Iron Maiden - A Matter of Life and Death

Enviado por Cuericaeno el Mié, 12/08/2009 - 23:37
7

1. Different World (4:17)
2. These Colours Don't Run (6:52)
3. Brighter Than A Thousand Suns (8:44)
4. The Pilgrim (5:07)
5. The Longest Day (7:48)
6. Out Of The Shadows (5:36)
7. The Reincarnation Of Benjamin Breeg (7:21)
8. For The Greater Good Of God (9:24)
9. Lord Of Light (7:23)
10. The Legacy (9:20)

Steve Harris siempre dijo ser un apasionado del Rock Progresivo, mostrando ya retazos de ello en aquel Seventh Son Of A Seventh Son que enfrió y calentó corazones de viejos y nuevos discípulos respectivamente. Pero en 2006 fue aún más lejos, y desplegando una oscuridad sólo equiparable en su carrera a la de aquel también “incomprensiblemente incomprendido” The X Factor, elaboró con su ilustre guardia Iron Maiden una de las obras más grandes de su etapa moderna, A Matter Of Life And Death.

Lo ambicioso de esta obra se notaba, entre otras cosas, en la riqueza de matices de sus composiciones, bajando incluso el volumen de la voz de Dickinson para que cada detalle de esa magistral manufactura fuera más perceptible, rescatando el criterio sonoro de aquellas producciones de los ’80 tipo Piece Of Mind, mostrándose también un Dickinson que retomaba con más éxito que antaño sus registros más altos, pareciendo que en vez de envejecer, nuestro genio de genios superaba a su legendario ‘yo’ del pasado, siendo aquí testigos todos de una época de absoluta implicación y experimentación de este sexteto en la ejecución de cada instrumento, incluyendo el más delicado, la voz.

Pese a ese cambio tan drástico en el sonido de la banda, era increíble que se mantuvieran intactos los mismos frentes de opinión, divididos entre un “más de lo mismo” repetido sorda y robóticamente, y un peyorativo “¡¿Qué habéis hecho?!”. Pero afortunadamente también existía una tercera opinión, la que con casi lágrimas en los ojos observaba el sombrío alzamiento de una posible nueva obra maestra de la longeva Doncella de Hierro. En ese reducto estoy yo entre muchos, y aunque la grandeza de esta obra ya la defiende su excelsa música, ésta necesita testigos para ganar el juicio. Gustoso aprovecho mi oportunidad de defenderla…

Para empezar, el primer detalle técnico que me hace saborear con deleite este álbum es que cada canción fue grabada con todos los músicos tocando juntos a una toma, al unísono cada uno desde su cabina individual, creando un directo en el estudio que anuló con su garra y autenticidad la aséptica sensación que exhala el “pista a pista” de las grabaciones convencionales, siendo ello posible gracias a la gran labor y medios del productor Kevin Shirley, que ya puso en práctica ese método anteriormente con la Doncella. Y esa frescura se percibe, hasta se masca en este trabajo, un trabajo en el que los textos también cobraban la misma sofisticación y profundidad de las composiciones, tratando en su mayoría el tema de la guerra a un nivel, sentimiento y alcance que recuperó la credibilidad lírica de una banda que sinceramente nunca la consideré buena letrista en términos generales, con grandes textos salpicados por su discografía, pero no siendo ello una constante de calidad en el grupo, el mismo grupo que de boca del navegante en Ghost Of The Navigator decía “genialidades” como ”Adonde voy yo no lo sé, yo sólo sé el sitio donde he estado” (pura ‘peosía’).

Su temática bélica volvía a abordar la sinrazón de la guerra, los pensamientos del soldado en el campo de batalla, pero sumiéndolo todo esta vez en un abismo filosófico de gran riqueza y oscuridad, tan crudo como erudito, y muy bien ambientado por la música, haciendo de este ’A Matter…’ un álbum casi conceptual que sintetizaba con más éxito y dedicación esos horrores de la guerra que siempre Harris contó como tema predilecto a la hora de enmarcar dramas con su música.

