King Crimson - Discipline

Enviado por Guy Montag el Sáb, 26/03/2011 - 22:12
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Tras un magnífico corolario como “Red”, broche de oro a una etapa algo corta pero increíblemente intensa y brillante, la luz del Rey Carmesí parecía extinguirse. Con 7 discos publicados en 15 años (surgidos, a su vez, de dos periodos diferenciados, el segundo a partir del “Larks' Tongues in Aspic”), la banda liderada por el sempiterno Robert Fripp firmó un legado único, repleto de originalidad y calidad, habiendo tocado una notable variedad de géneros entre los que destacaban el rock progresivo, sinfónico y ciertos caracteres del jazz. Digamos, pues, que teniendo en consideración su trayectoria hasta el momento, King Crimson ya se habían ganado sobradamente el calificativo de “imprescindibles”. Pero la existencia de la banda parecía tocar a su fin; así lo afirmaba categóricamente el propio Fripp allá por 1975. Tuvieron que pasar 6 años (9 desde su último disco de estudio) para que King Crimson resurgiera de sus cenizas, cual ave Fénix. Pero un ave Fénix con un aspecto casi irreconocible, y un rumbo totalmente inesperado.

En 1981 Fripp contactó con el que fuera último batería de la banda, el ex-Yes Bill Bruford, y ambos decidieron acometer una nueva empresa que en un principio recibiría el nombre de Discipline. Para ello reclutaron a dos músicos de nivel mayúsculo: el bajista Tony Levin y el cantante y guitarrista Adrian Belew (siendo la primera vez que Fripp compartiría protagonismo con otro guitarra), y con semejante plantel de artistas se pusieron manos a la obra. Pero cuál fue la sorpresa de Fripp al descubrir que, bajo el manto de aquel nuevo proyecto, se comenzaba a adivinar la inevitable sombra del Rey Carmesí, una sombra con esencia renovada, cierto, pero muy especial, e indefectiblemente ligada al trabajo del soberbio músico inglés. Así las cosas, King Crimson resucitó casi sin querer y, al estilo de los grandes profetas, lo hizo con un propósito muy claro: como ya sucediera tiempo atrás, el Rey Carmesí se encargaría de marcar el inicio de nuevos tiempos y ampliar, de manera definitiva, los horizontes musicales de una fructífera época que se hallaba inmersa en el esplendor del heavy y el surgimiento de géneros como el trash, el death o el glam.

Porque, echando la vista atrás, “Discipline” marcó un antes y un después no solamente en la historia del rock, sino probablemente en la música moderna. No en vano, el estilo absolutamente rompedor que la banda definió con este trabajo, y que tendría continuidad durante la etapa de los 80, supuso el germen para numerosas agrupaciones que han crecido a la sombra de este disco y sus sucesores: Primus, Tool, Meshuggah, Porcupine Tree, The Mars Volta y un largo etcétera. Muchas de estas bandas no existirían, o al menos no serían lo que han llegado a ser, si este disco no hubiera visto la luz.

Entre los indiscutibles méritos de “Discipline” se cuenta el poder considerarse como uno de los discos pioneros en fusionar de forma sobresaliente géneros como el pop, el rock, el jazz, el new wave, el funk, las estructuras progresivas, los elementos étnicos o la música instrumental (esta mezcolanza de estilos ya se había observado parcialmente en anteriores trabajo, pero quizás no de forma tan rotunda y notoria), algo que más tarde se ha intentado reproducir hasta la saciedad.

Otra de las aportaciones fundamentales del disco la hallamos en el apartado rítmico, donde su complejidad se eleva a un nivel superior: a pesar de lo que el propio nombre pueda indicarnos, en “Discipline” nos encontramos ante un “caos organizado” de instrumentos moviéndose en diferentes dimensiones métricas, enfrentándose y convergiendo paralelamente en un rico amalgama de compases y rítmicas; especial importancia tienen en este punto los inconfundibles “ostinatos” de Fripp, patentados precisamente en este disco y tan recurrentes desde entonces, que sorprenden continuamente con sorpresivas acentuaciones y apremiantes contratiempos sin razón ni lógica aparente.

Como digo, no se puede obviar el generoso paso adelante que el líder de la banda llevó a cabo en la sección de guitarra (aunque Adrian Belew también tuvo su parte de culpa): desde el omnipresente hacedor de loops empleado por Fripp y bautizado como “Frippertronics” (una suerte de “delay” descubierto por el músico pocos años antes) hasta un repertorio de recursos más o menos novedosos por entonces en la trayectoria de la banda. Ya se han mencionado las subrepticias polirritmias a las que somete sus acompañamientos y los machacones “ostinatos” que tan imitados han sido en décadas posteriores por otros músicos como Adam Jones. Los genuinos solos y líneas guitarreras de “Discipline” son otra de las grandes aportaciones de Fripp, conformadas por rápidas e impetuosas escalas, notas extremadamente disonantes y efectos de guitarra varios que han supuesto una influencia decisiva en reconocidos guitarristas como Tom Morello o Fredrik Thordendal. El contraste de estas técnicas con los rasgueos y punteos de Belew dota al conjunto de una originalidad absolutamente rompedora.

