Jethro Tull - Thick as a Brick

Enviado por El Marqués el Lun, 01/02/2016 - 18:52
219

1. Thick as a Brick part I
2. Thick as a Brick part II

El día que murió Bowie me comentaba uno de los nuestros que el próximo puede ser Ian Anderson, y lo cierto es que no le faltaba razón, recordando el aspecto y la forma que lució el autor de “Songs from the Wood” en su última visita a España a finales de noviembre, en un show en que la mayoría de partes vocales procedían de grabaciones proyectadas en una pantalla al fondo del escenario.

El ritmo de Anderson no ha sido tan duro como el de otros rockers de su generación, cuesta pensar que lleve una vida muy estresada a día de hoy, al frente de su negocio de piscifactorías en las islas del noroeste de Escocia, pero el caso es que me dio algo de vértigo, y como no tengo ganas de hablar de él el día que leamos que ha palmado, voy a dedicar unos párrafos a Thick as a Brick, su obra maestra junto a “Aqualung”.

Varias veces ha estado reservado por aquí el quinto álbum de Jethro Tull, y ciertamente es un trabajo del que resulta difícil hablar más allá de los lugares comunes. No tengo claro si su autor lo concibió realmente como una burla, al estilo “El Quijote”, de las suites de 20 minutos que ocupaban caras enteras de los vinilos y asolaban la escena del Prog británico a comienzos de los 70 (el experto en materia tulliana Vicente Álvarez sostiene esta teoría en su libro sobre el grupo, pero al momento de su gestación todavía no se habían escrito tantos temas con esas características), llevando el concepto más lejos que nadie al terminar grabando un disco con un solo tema dividido en dos partes que se acerca a los tres cuartos de hora de duración, pero lo cierto es que “Thick…” es una joya de belleza imperecedera, sencilla y compleja a la par (el propio Anderson admitía que le resultaba más fácil componer una obra así que un conjunto de canciones al estilo convencional), y por supuesto una de las más grandes obras de la historia del Rock.

El núcleo central de la banda, consistente en Martin Barre y John Evan cubriendo las espaldas al maestro, se vería reforzado por la incorporación del batería Barriemore Barlow sustituyendo a Clive Bunker, y la plena integración de Jeffrey Hammond-Hammond, que había participado en las tomas finales de “Aqualung” compartiendo créditos con el bajista original Glenn Cornick, que registró las maquetas. También David Palmer repetía con sus arreglos de cuerda, con lo que el disco fue elaborado por quienes formarían Jethro Tull casi toda la década de los 70, grabando los mejores discos, esos que ahora van cumpliendo 40 años y se reeditan en entregas de precios imposibles, y realizando multitud de tours memorables.

Innovador y original como pocos, Anderson confeccionó esa legendaria portada en forma de periódico inglés -el "St. Cleve Chronicle"- con la imagen de ese crío de ocho años, Gerald Bostock, apodado “el pequeño Milton” en honor al autor del Paraíso Perdido, reciente ganador de un premio de poesía que le es retirado cuando se comprueba que ha dejado embarazada a una chica de 14 años. El periódico, desplegable y plagado de noticias –de un humor muy chorra- nacidas de la excéntrica mente del frontman escocés, incluye la reproducción del poema, que no es otra cosa que la letra del tema a lo largo de sus 43 minutos.

Un ex Jethro como el mencionado Glenn Cornick reconocía no entender de qué iba la historia que nos contaba su antiguo compañero Anderson, así que yo por lo menos nunca le he prestado mucha atención a las letras. Lo cual no quita que cuando escuchas y asimilas todos esos versos pasen a formar parte de tu vida para siempre. Pocos momentos hay tan hermosos como esas acústicas, pastoriles estrofas iniciales, donde vamos entrando poco a poco, muy suavemente en el tema, mientras los instrumentos comienzan a aparecer dibujando detalles que te hacen visualizar la brisa, los campos, el murmullo de los arroyos…la voz y la guitarra del líder te arrullan, te mecen y te hacen soñar (“And the love that I feel/Is so far away…”). Escuchar esto en directo las repetidas veces que nos visitaron en los 90 era como oír a un coro de ángeles en la bóveda celeste.

Explosiones eléctricas que el trovador Martin Lancelot Barre comanda con la fiereza de un guitar god metalero destruyen por completo esa calma en diversas partes de la primera mitad del disco, que se apoyan en el también salvaje Hammond de Evan y se alternan con estrofas de melodías con un poder épico aplastante (The Poet and the Painter/Casting shadows on the Water…), crescendos apoteósicos junto a bajadas donde aparecen pinceladas de música Isabelina, y por supuesto la flauta, que retumba en algunos momentos, en especial en la cara B (oigase el minuto 36´50), con la fuerza de las trompas de los elefantes del general Aníbal.

Son los fragmentos de la primera cara los más conocidos, por formar parte del popurrí que siguieron tocando en directo hasta el mismo siglo XXI, que exigían de las sucesivas encarnaciones de músicos que conformaron Jethro Tull con el paso de los años una concentración y destreza supremas, pero en la segunda parte hallamos multitud de tesoros escondidos, destellos psicodélicos, detalles jazzísticos casi imperceptibles, cantos gregorianos y el excepcional momento final en que el entramado de violines conducido por Palmer dibuja un precioso colofón, un tapiz de riqueza musical que por sí solo, y junto a las aproximaciones a la música clásica más pura de unos Camel (“Friendship”) o unos King Crimson (“Prelude: Song of the Gulls”), serviría para definir todo un estilo, el del Rock Sinfónico de los Setenta.

Para dividir ambas partes del disco, Anderson se aseguró de crear un segmento a base de golpazos orquestales que enlazaban una pieza con la otra, eludiendo aquel error que en “Amadeus” explicaba Salieri a Mozart, el “no os habéis preocupado de incluir un golpe sonoro que indicara a la audiencia cuando tenía que aplaudir, y habéis resultado aburrido”. Ese mismo motivo sería escogido de nuevo por Anderson en 2012 para abrir la segunda parte de “Thick as a Brick”, fusionando el presente y el pasado en una secuela musicalmente más que aceptable, en la que se nos contaba, no ya en un periódico sino en una página web, qué había sido del amigo Bostock en estos cuarenta años.

En 1973 Ian Anderson repitió mismo esquema con el más difícil “A Passion Play”, y aunque en el futuro volvería a grabar alguna que otra pieza de extensa duración y nos entregaría discazos como “Minstrel…”, “Songs…”, “…Horses”, “…Knave” o “Catfish…”, su talento no volvió a lucir tan alto como en los días del inconmesurable “Thick as a Brick”, un trabajo en el top ten de los mejores álbumes jamás compuestos.

Ian Anderson: Voz, Flauta, Guitarra Acústica
Martin Barre: Guitarra Eléctrica
John Evan: Teclados
Barriemore Barlow: Batería, Percusión
Jeffrey Hammond-Hammond: Bajo
David Palmer: Arreglos

Sello
Chrysalis