Deicide - Legion

Enviado por Cuericaeno el Sáb, 14/05/2011 - 03:36
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1. Satan Spawn, the Caco-Daemon (4:27)
2. Dead But Dreaming (3:14)
3. Repent to Die (3:59)
4. Trifixion (2:58)
5. Behead the Prophet (No Lord Shall Live) (3:45)
6. Holy Deception (3:19)
7. In Hell I Burn (4:37)
8. Revocate the Agitator (2:46)

<< Porque Jesús le había dicho: "¡Sal de este hombre, espíritu impuro!".
Después le preguntó: "¿Cuál es tu nombre?". Él respondió: "Mi nombre es Legión, porque somos muchos" >>.

[Capítulo 5: Marcos 5]

Dos años después de ser lanzado su bautismal y seminal debut, el nombre de Deicide se terminaría de estampar cual flamígero lacre sobre el blasón del Death Metal con la llegada de Legion, para muchos el mejor trabajo de las huestes de Benton, y uno de los must-hear sacros en la laberíntica fonoteca de la corriente gutural de antigua cátedra.

No es para menos, teniendo también en cuenta lo que por genes fluía por la materia de este cuarteto, y es que eran originarios de Florida, quebrado apéndice en el continente americano que tras su linda máscara de glamour playero ante los ojos del ciudadano medio, escondía la atrofiada musculatura de su exótica afección, la de ser enclave bíblico dentro de la escena del Death primigenio. Tal territorio supuró nombres ilustres como Death, Obituary, Morbid Angel, Atheist, Malevolent Creation, Monstrosity (no confundir con los fineses de mismo nombre, dioses también de sus propias tierras) y Brutality entre otros…

Nada más y nada menos que a esa orla pertenecía Deicide, un nombre que se situó por siempre en la línea de cabecera de esa elite, propulsado hacia esa posición por poco más de dos álbumes iniciales, que aunque dos, fueron dos de las más importantes vértebras que hicieron crecer a aquel monstruo que engendró Possessed allá por 1985.

Y es que en 1990, redondísimo y crucial año para el despertar definitivo del Death, ya aquel primer disco que daba nombre a la banda dictó maneras definitivas y definitorias para reforzar la identidad sonora de todo un subgénero, inyectando a las composiciones una dosis extra de adrenalina y malas energías que hacían justicia tanto a cómo debía sonar el Death Metal como a lo que imaginábamos que encerraba la encendida mirada y hosca mueca del talismán de su portada.

En 1992, con Legion, Deicide le sumaron a esa intensidad mencionada un sustancial aporte de técnica que hizo aún más vertiginosa la propuesta. Temeraria. Posicionados militarmente a izquierda y derecha, los hermanos Hoffman empuñaban sus armas de seis cuerdas para troquelarnos los tímpanos con la más violenta álgebra de notas, formulada a la velocidad del rayo y almenada por la labor sobrehumana de Steve Asheim a la batería. De ellos no podíamos esperar un informe de balística al uso, sino un caso cerrado de letal perfección.

Completando semejante cabalgata, no podía faltar su líder, Glen Benton, vomitando los textos como un animal del báratro mientras que en su bajo centelleaba ávida una especie de ataque de pirañas ortodonciadas (!). Loco como una cabra, quizá él fue el que grabó ese balar que prologa al primer tema, Satan Spawn, the Caco-Daemon

“Shunned from the light, born into darkness never knowing”… Así nos saluda ‘enemistosamente’ Benton después del orfeón caprino, bajo en ristre, micro en faz y cruz invertida marcada a fuego en la frente (no intenten hacer eso en sus casas, que después tienen que ir a entrevistas de trabajo). Ciclónicos, los primeros pasos de esta “criatura de Satán”, este “cacodemonio”, son los fidedignos titulares de lo que nos vamos a encontrar en el resto del álbum, casi media hora ininterrumpida de rugientes blasfemias impulsadas por una música tan demoledora como malabarista, los 30 minutos de un Reign in Blood pero llevados al salvajismo al que se pudo llegar seis años después de haber aprendido aquella lección magistral que dio Slayer, siendo ésta de mano en mano virulentada por todos sus herederos como epidemia que evoluciona y resiste aquellas vacunas que antes la mataban.

