Danzig - Danzig

Enviado por El Marqués el Sáb, 17/12/2011 - 18:09
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1. Twist of Cain
2. Not of this World
3. She Rides
4. Soul on Fire
5. Am I Demon
6. Mother
7. Possession
8. End of Time
9. The Hunter
10. Evil Thing

Desde la edición en 1982 de “Walk Among Us”, el primer disco de The Misfits, hasta 1994, la trayectoria de Glenn Danzig discurrió por un continuo estado de evolución hacia los niveles de interpretación, experimentación y composición perfectos.

Junto a Doyle y Jerry Only, más el batería Arthur Googy, recogió el testigo de los punkies del 77 y añadió la imaginería del terror, la estética de ataúdes abiertos en sótanos y calabazas malévolas de Halloween que se trabajaban otras bandas de garage y psichobilly, pero los discos de los Misfits no son los más adecuados para disfrutar con la voz del divo malhumorado e inconstante de New Jersey. Son clásicos del horror punk, ahí están una serie de himnos que forman ya parte del acervo de ese estilo, y cada vez que los rescato disfruto imaginando al joven y musculoso frontman arrollando a la audiencia en un diminuto club bajo el puente de Brooklyn hacia 1981 mientras canta “Mommy, Can I Go Out and Kill Tonight?” o “20 Eyes”, pero está claro que no es ese el mejor Danzig como vocalista. No, comparado con lo que estaba por llegar.

Con Samhain, la siguiente aventura, proyecto olvidado por muchos, de precioso nombre que alude al año nuevo celta, comenzó a experimentar y a introducir estructuras levemente metálicas en sus canciones, y conoció al bajista Eerie Von, quien le acompañaría a partir de ese momento en la travesía.

Más consciente de su poder y sus facultades con cada nueva experiencia, funda Danzig hacia 1987 junto a Von, y reclutan al guitarrista John Christ, y al drummer Chuck Biscuits, formación que entre 1988 y 1994 grabara cuatro discos de estudio y un mini Lp mitad estudio / mitad directo, que conforman una de las mejores discografías del rock fuerte del siglo pasado.

“Danzig” será la primera piedra, diez canciones que suenan a Heavy Metal por encima de todo, diez codazos en la boca del moñerío que había reinado en la industria mainstream en los 80, y todo un homenaje actualizado al seminal sonido de Black Sabbath, en una época en que Iommi giraba con Tony Martin, grababa buenísimos discos como “Eternal Idol” o “The Headless Cross”, pero la comunidad mundial metalera aún no había reconocido como oficial la condición de padres del invento a los de Birminghan.

Estábamos en 1988, los heavys perdíamos la cabeza con “Keeper of the Seventh Keys”, la vanguardia la representaba Satriani, teníamos a mano “Ram it Down” y el Séptimo Hijo del Séptimo Hijo, y os aseguro que por lo menos en España a Black Sabbath se les tenía como un dinosaurio de credibilidad mermada, sostenida únicamente por el tesón de su líder. Tuvieron que llegar los 90 para que Henry Rollins, Corrosion of Conformity, Soundgarden, White Zombie o Biohazard nos recordaran quienes eran los “todopoderosos Sabbath”, como gritó Billy Graziadei al comienzo de “Nativity in Black”.

En su primer álbum, un Glenn Danzig integrado en la nómina de Rick Rubin, el productor de “Reign in Blood” y el “Electric” de The Cult, por nombrar un par de ejemplos que demuestran que ese tío no dedicaba su tiempo a cualquiera, compuso un disco que suena compacto, que evoca en determinados momentos el espíritu de “Vol. 4” y “Master of Reality”, y en el que se aprecia que este genio va modulando su garganta, aprendiendo a desenvolverse en registros que en sus anteriores grupos aún no había tenido tiempo de experimentar, y si bien el Metal es el ingrediente estrella, el ceñudo Glenn descubrirá que es un campo que se le queda pequeño, que él tiene capacidad de sobra para engarzar con estilos hermanos, en apariencia opuestos, como el Doom o el Blues Rock.

Solo con escuchar la guitarra que inicia “Twist of Cain” entenderéis toda esta palabrería. Una nota que se alarga y contorsiona creando un ritmo Hard Doom demoledor, hasta que entra esa voz profunda, donde cada verso, cada inflexión, suena al bramido de los elefantes del general cartaginés Aníbal atravesando Europa. Jamás su garganta había sonado así hasta ese momento, nítida, limpia, envolvente, poderosa.