Y por fin en años la banda abría un álbum dignamente, pues Futureal fue mera anécdota, The Wicker Man simplemente se portó bien, Wildest Dreams fue una papilla intragable, hasta que llegó la perfecta armonía entre calidad innata e innovación personal, un maná solidificado en canción llamado Different World. Exquisita esa honestidad y destreza con la que los de Harris acarician riffs tan simples pero de gran magnetismo, además del poderío con el que Dickinson proyecta al cielo el segundo de aquello a lo que podríamos llamar dos estribillos, ambos protagonistas potenciales, y muy bien engarzados (fórmula Rainmaker mejorada), siendo en el primero de ellos donde Bruce explora tesituras graves que nunca antes le habíamos oído. Una canción limpia, elegante, optimista, energética, que siendo fiel al talante de esta banda aviva los primeros pasos del álbum con muy buen pie. Y absolutamente creíbles sus créditos: Smith/Harris, o sea, Clase/Identidad.

Tras ese himno a la vida y a la libertad de perspectivas, entramos en el meditabundo preludio de These Colours Don’t Run, atenuando luces para plantearnos un serio problema de ética: El soldado, ¿por qué lucha?, ¿por su patria?, ¿por la gloria?, ¿por el dinero?... Dos melodías muy distintas se compenetran en su dual susurro, un melancólico crepúsculo muy parecido a aquellos que musicalizó The X Factor, hasta que la canción se levanta a caminar a un ritmo seductor, undívago, soportado por esa melodía base para que luego el piloto de Astraeus cuente esa marcha del soldado a la guerra, que deja atrás a sus seres queridos para ondear la bandera de su país natal en tierra extraña, planteándonos la ambigüedad de tal gesta, aunque ésta ya la tenga asimilada la Humanidad como algo normal y justo, aunque sea con fines invasores y no defensivos. Hermoso pasaje instrumental, forzándome a recordar de nuevo aquel disco del Eddie de látex en su silla de tortura del ‘95. Y arduo estribillo en su sección vocal, muy ensayado por Dickinson a micro cerrado en el estudio, como atestigua el ‘making of’ que acompañaba a la edición limitada de este álbum. Pero a este paladín de florete y micrófono le quedaban gestas más difíciles, aún por llegar en el transcurso de este magnífico álbum, donde los ‘Hombres de Harris(on)’ mostraron su 130 % sin ninguno de ellos bajar la guardia en todo su extenso metraje.

Energía = Masa x Velocidad de la Luz al cuadrado.

La fórmula secreta del Yin y el Yang la encontró Einstein, la caja de Pandora que entornada serviría para optimizar la vida en el Mundo, y que abierta de par en par nos destruiría: La energía nuclear. Brighter Than A Thousand Suns despierta ante nosotros impredecible, manifestando la creación de otra fuente de energía novedosa y poderosa, la de esta tercera pista de A.M.O.L.A.D. que a mí me embrujó para siempre.

”No somos los hijos de Dios,
Ya no somos sus elegidos.
Hemos cruzado el sendero que Él pisó,
Sentiremos el dolor de Su comienzo”.

Cuando la escuché por primera vez, esta pieza me descolocó, “¡Dickinson entra tarde!”, me dije, pues no logré asimilar a primera escucha ese guiño tan Progresivo, tanto, que algo así no se lo había escuchado ni a los mismísimos Genesis de Peter Gabriel, ni siquiera a las huestes de Robert Fripp, por lo que ya se podían ir mordiendo la lengua aquellos que decían que Maiden se habían estancado en su propia fórmula compositiva. Ese extraño retardo de Bruce respecto a la enigmática melodía que lo acompaña un paso por delante suyo… Con las escuchas acaba siendo ello pasmosamente comprendido y disfrutado, viviendo yo la misma transición de odio a amor que experimenté con el bizarro Cirkus de King Crimson (Lizard - 1970), pero tardando mucho menos en asimilarlo, siéndonos avisados desde su llegada que ésta iba a ser una canción muy especial, y “más brillante que mil soles”.

