Hideaki Nakama - Point of no return

Enviado por Midnight el Dom, 10/09/2017 - 17:16
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Punto de no retorno. Siempre me ha fascinado esa expresión; si tratamos de buscar una definición de la misma nos toparemos con un sinfín de explicaciones, una de las más acertadas y que más me gusta sitúa el “punto de no retorno” cuando, en un proceso que tiende a algo, llega ese momento exacto a partir del cual el desencadenante es inevitable. Todos hemos experimentado alguna vez la sensación de encontrarnos en ese punto en el que ya no hay marcha atrás, cuando después de consumada la acción pensamos “que sea lo que tenga que ser” y echamos para adelante medio acojonados. Yo voy un paso más allá, ya que entiendo la vida como un punto de no retorno en sí misma, cada día que pasa está compuesto de una serie de decisiones, aprendizajes y experiencias que nos acompañarán el resto de nuestras vidas, mal que nos pese.

El concepto de “punto de no retorno” cobra un sentido amplificado cuando de artistas se refiere, pudiendo situarlo muchas veces en algún momento concreto de discografías que a partir de ahí tomaron un rumbo totalmente diferente, alejándonos muchas veces de la banda que tanto amábamos mientras que, en la otra cara de la moneda, una nueva legión de feligreses eran reclutados gracias a ese nuevo rumbo y aunque, de peor o mejor manera, las bandas de renombre siempre han sabido sobrevivir a ese punto de inflexión, las realmente tocadas eran las bandas nóveles, esas cuyo primer contacto con una discográfica suponía un paso de vital importancia del que pudiera depender toda su carrera, ahí es cuando un paso en falso puede acabar con todo ese esfuerzo, esperanza y ahorros de un plumazo, ahí es cuando realmente se afinca el punto de no retorno.

Pero todo eso está cambiando, y es que gracias a esta nueva era digital que nos está tocando vivir hoy en día parece que ese punto de no retorno ya va dejando de tener efecto, ya que el afán explorador de multitud de metalheads con la ayuda de las nuevas tecnologías está provocando un resurgir masivo de formaciones extintas desde hace años, décadas incluso.

Ya no hay barreras de ningún tipo, hoy en día cualquiera puede, a golpe de “click”, disfrutar en cuestión de segundos de esos trabajos casposos, recónditos y polvorientos que la industria discográfica nos privó en su día, pudiendo con suma facilidad llegar a saborear verdaderas joyas, haciendo que poco a poco vayan resurgiendo agrupaciones de países que ya ni existen y a las que el boca a boca está dotándolas con el estatus de bandas de culto, produciéndose un fenómeno tan curioso como lo es la vuelta al ruedo de muchas de esas formaciones que en su día no se comieron un rosco y hoy comienzan a ser reverenciadas.

Buena prueba de este fenómeno se ve reflejado en festivales como el Keep it true cuyo nombre ya es toda una declaración de intenciones y del que os aconsejo encarecidamente que le echéis al menos un vistazo a su cartel, seguro que en seguida más de uno empezará a hacer números.

El caso del señor Nakama, aunque no podríamos tildarlo de sobresaliente, ni mucho menos creo que llegue a alcanzar ese estatus de culto del que hablábamos, no al menos fuera de las fronteras del país del sol naciente donde si que cuenta con una buena legión de fieles, si que entra dentro del saco de esos trabajos que merecen ser rescatados y del que estoy seguro de que más de uno disfrutará sin tapujos, pues otra cosa no, pero heavy del clasicón aquí hay para dar y regalar.

Nacido en 1965 en la perfectura de Hyōgo (Japón), agarró la guitarra por primera vez cuando era un niño después de haberse quedado flipado con un concierto de Kiss que vio en la tele, a partir de ese momento comenzó a interesarse por guitarristas de la talla de Blackmore, Uli Roth o Michael Schenker y en vez de pasarse horas pegado a la Nintendo como hacían la mayoría de los japoneses de su edad, Hideaki mataba el tiempo desentrañando los secretos de Doctor, Doctor, Róisín Dubh, Lazy… y es que el bueno de Hideaki aprendió a mamar de manera autodidacta de todos esos maestros setenteros que a la postre tan buenos discípulos nos han legado.

Con 18 años formaría la banda de Hard Rock japonesa Hurry Scuary, con la que grabó el disco Break it up (BMG Victor, 1988) , el cuál contó con un buen reconocimiento a nivel nacional; el problema es que el punto de mira de Hideaki Nakama apuntaba más allá de donde alcanzaba el brillo del sol naciente, la música que le hacía sentir no llevaba la bandera japonesa, sus ídolos eran tanto europeos como americanos, y finalmente nuestro chico decidió embarcarse de lleno en un proyecto en solitario, así que sólo un año más tarde de su trabajo con Hurry Scuary salía a la luz su primer y único álbum de esta guisa el cual, bajo el acertado título de Point of no return, mamaba y mucho de todos aquellos trabajos a los que los masturbamástiles de la época les había dado por colgar la etiqueta de metal neoclásico y que sentenciaba la carrera del virtuoso guitarrista nipón, pues aunque para ese entonces ya se había convertido en todo un guitar hero en su país natal, la prensa internacional no se vio seducida por lo que parecía un refrito más que no tenía cabida en una parrilla donde ya había demasiados nombres como Satriani, Malmsteen, Vinnie Moore o Jason Becker copando todas las portadas de la prensa especializada como para encima tener que hacerle hueco a un japonés con cara de estreñido.