Y cargada de esencia y de feeling. Escuchen ustedes como juega, como mima cada palabra al iniciar la siguiente, “Not of this World”, ese “…and nothing bites like I do” que emite tras citar el título del tema. Otra pieza llena de bravura, con el primer gran punteo de John Christ, un lead guitar que debería estar cada verano maravillándonos a todos desde el stage de Wacken o el HellFest, al frente de una gran banda. Atentos al final, pura épica, esencia de guerreros centenarios, nada de power metal para bebés.

“She Rides”, la tercera, aparece aquí el Danzig lascivo y reptante, el vampiro que ralentiza las estrofas igual que una pantera negra se repliega en silencio para saltar sobre su presa. Escúchenle ahora vocalizar con voz de serpiente los versos “She Slides/Down inside your skin/In time/She will make you scream…”, y el zarpazo que nos mete con ese “She´s Death!” que cierra la estrofa. Demasiado bueno para ser apreciado por la gran masa.

Claro que todas las virtudes del enfurecido cantante se disuelven ante la belleza que encierra esa entrada, esas primeras líneas en “Soul on Fire”: “Angels fall to Earth/World heats down…” Ufff, un Glenn inédito hasta ese momento, asustándonos con su suave e indescriptible susurro, alertando de que la Tierra se puebla de traicioneros ángeles caídos. Escuchad –hoy estoy muy mandón- ahora el gemido diabólico que se escucha cada vez que llega el verso “Gotta Wait/On the Samhain of my soul”. De nuevo John Christ conduce el tema con un riff sustentado por tres notas omnipresentes, y el cambio de tiempo a partir del minuto cuatro nos corta la respiración.

“Am I Demon”, la pieza más directa del disco, estribillos enormes, la instrumentación galopante, Danzig convertido en lobo bajo la luna llena saltando de túmulo en túmulo, y de nuevo un par de electrizantes punteos.

En todo cuanto he hablado hasta ahora os recomiendo que os metáis a fondo, pero es que, aunque estas primeras cinco canciones fuesen normalitas, habría merecido la pena llegar hasta aquí, porque el track six no es otro que “Mother”. La canción más famosa del artista, la que le hizo inmortal. No es necesario describirla sección por sección, como tampoco es necesario hacer eso con “Hells Bells” o “Electric Eye”, solo prestad atención. Esa caída de la diestra de Christ sobre las cuerdas marcando el pistoletazo de salida todavía me acelera el pulso.

Las cuatro restantes mantienen una muy buena tónica, pero da la impresión de que quedaron un poco apagadas, escondidas tras el impacto de “Mother”. “Possession” tiene un ritmo curiosísimo, como un zapateo extrañamente aflamencado, y Danzig entona con una mala hostia que abrasa. En “End of Time” nos vuelve a descolocar con otra entrada susurrante, que no tardará en estallar, y tiene otro momento de fábula en la envolvente galopada que crea la guitarra justo antes de que oigamos la frase “Waiting at the end of time for you”. El punteo esta vez es crujiente, tenuemente distorsionado. Un nuevo acierto.

“The Hunter” recupera el título de una vieja canción de Free, y tiene también ese ritmo Hard Blues eléctrico de la banda de Paul Rodgers y Paul Kossoff, y “Evil Thing” nos lleva a la puerta de salida con la misma brillantez: Amenazantes chirridos semiocultos, una vocalización perfecta, cabalgadas y parones de los tres instrumentos, cada segundo en definitiva, golpeando con el impacto de una rueda de molino.

Inolvidable, como todas las canciones, la calavera cornuda de la portada –un Snaggletooth mucho más chungo y agresivo, desprovisto del deje vacilón de la mascota de los de Lemmy-, y la foto interior del cuarteto: las cazadoras de cuero, las gafas 80´s de John Christ, las patillas de Eerie Von, el aire algo imberbe de Biscuits, y, por supuesto, la mirada, el mentón del fornido Glenn Danzig. Como para decirles algo.

Glenn Danzig: Voz
John Christ: Guitarra
Eerie Von: Bajo
Chuck Biscuits: Batería

Sello
American Recordings