Con intrincada poesía como pocas veces se les ha escuchado y leído, la banda aquí pide perdón en el nombre de los que no lo pidieron, por haber jugado a “como hacer a Dios con nuestras manos”, haciendo mención a esas bombas nucleares que nacieron a raíz de esa “Trinidad reformada”, cuya ecuación ya citada era incrustada en el texto de esta canción con furia por parte de Dickinson. Musicalmente, esta pista 3 del plástico es toda una suite, un escrupuloso y preciso ensamblaje de estructuras de diferentes sensaciones y pulsos, regalándonos Dickinson unas líneas vocales bellísimas y pasionales, mecidas unas en tierno adagio y otras en seductores medios tiempos, recordándome a aquellos momentos mágicos del Sea Of Madness de Somewhere In Time. ¿Conmemorarían con este disco los 20 años de aquel innovador álbum del ’86 a la vez que los casi 10 años de su obscuro ‘factor X’ del ’95?, su música concuerda con ello como una fórmula matemática, cuya parte innovadora no impedirá a este tema que en un futuro se hable de él como un clásico de la banda con mayúsculas. Esto sí es construir a Dios, pero con poesía y música, y los que se estancan son los que sueñan con el estanque, y no Iron Maiden, que son un inagotable y fresco manantial de nuevos y eternos clásicos.

El incombustible viejete Nicko McBrain hace entrar sus pegadas para prepararle el terreno a la maidenesca melodía de The Pilgrim, canción de vivaz latido que descansa de cuando en cuando en armonías arabescas, que como era de esperar, nuestro Bruce al final las adorna como bien supo hacer en el imperial Powerslave o el menos remoto Ghost Of The Navigator, destilando alma mora de su voz inglesa. Y con qué sentimiento cimbrea a vibrato ese ”… eternal fight” de la segunda estrofa [0:40], siempre alterando nuestras fibras este hombre.

El ecuador del álbum tiende a flojear un poco pero se mantiene digno, con un The Longest Day funerario y evanescente como aquel Face In The Sand, abriéndose paso a través de la neblinosa miseria del campo de batalla hasta alzar su voz en el bridge con poderío y luminosidad, y así encarar el dulce himno de su estribillo, volviendo luego a las polvorientas trincheras con el ceño de nuevo fruncido, retomando el verso. Tras esas salidas para respirar y zambullidas en la zanja para refunfuñar sobre ese día tan largo y nefasto, la banda nos introduce en otro de sus pasajes instrumentales con los que compaginan ruda épica guerrera con un folklore más luminoso, pincelado por solos de gran envergadura. Out Of The Shadows es una balada electroacústica que recuerda mucho a las aventuras solistas de Bruce con Roy Z (pero sin meterse mano), convirtiéndose para mí en el tema menos bueno de este trabajo, pero no prescindible.

El álbum vuelve a ir subiendo paulatinamente de nivel, topándonos con aquel single callabocas llamado The Reincarnation Of Benjamin Breeg, tan largo e intrincado como su título, siendo un nombre que no perseguía ser recordado como un hit precisamente. “¡Iron Maiden se han vuelto muy comerciales!”, sí, tan comerciales que este single dura seven fuckin’ minutes long!, por lo que no pudo entrar en las FMs del gran público. Pero pensarán algunos, “sí, pero para el videoclip harían una versión corta como se suele hacer”, exacto, por eso su videoclip dura seven fuckin’ minutes long!. ¿Alguna otra pregunta, mis alumnos?, pues hablemos de la canción…

Prologada por una apacible melodía de guitarra, su introducción acústica es un bello encaje de arpegios de guitarra y bajo, asomando el vocalista en ella su mejor sotto voce para contar en primera persona la historia de un ser enigmático, Benjamin Breeg, un londinense que nació en 1939, de infancia difícil por su temprana orfandad al morir sus padres en un incendio en el que él fue el único superviviente, viviendo atormentado desde niño por atroces pesadillas que lo convirtieron en un ser inadaptado al que ninguna familia pudo aguantar mucho tiempo en su seno, hasta que creció y se interesó por la pintura, decidiendo plasmar tales sueños en sus lienzos. También se dice que escribió tres libros de ocultismo, pero tanto ese dato como el resto no son del todo fiables, de ahí la naturaleza tan arcana de este individuo. La portada de este single ilustra a Eddie cavando en la tumba de este misterioso personaje, cuyo epitafio reza en latín lo siguiente: “Aquí yace un hombre de quien poco se sabe”.

