Jerry Lee Lewis - Live At The Star-Club

Enviado por Stoned el Vie, 18/09/2015 - 15:35
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El barrio de Sankt Pauli, en Hamburgo, es hoy conocido sobre todo por su equipo de fútbol, el FC St. Pauli, célebre por su carácter antifascista y politizado, y por utilizar el tema de AC/DC “Hells Bells” como himno no oficial. Es también uno de los barrios rojos más famosos de Europa: nido de depravación, drogas de toda clase, garitos mugrientos y putas por todas partes. En definitiva, puro rock ‘n’ roll.

Pero Sankt Pauli saltó originalmente a la fama porque allí se establecieron en los primeros sesenta unos primitivos Beatles, todavía sin Ringo –Pete Best era el encargado de aporrear la batería en aquellos años- y con Stuart Sutcliffe al bajo, dejando a Mc Cartney encargado de una de las guitarras, siendo las otras las de Lennon y Harrison, dando lugar a un inédito trio de hachas en esta etapa primigenia.

En aquella época el rock estaba de moda y un empresario local se trajo a The Beatles -una banda más, no demasiado brillante- para dar lustre y glamour a sus múltiples puticlubs repartidos por el distrito. Y fue aquí donde unos desconocidos Fab For se curtieron sobremanera tanto en lo musical como en lo personal: daban conciertos delante de mafiosos, borrachos y drogadictos peligrosos; tocaban varias horas seguidas hasta las cejas de anfetaminas y alcohol, a menudo disfrazados con parafernalia nazi sobrante de los tiempos del III Reich y en ocasiones destruyendo el escenario al final del show; no se lavaban, apenas comían y dormían (cuando las anfetas se lo permitían) en el almacén trasero de un cine porno; Alan Williams, su primer mánager, iba tras ellos armado con diferentes medicamentos para tratar las enfermedades venéreas que contraían continuamente; Harrison terminó siendo deportado por ser menor de edad y el resto correrían la misma suerte poco después tras provocar un incendio. Delicioso.

En 1977 se editó “Live At Star-Club Hamburg 1962”, luego de que Mc Cartney se hiciese con las cintas originales a partir de las cuales surgió un bootleg que circuló durante años bajo el jovial nombre de “The Beatles VS Third Reich”.

Un par de años después, Jerry Lee Lewis visita este club y este entorno decadente y vicioso que supone Sankt Pauli. Lewis representa la máxima expresión de la definición de rock ‘n’ roll: un tipo que toca el piano poseído por el mísmisimo Satanás, ése mismo al que cantan bandas inocuas vestidas de negro o con risibles caretas de Carnaval; que hace acordes con el tacón de sus botas de cowboy y ejecuta melodías al piano con su mismísimo culo, haciendo que Mozart se revuelva en su tumba. Que le prendió fuego a su piano al final de una actuación sólo para putear a Chuck Berry, otro que tal baila, y que tocaba a continuación. Que disparó a su bajista intentando hacer tiro al blanco con su lata de cerveza con un revólver Magnum 357, yendo hasta arriba de bourbon, naturalmente. Que estrelló su coche de miles de dólares contra la pared de una comisaría, borracho como una cuba. Que se plantó en la puerta de Graceland con un arma en la mano para retar a Elvis por el trono de rey del rock ‘n’ roll. Que acumula más detenciones que todos los rockeros más melenudos, tatuados y macarras de la historia juntos. Que ha dejado varios cadáveres por el camino de su propia autodestrucción y que hoy día, contra todo pronóstico, sigue vivo.

En 1964 Lewis está en horas bajas: acaba de fallecer su hijo de tres años y a sus 29 acumula ya dos ex mujeres y está casado con otra, con la que contrajo nupcias cuando ésta tenía 13 años, lo que supuso un escándalo memorable en los rancios y puritanos Estados Unidos, dando al traste con su carrera cuando estaba justo en lo más alto. Aterriza en Hamburgo ante la llamada del mismo promotor que trajo años atrás a The Beatles, porque desde el escándalo no vende ni un solo álbum, debido al boicot de tiendas, radios y casas discográficas. Tiene que vivir de los conciertos que le vayan saliendo, sin hacer demasiados ascos a nada, porque ni siquiera los royalties dan para tirar a causa de las presiones de dichos estamentos y Europa, y muy especialmente Sankt Pauli con su ambiente liberal y retorcido es uno de los lugares más apropiados para ofrecer sus shows y poder llenarse así la nevera.

Allí se registra, de manera bastante precaria, con un sonido crudo, mugriento e insano este “Live At The Star-Club” que debe ser una de las grabaciones más brutales, anfetamínicas, enfermizas y salvajes de toda la historia del rock. Esto va más allá del rock: suena, en 1964, más punki que todo el área de Candem Town. Comparado con esto, la NWOBHM sonaría perfecta como hilo musical de reuniones de menopáusicas con problemas del corazón y tímpanos sensibles. Hace inofensivas a ciertas bandas nórdicas; el fuego de las iglesias noruegas es una tímida fogata de campamento de Boy Scouts ante el ardiente piano de Jerry Lee. Este disco debería ser de obligada escucha para cualquier chiquillo que se ponga una chupa de cuero, muñequera de tachuelas y enarbole cuernos al aire sin ton ni son. Escucha esto, chavalín, y luego me cuentas. Un respeto a tus mayores. Venga va, tira anda, que no te quiero ni ver, que me tienes contento. Esto es un compedio de cómo tocar rock, de cómo coger a una audiencia por los huevos y sacudirlos a tu antojo. De desgañitarse, de dejarse la garganta en carne viva y de fracturarse los dedos aporreando un piano, que se torna aquí como el instrumento más rock y más infernal del universo. De cómo tocar una sóla nota y provocar el delirio del respetable. De sudar y sangrar encima de un escenario. Jerry Lee sale por la puerta grande, a hombros, y se lleva las orejas y el rabo. Y de paso los cojones de todo el público que se les debieron de caer al suelo de la pura impresión.

Si alguien llegase del espacio exterior, de la luna, del núcleo de la Tierra o de Corea del Norte, si alguien hubiese estado en coma varias décadas y me preguntase que qué coño es el rock ‘n’ roll, yo se lo intentaría explicar; le daría nombres, fechas, datos técnicos. Pero si después me dijese: “Perfecto, la parte teórica me ha quedado clara, cristalina; ahora quiero saber cómo suena, pero no cualquier cosa: quiero lo que más lo represente, lo más puro, lo más auténtico. Quiero un puñetazo en plena jeta, algo que me noquee”. Y yo le diría: “Entonces lo que tienes que escuchar, amigo, es “Live At The Star-Club” del puto Killer, Jerry Lee Lewis”.

Jerry Lee Lewis: Voz, piano
Johnny Allen: Guitarra
Pete Shannon Harris: Bajo
Barry Jenkins: Batería

Sello
Phillips