Por eso quizás hoy, después de que haya pasado toda esa fiebre técnico guitarrera donde la música clásica y el metal prácticamente se daban de la mano, y en un momento donde la retogloria está en todo su apogeo, quizás ahora si podremos disfrutar, aunque sea a modo de curiosidad, de este trabajo que con ese artwork con regusto Malmsteeniano ya es fácil de encasillar, y desde luego no vamos muy desencaminados pues lo que vamos a encontrar en él va a estar plagado de shredding a toda velocidad y escalas menores armónicas hasta debajo de las piedras, pero a todos aquellos para quienes eso no sea un impedimento disfrutarán de un excelente trabajo instrumental casi en su totalidad, con canciones cargadas de feeling y sobradas de un virtuosismo 100% Made In Japan.

El trabajo de marras abre con la espectacular ”Inquistion” que, con un regustillo al más puro estilo Mid´s eye, deja claro por donde van a ir los tiros; velocidad, técnica y melodía a raudales es lo que encontraremos aquí, siendo del mismo palo temas como la excelente ”Wings of Destiny” que añade además una base rítmica capaz de trasladarnos a los misteriosos tiempos del Japón feudal o ”Point of no return” que, aunque algo más pausada, pone el broche final con un despliegue de técnica sin precedentes, casi 9 minutos donde guitarra y teclado se despachan a gusto regalándonos grandiosos momentos de cambios de ritmo, melodías dobladas y solos al más puro estilo barroco.

También encontramos canciones de corte más intimista como la acústica ”El Giza”, tema donde queda patente la pasión que artistas como Paco de Lucía y Al Di Meola despertaron en el guitarrista nipón, la balada ”Requiem” que es la que más podría recordarnos al sueco de la Strato, la pausada ”Smiling Landscape” donde la bajada de revoluciones obliga a dejar a un lado los shredding para dar más protagonismo a los bendings y ligados cargando la canción de una melodía casi idílica, o la pretensiosa ”A short piece for a guitar and st”, tema de corte clásico donde 22 músicos de cuerda acompañan a la guitarra acústica de Hideaki en la que bajo mi punto de vista es la canción más aburrida del disco.

La nota de color la ponen el segundo y sexto corte, donde el bajista Norio Sakai se carga de valor agarrando el micro y llenando de lírica estas dos magníficas canciones, siendo la primera un medio tiempo compuesto por Hideaki cuando tenía 20 años en el que practican un hard rock a medio tiempo cargado de sentir en el que destaca, a parte del buen hacer de las 6 cuerdas, la gran interpretación de Sakai, el cual cuenta con una voz rota que podría llegar a recordar en ciertos aspectos a la de Jeff Scott Soto, mientras que la sexta pista ”Stranger to you” se tiñe de un matíz mucho más Van Haleniano, mezclando solos de corte más clásico con pentatónicas totalmente rockeras y un Sakai dejándose la garganta en cada segundo que agarra al micro.

Una de las bazas con las que cuenta el álbum es sin duda su variedad compositiva, cosa de la que pecan muchos de sus hermanos mayores, lo que lo hace ameno y bastante digerible, no llegando a cansar en ningún momento a pesar de ser casi en su totalidad un trabajo instrumental.

Asistimos por tanto a uno de esos casos en los que el punto de no retorno sentenció a un gran guitarrista relegándolo al olvido ya que, aunque no ha parado de trabajar durante todos estos años y podemos encontrar su nombre en colaboraciones de bandas como Anthem, Loudness o Paul Raymond Project, nunca llegó a alcanzar la fama que merecía desaprovechándose así a un gran guitarrista que nunca llegó a despuntar del todo.

Y es que hace ya unos años, hablando de cine con un amigo, éste me dijo que los japoneses son tan raros que hasta a la hora de hacer cine son herméticos, volviéndose una ardua tarea para el occidental la de desentrañar todos los matices con los que directores como Takeshi Kitano inundan sus metrajes en forma de psico-paranoias folclórico-tradicionales, pues bien, Hideaki Nakama nos lo puso en bandeja y fuimos nosotros los que no lo quisimos entender.

Norio Sakai: Bajo, Voz
Satoshi Miyawaki: Batería
Hideaki Nakama: Guitarra
Fumiaki Ogawa: Teclados

Sello
BMG Victor