Por lo demás, la llegada de un peculiar y versátil bajista como Tony Levin y sus sólidas a la par que fluidas líneas instrumentales llenas de “groove” dotaron al conjunto de un sonido muy llamativo, gracias en buena medida al cautivador timbre “fretless” de su chapman stick, siendo además la figura que lo popularizó (el chapman stick es un bajo de 8, 10 o hasta 12 cuerdas que se interpreta con ambas manos mediante la técnica del “tapping”). En cuanto al desempeño vocal de Belew, se encuentra imbuido de una marcada orientación pop (algo tendría que ver su anterior labor en Talking Heads), encargándose de empastar y dar coherencia a todo el armazón rítmico subyacente y haciendo de la música de King Crimson, en un primer momento, un conjunto más accesible que sus trabajos precedentes, aunque “Discipline” no está exento de la complejidad ni la profundidad de éstos. Y qué decir de Bill Bruford: uno de los grandes de los timbales y los platos.

Con todo esto, el cambio que el Rey Carmesí experimentó en la década de los 80 puede resumirse en varias pinceladas: el otrora carácter sinfónico de la banda deviene en un rock progresivo con tintes pop altamente experimental y, de la misma forma, la ecléctica instrumentación de antaño se ve sustituida por superlativos acompañamientos de guitarra y bajo, enfrascados en una maraña de ritmos complejos.

Ya desde el inicio de “Elephant Talk” podemos apreciar el penetrante timbre del bajo, que da el pistoletazo de salida con un acelerado trino y un “tapping” que sólo puede calificarse como pura locura (seguro que Les Claypool tomó buena nota de trabajos como éste para su propia banda). El sonido del instrumento de Levin tiene tanto de futurista como de cibernético, y a más de uno le traerá a la memoria la película Star Wars y aquel chapman stick tan célebre pulsado por uno de los músicos Bith de la cantina.

Estamos ante una de las composiciones más experimentales del disco, pero tanto tiene de experimental como de genialidad, condensada ésta última en el diabólico efecto al que Belew somete su guitarra, y que la convierte llegado el estribillo en un verdadero elefante mutante... Sí, como suena, un auténtico elefante. La vanguardia se extiende también a las extrañas sonoridades con las que el dúo Belew-Fripp castiga a sus guitarras (véase, por ejemplo, el chirriante híbrido de violín y maquinaria oxidada que resuena a partir del 2:36), además de las extrañas vocalizaciones del cantante, ciertamente estrambóticas y hasta absurdas. Un tema para el recuerdo, profundamente paranoico y conducido a ritmo de un funk retorcido y corrompido hasta el extremo.

Una vez digerido en la medida de lo posible este comienzo tan sorprendente y excéntrico, podemos deleitarnos por primera vez con una de las ya señaladas escalas “fripperas”, tormenta frenética de notas en 7/4 que actúa como lanzadera para el riff principal de “Frame by Frame”. Como decimos, la escala inicial, bien secundada por los rasgueos de Belew, avanza a ritmo endiablado hasta conectar con el punteo del estribillo, estribillo que, dicho sea de paso, resulta de una belleza grandiosa. Dos escenarios, pues, bien diferenciados y de indudable contraste: la exacerbada festinación guitarrera y rítmica suspendida abruptamente en los calmos parajes del “Frippertronics” y la soberbia melodía vocal. No obstante, en los últimos segundos del tema, escala y punteo se reconcilian, fundiéndose en una perfecta asociación que da cierre al tema.

Proseguimos con “Matte Kudasai”, traducido del japonés como “please wait”. Se trata de un ensoñador medio-tempo de reminiscencias asiáticas donde los acompañamientos instrumentales permanecen en un segundo plano mientras Belew luce su poderío lírico y expresivo. Al mismo tiempo, una sutil línea de guitarra, de maravillosa sencillez y sutileza, se mantiene flotando en el aire eternamente, persiguiendo picaronamente a la melodía como si de un infantil divertimento se tratara; así discurre el juego hasta que finalmente la voz es alcanzada.