Dickinson y la banda que lo respalda nos van vislumbrando tenuemente esa reencarnación de aquél que quiere contarnos algo más de su misteriosa vida, con sus susurrantes y espectrales “let me tell you…”, hasta que un violento legato de Harris enciende la corta mecha que hace estallar el tema, erigido a forzudo mid-tempo, de riff muy contundente para venir de ellos, sobre el que actuará un Dickinson que sentimental y cauteloso en su registro bordará cada sílaba con poder y control absolutos, con algún que otro giro a lo Ronnie James Dio (3:08/3:12 - ”Things I don't want to see”), y guardándonos para el final su faceta más operística lanzando a su propio cielo ese último “Hell”, que tras extensa apoteosis de barítono de acero lo desgarra con su bronco término. El apasionante solo de Dave Murray es de mención obligada, laberíntica locución que fluye por escalas ya tan familiares que le hacen ser él y sólo él, derrochando el mismo sentimiento y gestualidad de siempre. Heavy Metal maduro y con clase, una exhibición de cátedra en plan sibarita pero con mucha alma, presentada por seis caballeros que parece que entienden del tema, según lo que he oído por ahí…

Volviendo al personaje que da concepto a la canción, y a juzgar por una de sus pinturas (apareciendo ésta en una de las instantáneas del videoclip), quizás a la banda le interesó mucho este personaje por posiblemente haber predicho en sueños y luego dibujado a un Eddie que aún no había salido de la paleta de Derek Riggs, pues contando con que este tal Benjamin empezó de niño a pintar y murió en 1978, la cosa da un poco de miedito. Pasen y vean la obra.

Tras el hombre-enigma, llegamos ya al enclave mágico del álbum, cruzando nuestros oídos y almas un hemisferio Sur del disco de absoluta épica y grandilocuencia, de canciones que en su aura arde intensa la palabra “Clásico”. Este capítulo es el que une desde su comienzo dos de sus piezas magnas, las dos que más me han emocionado, las dos que reafirmaron mi idea de que ésta que tenía a la escucha era posiblemente la mejor obra de esta banda desde su regreso como sexteto: For The Greater Good Of God y Lord Of Light.

¿Qué decir de For The Greater Good Of God?, esa pieza cuyo verso va creciendo del arpegiado susurro al percutido clamor, meciéndonos con un apasionado bridge que por su insistencia, magnetismo y belleza nos hace creer que es su digno estribillo (”Please tell me now what life is…”), pero nada de eso, pues es el ilustre escudero que una y otra vez nos avisa de la inminente llegada de su rey y maestro, el verdadero estribillo, que aunque se hace de rogar, cuando entra en escena se adueña de nuestra alma para siempre (a mí me abdujo, fue el único hilo musical de mi cerebro en cuestión de semanas). Esa entrada triunfal que le da Dickinson (con ese estratosférico golpe de voz en “the”), rematada por ese presto bordado de notas que puntea el trío de cuerda fina… Inmenso, pues sublima toda la épica de la banda a escalas que hacía años que no coronaban, emocionándome como en los episodios más pomposos de su historia, transportándome tanto a los momentos que más ensalzan los puristas del legado de la Doncella como a ese “I’m just a soldier!” con el que Blaze Bayley nos alzaba a las nubes como sublime antesala al solo de The Aftermath (inevitables mis múltiples símiles con The X Factor). Por todo eso y más, para mí ‘For The Greater...’ es un “clásico moderno”, junto con la pieza que viene a continuación…

”There are secrets that you keep...”

No recuerdo momento más hipnótico en el extenso y proverbial catálogo de Iron Maiden, no recuerdo instantes que capturaran la misma atmósfera y sentir únicos con la que nos unge ese arpegio etéreo, intimista, ese preludio de Lord Of Light. Secundadas por el Bruce más armonioso que hayamos oído, que se funde como segunda piel de las guitarras, esas acústicas bordan luego una musitada melodía que en tierna larva nadie imagina lo poderosa y arrebatadora que será cuando mute a eléctrica sobre la percusión de Nicko McBrain, tras romper el tema con ese riff de insigne cátedra ochentista y la consiguiente labor vocal de Dickinson, que se venga con tiranía de aquellas tesituras que tanto le hicieron sufrir en el pasado, reconquistando ese aspecto con más éxito que antaño (ese último escalón que no pudo subir en el final de Where Eagles Dare es buen ejemplo). Un ferviente himno metálico que contrasta con el microclima de su estribillo, fluido y acogedor, que crea otro gran momento con una línea de voz exquisita por su mántrica sonoridad y seductora oscilación. Otro riff de culto hace de guitarra rítmica para el segundo solo, para luego tomar protagonismo con sus notas tan bien trabadas hasta morir en la última tanda de estribillos. Tras vivir tal surtido de momentos maravillosos, de los que fluye el germen puro de la Doncella, es innegable el alto rango que debe ostentar Lord Of Light en los corazones de muchos maidenmaníacos. En el mío ya late este Señor de la Luz, uno de los resurrectores del antiguo espíritu de Iron Maiden, pero adaptado a su propio tiempo.

