No se sentía orgulloso de “Earthbound”, el sencillo en directo registrado en 1972 con la formación anterior, y se aseguró de recoger aquella magia en los surcos de “Starless and Bible Black”.

Hoy día existen centenares de referencias oficiales de aquel periodo, pero nadie debería perderse la caja “The Great Deceiver: Live 1973-1974”, editada en 1992, posteriormente distribuida de manera más sencilla en dos dobles Cds; glosa el periodo del que estamos hablando y contiene algunos de los mejores momentos de todo el Prog Rock de los años 70.

“The Great Deceiver”, el corte de apertura, es un rock muy inmediato y directo, sostenido por un potente riff de guitarra eléctrica, y una letra con la que el grupo se adelanta en el tiempo, al criticar duramente a los telepredicadores que prometen la salvación eterna a cambio de un dólar. La misma temática que colocaría años después a tipos como Ozzy, Lemmy, Frank Zappa o los Maiden de “Holy Smoke” en el punto de mira de la América más hipócrita y santurrona. Genial ese momento a mitad de la canción en que los “…Cigarettes, Ice Cream…” del estribillo son entonados como si de coros celestiales se tratara.

La siguiente, “Lament”, es otro tema ya clásico en el cancionero Crimson. Comienza muy suave con John Wetton cantando las estrofas sobre unas notas separadas de piano que preservan un ambiente casi angelical, a las que pronto se unen el melotrón, el violín de David Cross, y una de esas líneas de guitarra que Fripp sabía dibujar como nadie, hasta que hacia el minuto 1´20 el bajo y unos golpes de la percusión característica de Bruford cortan el tema y lo llevan a una deriva diferente: A partir de ahí transitará por un camino pedregoso, endurecido, con un Wetton irritado entonando unas letras que parecen hablar de añoranza, de unos tiempos en que la industria discográfica funcionaba con más inocencia, hasta desembocar en un hachazo de Fripp, que parece mutar de golpe en el Eddie Fast Clarke de “Ace of Spades” para terminar este tema.

Ese instante que he mencionado, ese clímax en torno al minuto 1´20, influiría directamente al ángel caído de Anaheim, California, Jeff Buckley, en 1995, cuando grabó en su álbum “Grace” esta perla llamada Lilac Wine. Escuchadla, disfrutad y juzgad.

“We´ll Let you Know” es un ejercicio instrumental improvisado al estilo que tanto gusta al autor: atonal, inquietante, jazzístico, lleno de malabares del virtuoso percusionista y de momentos en que las notas de las seis cuerdas más parecen chirridos, breve interludio que nos prepara para el pico más alto en calidad del disco: “The Night Watch”, la última pieza cantada, y esa impresionante maravilla que es “Trio”.

“The Night Watch”, la Ronda Nocturna, toma su nombre de un cuadro de Rembrandt. El texto, obra, como los anteriores, de un autor llamado Richard Palmer-James, que ejerció de letrista como hiciera Peter Sinfield en la primera etapa, recrea poéticamente la labor del pintor, su capacidad para hacer inmortales a seres anónimos a través de sus pinturas, y menciona a la España católica y apostólica, martillo de herejes, que para reprimir las revueltas protestantes envió al Duque de Alba a putear a los holandeses.

El texto, en todo caso, importa poco al lado de la majestuosidad de la música, y “The Night Watch” es una de las mejores canciones de King Crimson, cualquiera que sea la encarnación de la Criatura, un bellísimo medio tiempo que Wetton recita con gran elegancia, un instante de inspiración inigualable, registrado en una toma única, inolvidable y deliciosa. Fripp admitió que era un tema muy difícil de trasladar al directo conservando la magia: el tempo original exigía al vocalista un esfuerzo ímprobo, y ralentizarlo suponía despojar a la pieza de ese aura, de ese impacto tan especial que posee.