Y, después de dos temas bastante accesibles, le llega el turno a otro paréntesis repleto de locura. Baste el título del tema, “Indiscipline”, para darnos una idea de la anarquía y el desorden reinante: el bajo se mantiene imperturbable en el ritmo a través de certeros hachazos, algo que Fripp aprovecha para lanzar dardos cargados de irritantes disonancias. Belew, por su parte, recita frases carentes de sentido una y otra vez, sin control, como si de una palilalia incontenible se tratara (“I repeat myself when under stress”). Pero si algo destaca en “Indiscipline” es la apabullante demostración de Bill Bruford, que va creciendo conforme avanza la canción, hasta terminar erigido en un titán apocalíptico machaca-platos. Semejante composición se halla impregnada del surrealismo más intenso pero, en su ser interno, no deja de latir un indescifrable orden y coherencia.

“Thela Hun Ginjeet”, anagrama de “heat in the jungle”, da nombre al quinto corte de “Discipline”, iniciado por un impetuoso riff de guitarra que vivirá en una onda rítmica diferente durante los más de 6 minutos de duración. Las percusiones, algo discretas hasta el momento, tienen una mayor presencia hacia el final, y es precisamente el impecable trabajo de Bruford, junto al de Levin, el que dota a la composición de un animado y continuo flujo rítmico. Por otro lado, apuesto a que no soy el único al que el solo de Fripp (a partir del 4:55), con ese sonido famélico y casi ridículo tan distintivo, le trae forzosamente a la memoria la práctica de otro músico, de ascendencia italiana y bastante activo políticamente hablando, que pocos años más tarde se hará mundialmente reconocido por sus “ruiditos” y los curiosos sonidos que articula con su guitarra.

Pasamos a la pieza más extensa del disco, “The Sheltering Sky”. Las cálidas percusiones, el agradable rasgueo de guitarra y el grave y pesado chapman stick conforman un paisaje delicadamente evocador y placentero que induciría eficazmente al letargo si no fuera por las hirientes y agresivas intervenciones de Fripp, que rasgan y destrozan el frágil tapiz a dentelladas con un basto trompeteo zumbón. De nuevo, violentos contrastes que rompen los cánones de la “disciplina” que recrea el conjunto.

Finalmente otra instrumental, “Discipline”, para bajar el telón aunque, al contrario de lo que pudiéramos pensar, la pretendida y ansiada “disciplina” no se llega a alcanzar en ningún momento. Mientras bajo y batería se deslizan en tiempo aparte, la guitarra de Fripp, instigada por el demonio apodado “Frippetronics”, orbita alrededor del núcleo rítmico en eternos círculos concéntricos y loops superpuestos de forma enfermiza, como un eco de retorno infinito. Sin embargo las dos guitarras, enemigas la mayor parte del tiempo, confluyen en esta ocasión de forma simbiótica, encajando una en los recovecos de la otra, y diseñando una masa uniforme que, inestable, transita confusamente hasta el final, hasta que uno de los enloquecidos y delirantes punteos de Fripp echa el cierre bruscamente.

No cabe duda de que “Discipline” constituye una de las obras magnas de King Crimson (junto a su etapa clásica de los 70) y, casi con toda seguridad, se trata de la más importante en cuanto a consecuencias y repercusiones que, a la postre, ha conllevado para la evolución del rock. Los dos discos posteriores, que completan la trilogía perteneciente a la etapa de los 80 (“Beat” y “Three of a Perfect Pair”), a pesar de ser excelsos trabajos y de seguir ahondando en la nueva dirección de la banda, carecen por momentos de parte de la frescura y el ingenio de “Discipline”, un disco clave para entender buena parte de la música de las 3 últimas décadas, y que significó un nuevo punto de partida para tiempos venideros.

Ésta es la “disciplina” que ha marcado a muchas de las generaciones musicales que surgieron de la década de los ochenta en adelante.

Nota: Personificada en Robert Fripp, King Crimson ha sido una banda que, ajena a cualquier tipo de moda o corriente, ha tenido la capacidad y la habilidad de caminar permanentemente un paso por delante de sus coetáneos, con andar firme e imperturbable. Al fin y al cabo, tal vez sea ahí donde radica la esencia de King Crimson, por encima de cualquier estilo y etiqueta musical, aquella esencia que Fripp volvió a reconocer en esta nueva conjunción de músicos cuando el Rey Carmesí parecía ya enterrado y olvidado, y no es otra que una concepción creadora muy particular, tremendamente inconformista y en ocasiones harto compleja, pero inigualablemente lúcida y visionaria, para bien o para mal.

Robert Fripp: Guitarra, "Frippertronics"
Adrian Belew: Voz, guitarra
Tony Levin: Chapman stick, bajo, coros
Bill Bruford: Batería, percusiones

Sello
Warner Bros.