Ese brusco arrebato del estribillo es demencial, un cambio de marchas a las bravas que sólo cabría en la cabeza de unos genios, pero eso sí, unos genios muy tarados. Justo ahí es cuando por fin logra subir como un géiser a salpicarnos en la cara ese veneno que vivía como poso bajo la voz principal en el pre-estribillo, ese registro nazguliano tan familiar en el Black Metal y que complementa el trabajo vocal de esta obra, cual segunda entidad que mora en la garganta del líder del combo y que toma protagonismo en momentos álgidos como éste que nombra, y de qué manera, a la Criatura de Satán, como si ello viniera de las mismísimas fauces de la aludida. Absoluta posesión diabólica esa doble exposición de voces, que completa con maestría el convulso carácter de las estructuras.

Como si despertaran sacudiéndose demonios de sus hombros, los primeros compases de la mítica Dead But Dreaming ilustran mejor aún aquello a lo que me refería hace un instante, esa convulsión energúmena a la vez que matemática que segrega espesa malignidad por cada poro. La segunda pista de Legion fue mi primera toma de contacto con los de Tampa, hace años de eso y aún me sobrecoge esa forma con la que entra por vez primera el nombre de la canción, expelido con tan maléfica saña, y ese posterior acelerón que le ayuda a conformar uno de los mejores momentos de todo el álbum, representativo casi como el mismo logo de la banda. Y cómo avasalla ese ”As I smear my blood on thy sword, through the gates into lands I know not“, que después del segundo estribillo comanda tan tirano y obsceno… No se podía esperar menos de un sumo himno del Death, un inolvidable viaje astral para visitar al hibernante espectro milenario de Lord Kur, uno de los más antiguos dioses que descansan bajo las siete ciudades, “muerto pero soñando”…

El inicio de Repent to Die es maquinaria de gigantes de otro plano, tunelando hasta el núcleo ese mundo interior de Glen Benton, tan negativista (”No hay destino, sólo la certeza de la muerte”) y blasfemo (”Malgasta tu último aliento en el señor Jesucrito”). Letras en mano se puede ver que aunque Glen Benton puede pasar por un buen literato dentro de la escena, ese ”’Go fuck your god’ will be my final word” irrita un poco las pupilas sobre todo cuando justo después te encuentras con un filosofante ”Morir es sólo el concepto de vivir”. Muy suculento por la vía teatral que vindica esta música, su perfil de lunático sería también digno de estudio, porque en casos como el arriba mencionado y otros peores que en esta reseña abordaré, ese trabajo que atañe a la psiquiatría obligaría a ésta a extenderse a la parcela que tiene en la pediatría. Sí, con este sujeto hay que remangarse, faltan médicos.

Y muchos podrán decir que lo suyo es puro marketing, todo teatro. Sin duda algo de eso habrá, pero alguien que se hace en la frente lo que éste se hizo para formar parte de las reses bravas del Maligno… a ése le tienen que acampar en el coco el barrio Sésamo entero con Buñuel de invitado al cumple de Triki.

Dejando por ahora el estado mental del frontman y centrándonos de nuevo en la música, no puedo aún despegarme de Repent to Die porque he de citar por ley lo que empieza a ocurrir en el minuto 2:19, cuando The Hoffman Brothers y la sección rítmica ensamblan entre sí un enorme poliedro de afiladas pletinas y lo echan a rodar hacia nosotros como instrumento de guerra sacado de un boceto de Da Vinci, y que luego cambia a una más fornida esfera de ferralla que servirá de abrupto escenario para el solo de Brian. Todo ello conforma un esqueleto más primitivo de lo que entonces se practicaba en aquello que llamaron Technical Death Metal, pero más acorde en dañina intención con aquellos abominables fractales que urdirían los fineses Demilich un año más tarde en su monumental Nespithe, antes que con la ingeniería espacial que ya manufacturaran los biónicos Nocturnus del The Key.

