Ilegales - Agotados de esperar el fin

Enviado por Onán el Vie, 31/12/2010 - 18:25
1910

1. África paga
2. El último hombre
3. Agotados de esperar el fin
4. Quiero ser millonario
5. La chica del club de golf
6. Hombre blanco
7. Soy un macarra
8. El piloto
9. Odio los pasodobles
10. Stick de Jockey
11. Para siempre
12. Destruye
13. África paga (reprise)

Ilegales es una banda de rock gijonense de larga trayectoria comandada por Jorge Martínez, un grandullón de mirada demente cuyo lenguaje corporal se asemeja al que probablemente adoptarían las gárgolas de las catedrales si cobraran vida, y cuyas extremas sensibilidad, lucidez y habilidad para la poesía más sutil no le impiden soltar una y otra vez las animaladas más bizarras imaginables en cuanto le ponen un micro delante. Pasaríamos horas enumerando "frases célebres" de este señor y no llegaríamos ni al 10% de lo más cafre que hay. Eso sí, tendríamos que proteger los oídos de aquellas personas más proclives al sonrojo o a dejarse llevar con facilidad por la indignación. Porque aquí de lo que se trata es de espantar abuelas. Pero bien lejos.

El rock de Ilegales se puede calificar de suave musicalmente si se compara con mil otras cosas que circulan por ahí, e incluso se puede asociar a ratos con el pop (con permiso del "jefe" Martínez, a quien imagino rechinando dientes y acariciando un bate de béisbol si un día lee esto que acabo de decir), pero en lo que se refiere a las letras y a la actitud misma es una mezcla de lo más agresivamente punk con lo más clarividente y balsámico. Y nos refiramos a una u otra parte del todo, la calidad es muy alta. Muy, muy alta. Eso sí, hay que estar dispuesto a "tragarse" el bocadillo entero, que tiene espinas bien gordas afiladas de malsana provocación.

Tras un brutal y a la vez muy fino debut homónimo (ese en cuya portada un cuadro de Ouka Lele nos muestra a un señor volándose la tapa de los sesos), el grupo maduró de golpe y nos regaló el maravilloso y oscuro Agotados de esperar el fin, un festín de guitarras limpias, voces desgarradas y palabras que duelen. Una mezcla muy particular que pincha, que hiere y acaricia a la vez. Algo que rozaba la poesía pura, como su mismo autor suele reclamar de tanto en tanto entre exabrupto y mugido.

Un helicóptero en medio de la selva nos coloca en la piel de un mercenario que acude a pegar tiros a África. Desolación, garganta seca, experimentación del horror encastrada en una inspirada melodía que se apoya en una guitarra rítmica de una delicadeza acojonante. África paga es una inmejorable introducción a este áspero museo de lo terrible, y va seguida de la desgarradora El último hombre, que de alguna manera reafirma la misma sensación de soledad agresiva, de huída hacia delante. Pero la cosa se pone realmente dura acto seguido con la canción que da título al disco. Aquí ya nos dejamos de lejanas guerras y nos enfrentamos a la desolación que tenemos alrededor. Se trata de una semblanza de los desarraigados, de los tan desesperados que simplemente aguardan la llegada de la muerte. Es una de las canciones más conocidas de Ilegales, y su letra comienza así:

Delincuentes juveniles ayer,
hoy hombres peligrosos.
Viejas caras, nuevas caras
pero las mismas cabezas
.

Siempre me llamó la atención este primer párrafo. Obsérvese la delicada forma de NO rimar que gasta este señor: Quiero decir esto y lo digo. Si rima, bien. Si no, da igual. Tengo mis razones para saber que esto funciona y punto. Ahí voy con toda la artillería.

A estas alturas el oyente está seguramente atrapado, y casi todo lo que sigue continúa en la misma línea: más y más soledad, más horror psíquico, más tristeza agresiva. Acojonante, de verdad. Desesperante pero a la vez acompañado de una extraña complicidad. Es una poesía que da la impresión de venir de vuelta de no se sabe qué.

A pesar de pequeñas excepciones (canciones más vacilonas como Hombre blanco, Odio los pasodobles o Soy un macarra), el devenir del disco te va llevando poco a poco, hipnotizándote con su belleza única, a un jodido pozo de amargura en el que...

El médico dice que todo va bien.
No hay que internarme,
no hay peligro ni mal.
Pero estando solo alguna vez
me entran ganas de matar a mamá
.

O peor aún...

Para siempre es demasiado tiempo
Sé que desea largarse al infierno
Oigo llorar en su habitación
.

Hasta que todo vuelve a su ser con la última canción (sin contar con el pequeño epílgo), la impagable Destruye, con la que además solían siempre acabar los conciertos. Las estrofas de esta auténtica catarsis vuelven a hablar de cosas feas, de cosas con las que uno está disgustado y por las que uno se encuentra mal... el estribillo simplemente dice Destruye, destruye, destruye, destruye, destruye, destruye. Y lo dice con un odio que no se puede fingir. No tengo ni que ponerme la canción, con sólo recordar que existe se me hace un torniquete escrotal alrededor de la nuez. Horror y solución al horror en apenas tres minutillos de notas y sílabas. Sublime.

Musicalmente todo esto se va sucediendo en medio de un ambiente muy guitarrero aunque no demasiado ruidoso (sólo a ratos un poco). Esas guitarras tan expresivas, tan concisas, tan limpias de polvo y paja y tan bien tocadas sirven de base para una voz muy sentida, aguda y cristalina. A todo esto, la función del bajo y la batería queda relegada a un aporreo igualado, continuo, firme y seguro, exento de cualquier tipo de floritura. Todo claro, todo en su sitio. Una producción limpia, pulcra hasta lo enfermizo.

En fin, un disco especialmente inspirado de uno de los grupos más grandes y únicos que ha dado el rock en España.

Jorge Martínez: voz, guitarra
Willy Vijande: bajo
David Alonso: batería

Sello
Epic