Y “Trio”, cinco minutos largos de delicada orfebrería instrumental, ante los cuales hay que quitarse el sombrero. No se trata de buscar la metáfora imposible, pero hablamos de una música que suena irreal, imperceptible, que no parece partir de una serie de corcheas escritas sobre el pentagrama, que suena más bien a leve brisa entre la hierba. Sólo Fripp, Wetton y Cross intervinieron, pero en los créditos de esta pequeña joya aparece igualmente Bill Bruford. Al respecto, Fripp explicó: “Sólo intervinieron tres músicos, pero el cuarto contribuyó con su silencio”. La hostia. Como para no descubrirse ante este artista. Y es que queda como un caballero. Y es que te lo crees. Y es que percibes ese silencio, y el modo en que la ausencia de percusión engrandece a la canción. Yo después de esto no voy a reseñar más. Voy a colaborar con mi silencio. A ver si engaño a alguien. Vamos, como dije cuando escribí sobre Fripp en el “Islands”, hay que tener mucho, pero muchísimo estilo.

“The Mincer”, por su parte, es prima hermana de “We´ll Let you Know”, instrumental en su mayor parte, cuenta con un fragmento final en que Wetton verbaliza unas líneas y juguetea con su bajo para terminar de modo abrupto. La libertad de ataduras, la capacidad de crear juego y distribuir balones con la destreza del organizador del que hablábamos al principio.

Y la parte final, las dos últimas piezas, suites progresivas instrumentales donde prevalece la improvisación, dos largas composiciones que ocupaban la cara B del original vinilo. “Starless and Bible Black” sigue asombrando, los cuatro monstruos hacen lo que quieren con sus instrumentos, llevan el Prog de fusión con otros estilos de coetáneos como Gentle Giant a lugares mucho más inhóspitos y extraños, pero también es cierto que hay momentos en que se pierden, que se obnubilan y convierten en prisioneros de su propia brillantez. Es música para músicos, no tanto para aficionados a un rock más convencional. Impenetrables, densos como ese pozo sin fondo que es el talento de Mr Fripp y los suyos, resultan tremendamente complejos, y es cierto que, a determinadas horas del día, estas canciones pueden llegar a indigestar.

En ese sentido, el oyente agradece la percepción de la idea principal de “Larks´ Tongues in Aspic part Two” sepultada entre capas de acordes hacia la mitad en “Fracture”, arrebatadora pieza pre-Heavy Metal, pre-Doom, pre-Stoner y todos los “pres” que se os ocurran, que actúa de enlace entre la varias veces mencionada “Larks´…” y la posterior “Red”, que registrarían a los pocos meses en el mismo año. Esa idea terminará por imponerse y preside todo el desarrollo de la canción, verdadero ejercicio de estilo de estos cuatro bestias que vestían con recato en escena y ofrecían esos modales de gentlemen británicos.

Son dos temas con momentos difíciles, que exigen un esfuerzo auditivo, pero sería injusto no mencionar los memorables “grand finale” con que cuentan ambos: En “Starless and Bible Black” las cuerdas dibujan una melodía oriental maravillosa como cierre, y en “Fracture” la banda se convierte en una orquesta, y la instrumentación brama con potencia suficiente para poner en pie a todo un auditorio y dejarlo aplaudiendo varias horas, mientras el director Fripp baja los brazos, se desprende de la batuta, y hace la reverencia junto a sus tres compañeros.

Como cualquier seguidor del Rey Carmesí recuerda, la banda se disolvería tras editar “Red” y su segundo sencillo en directo, “U.S.A.”. Siempre me hicieron gracia los créditos, el Fripp más academicista y versallesco, más personaje de novela que estrella del Rock, hizo firmar a su batería como “William Bruford”. Nada de Bill, eso para los colegas en el Pub, que King Crimson es algo muy serio.

Y “Starless and Bible Black” otra galaxia en el fascinante universo creativo de esta corte de Genios.

Robert Fripp: Guitarra, Melotrón
John Wetton: Bajo, Voz
William Bruford: Percusión
David Cross: Violín, Viola, Teclados

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Atlantic