Trifixion es, desde que parten el jarrón de la abuela hasta el último segundo, un escuadrón de riffs al cual más prodigioso, todo un pelotón de fusilamiento del cual se lleva la medalla el del estribillo, que dibuja a tremolo su caballería de acero para ser uno de los torbellinos más apocalípticos que comandan los Hoffman Bros. en este insaciable Legion. Y al respecto de cómo beben ahí de Slayer sobran argumentos, eso sólo hay que oírlo.

Este cuarto surco de menos de tres minutos es un clásico… Intenso, tempestuoso, devastador, que sólo nos proporciona algo de tregua cuando decelera a marcha de división acorazada para ese ”In the name of Satan…” que tanto acojona, por ser recitado como por un laringetomizado a mitad de operación. Es innegable el surtido de voces del que disfrutamos en este álbum gracias a su líder, que no se anclaba en el growl de serie y potenciaba la perversidad y visceralidad que la música en sí ya plasmaba (pese a su absoluto tecnicismo), para quedar inmortalizado su insano propósito en esta legendaria obra.

Como aporte gráfico para aquel temazo, Glen Benton diseñó el llamado trifixion, ese símbolo satánico que vemos deformado, convexado en la portada, como visto a través de una mirilla. Desplegándolo del libreto del CD ya lo podemos ver en todo su esplendor, y el tío se ve que en el cole aprobó dibujo técnico, porque le salió un trifixion de lo más chulo, y todas las líneas rectas. El buenazo de Glen nos entrega el cacharro citado muy bien doblado, para que nosotros lo abramos y en la esquina inferior derecha le garabateemos una “B” de “Bien”. Yo ya se la he puesto, ¡faltas tú! [dedo índice señalando y sonrisa televisiva]

Ya me centro, y también me cuadro para recibir a Behead the Prophet (No Lord Shall Live). Desde que empieza no deja profeta con cabeza, tanto musical como líricamente, y todo él es un muestrario, más bien monstruario, del mejor strumming salido de las dos hachas que empuña la bestia bicéfala apellidada Hoffman. Adoro ese ignominioso, abominable ”Forever…” [1:11] que mana rugiente y doliente del centro de la perilla de Benton. Repulsivamente delicioso.

Como ya he llegado a decir, en este álbum se dan cita esas pocas veces en la que la técnica confiere carácter a la composición, como ocurre también en Holy Deception a partir del minuto 0:32, en esa ansiosa prontitud con la que reanudan la marcha tras cada silencio, dando un toque de actitud realmente arrebatador. Aunque dé cabezadas la bestia, nunca encuentra tiempo suficiente su prisionero, y futura cena, para huir de su caverna. Descomunal riff, sea dicho.

A razón de las letras anticristianas que dan verbo a este trabajo, decir que se las tomó tan en serio el tito Glen, su autor, que llegó a decir que cuando cumpliera la edad de Cristo se suicidaría. Todavía está entre nosotros porque cuando sopló las 33 velas, se acordó de que había empezado a hacer un trifixion pegando lentejas en papel cuadriculado, a lo que él se dijo: “Ya puestos, me quedo”. Y es que, todo lo que tenían sus músicos de virtuosos lo tenía su líder de… genio, sí, pero también lo suyo de tonto. Y esto nos obliga, sin más remedio, a volver al libreto, porque el ‘jodío’ no tiene desperdicio, y eso que tan sólo es un papel doblado en pocas partes: “This album was recorded with no harmonizer on my vocals, so for all my vocal critics, “SUFFER””. O sea, os chincháis porque no hago trampas, ea… Y debajo estampa su firma, con dos cojones y una cruz invertida.

Todo ello viene a que lo acusaron de trucar su voz en el estudio para la grabación del primer disco. No sé si realmente usó efectos aunque lo dudo bastante, es más fácil creerse que esa voz viniera de las tripas de un tío que está tan cabreado con el Mundo, tan loco de atar y maneja esa anatomía de neandertal. Si no, pueden echarle un vistazo a la contraportada (ésta no es, no se confundan). Benton es el que se abraza tanto porque se quiere mucho, el de la línea de bikini en medio del mentón. Juzguen ustedes mismos, aunque esa leyenda urbana ya se hizo añicos cuando dos años después (y en este disco) Glenn Benton demostró lo que era capaz de hacer: No que los muertos se levantaran de sus tumbas como se suele decir, sino que se mearan en ellas sin atreverse a levantar una puta ceja.