Lo primero que pensé al escuchar The Legacy fue que a Dickinson le había poseído el alma de Peter Gabriel, interpretando su texto con un timbre y melodía muy inspirado en aquellas “nanas inquietantes” que fueron musitadas en aquel Nursery Cryme de Genesis (1971). El trabajo de la banda aquí es concienzudo, delicado, creando una suite muy sinfónica, muy de códice, desplegando sus mágicos acordes como páginas de una profecía secreta, de logia hermética e inmemorial, pero con un trasfondo más contemporáneo por su texto, narrando una especie de expediente X, de hombres que van a una guerra y vuelven cambiados y henchidos de secretos que no pueden desvelar, rondando la idea de una posible experimentación con ellos. Un caso de Top Secret vehiculado con la fastuosa épica de esta banda, que así despedía un álbum fabuloso, soberbio en partitura y texto.

Concluido su trabajo, tan orgullosos quedaron los de Harris con el resultado, que decidieron hacer algo único en su carrera, presentar en directo el disco al completo, idea que no gustó a muchos fans que esperaban escuchar un The Trooper o un Hallowed Be Thy Name dentro del set-list de la banda de sus sueños, pero siendo un dato interesante tanto de evolución de la banda como para comprender hasta qué punto se habían implicado Maiden en su último proyecto.

Digan lo que digan sus detractores, yo insisto en defender y sentir este álbum como la última obra maestra de esta banda hasta la fecha, y orgullosísimo de haberla vivido en presente, quizá con misma pasión que los que recibieron recién forjados al rojo aquellos nobles clásicos de los ’80, sálvense o no las distancias. Vamos, que al igual que ese Eddie a lo Two Minutes To Midnight, que aunque distante volvía a ser el mismo, yo no me bajo del tanque, no sé ustedes…

Bruce Dickinson - Voz
Steve Harris - Bajo/Teclados
Dave Murray - Guitarra
Adrian Smith - Guitarra
Janick Gers - Guitarra
Nicko McBrain - Batería

Sello
EMI

Lo volvi a escuchar ya que no lo había tenido mucho en cuenta en su día y por algo fue.
Me parece más se lo mismo. No distingo los albumes de maiden desde este album. Podrian intercambiarse los temas de uno a otro y sonarían igual.
Vale que tocan bien y todo eso, pero el conjunto no me dice nada. Solo destacaría "The reincarnation..." y "The legacy" y aun así no me quedan los temas como alguno de posteriores albumes.

tiene sus cosas buenas. pero de toda la época post-reunión, es el que se me hace más cuesta arriba. Es una pena porque a nivel de mezcla, quizás es el más logrado junto al Brave New World de todo el conjunto post-2000. pero en lo que a temas se refiere, tostón total. Hay partes por aqui y por alli bastante logradas, pero ni un solo tema que me parezca mínimamente memorable.
Hay quien dice que hablar de los primeros 7 de los Maiden como obras superiores a los posteriores es ser demasiado true, pero es que después del Seventh Son, lo único con lo que se han acercado un poquito a esos patrones de calidad para un servidor es en el Brave New World y en menor medida el Dance Of Death. Hasta este último, veo discos de los cuales puedes salvar 5 o 6 temas facilmente (y algun otro mejorarlo con cuatro tijeretazos) pero a partir de este AMOLAD, cuesta salvar más de 3 o 4 temas por discos (ahi ya tendría que concretar más dependiendo del disco).