El álbum sigue rotando… In Hell I Burn posee un riff [0:31] muy tentador y curioso, curioso por ser el antiguo retrato de lo que hoy tanto explotan las bandas mal llamadas de Extreme Metal (odio ese término), que no es otro que ese grave rasgueo en mute de intermitencia tan característica, cual martillo neumático que posa y aleja a ritmo de segundero su vibrante cincel de la piedra. Antes, esas cosas entraban cuando debían entrar (como aquí en la pieza que estamos), no eran una opción de urgencia guardada en la manga del guitarrista. Pasa como con el trote maideniano, hoy el Metal lo sigue usando y está bien, incluso data de antes de que lo “patentara” Steve Harris, pero The Trooper sólo hay uno. Ésa es la diferencia capital que existe entre los patriarcas y los herederos, los últimos agotan pronto el tesoro que tan bien sabían administrar los primeros.

Aunque ya puestos a hablar de riffs, mejor hablar de ese otro que también habita en esta infernal pista 7, y es ése que abre la canción y más tarde se explaya mejor desatando su locura de forma absoluta en el minuto 2:22. Ese ametrallador whirlriff es uno de los ejemplos más gráficos de cómo desafiaban a la Física los músicos de Deicide, siendo también reflejo fehaciente de lo mucho que pusieron de su parte los de Tampa para aquella nueva ciencia, casi paraciencia, que estudió las formas más repugnantes pero aritméticas de deformar un fraseo, bajo el nombre de Death Metal. La sublime teratología del riff, la escala cromática al servicio de la más abyecta, innoble causa.

Y es que en Legion no hay un sólo riff de relleno, todos están cincelados sucesivamente formando a conciencia una anatomía lógica, aunque también terrorífica. La estructura epiléptica que preludia a Revocate the Agitator parece mera introducción compuesta para ese momento, pero luego toma más sentido cuando descubrimos cerca del final que es nada menos que el marco sísmico donde Glen Benton ladrará el estribillo más brutal de todo el álbum. Como el flashback inicial de un filme, no comprendemos todo hasta que todas las piezas encajan al final, ¡y cómo encajan!, clavadas a martillazos en cada sílaba que dentellea Benton para ese trabalenguas furioso que invoca el nombre del último tema, cerrando de forma magistral el círculo, o más bien, el prisma octogonal de hambrientas cuchillas que gira ansioso en esta cosechadora infernal que pilotaron los de Florida en 1992, un inmortal octeto de himnos cuyas notas fueron una de las constelaciones de más influjo en el universo extremo, cartografiada en las Sagradas Partituras del códice del Death Metal por siempre jamás.

La producción de Scott Burns fue el ingrediente final que cristalizó el sonido de la banda como la naturaleza hace al diamante, consolidando y haciendo brillar cada una de sus facetas de forma punzantemente nítida, aunque términos tan luminosos no ejemplifiquen fielmente la seca, abrupta y venenosa sombra con la que personificó su sonido Deicide, con su maldito y bendito riff cromático, enorme y deforme, esa acromegalia que los hizo monstruos de la escena.

Insano disfrute son esos condenados 29:05 minutos exactos de vida que tiene Legion, minutos que pasan como segundos cuando uno se deja atrapar por la inercia de semejante borrasca que gira, centellea y graniza a la velocidad del miedo. La sensación que transmite no es precisamente la indiferencia seas o no admirador de la más nudosa rama del Metal. Para bien o para mal, es la mutua taquicardia del predador y su presa, Deicide y su oyente, oyente que acaba extendiendo los índices y meñiques de sus puños, oyente que acaba endemoniado como ellos… Oyentes, más bien, “porque somos muchos”.

Glen Benton - Bajo, Voz
Brian Hoffman - Guitarra
Eric Hoffman - Guitarra
Steve Asheim - Batería

Sello
Roadrunner Records