Chateaux - Fire Power

Enviado por Cuericaeno el Mié, 10/07/2013 - 22:52
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1. Rock and Roll Thunder (3:27)
2. Roller Coaster (3:31)
3. Eyes of Stone (5:07)
4. Hero (2:39)
5. Run in the Night (5:51)
6. White Steel (4:43)
7. Street Angel (4:35)
8. V8 Crash (3:02)

¡¿Es posible que nos falten vidas para acabarnos esto?! ¿Deberíamos considerarlo injusto, o garantía vitalicia de que siempre estaremos descubriendo? El saber no ocupa lugar, pero esta vez no es cuestión de espacio, ni en nuestro coco ni en nuestras estanterías, el problema es el tiempo. Somos mortales, y la música que elegimos amar no sólo no lo es, no sólo será tanto nuestra amiga como nuestra sepulturera, sino que es más grande de lo que podamos abarcar. Nos extinguiremos y quedarán filones por extraer de las entrañas del planeta Metal, sea cual sea el subgénero que elijamos del mismo, aunque nos empeñemos en (intentar) especializarnos en uno sólo. Centrándonos en el terreno que abordaremos líneas abajo, surge otra pregunta: ¡¿Inglaterra dio para tanto?!

Si en los estandartes romanos lucían con majestad esas siglas de SPQR, igual de proverbiales para muchos que me estéis leyendo fueron, son y serán aquellas iniciales que de alguna forma respondían también a las de una legión: NWOBHM. Ni dos chimpancés jugando al Scrabble hubieran creado algo más impronunciable y en principio tan feo, pero hoy inspira respeto esa cucharada de sopa de letras, por no decir que a muchos, como a mí, les recorre un grato escalofrío por el cogote cuando las lee, pues ellas solitas marcan cual coordenadas mágicas la era y enclave que vino a condensar lo más glorioso del Heavy: La New Wave of British Heavy Metal.

La gran pirámide del templo del Acero Británico, cuyo tamaño real no se puede discernir al haber quedado su base tan enterrada (ahí justo iremos en breve lamparilla en mano). Su cúspide es bien conocida, donde están esculpidas las figuras de la Doncella y el Sacerdote, pero no es menos satisfactorio dejar de vez en cuando aparcados a los faraones del cotarro para visitar catacumbas menos lujosas, y dejarse encandilar por la gloria que éstas encierran.

Relegados a la sombra de la inclemente criba, cayeron más que muchos. Ya en esa escena concreta, la sajona, su lista negra es interminable, y cada nombre de la misma que descubrimos y apuntamos en nuestro cuaderno de campo sirve como de invocación, pareciendo la banda resucitar por un momento para decirnos: “Nosotros también pertenecimos a aquello”. Preparen bien la pluma y ensayen el trazo primero en el aire, cuiden su caligrafía porque el nombre esta vez trae clase y mucha, la de una casa solariega o la de un buen vino.

En esta mi enésima operación de rescate no podía seguir dejando bajo los pobres haces del tamiz a Chateaux, el trío formado en la ciudad balneario de Cheltenham, vista en el mapa como un piercing en la comisura de la boca de Gran Bretaña. La ciudad donde nació Brian Jones de los Rolling fue la que en 1981 vería el alumbramiento de este terceto, que se unió a la insigne legión que respondía a las letritas de marras para enseñarnos su macarrismo seco y cortante, más a la vera del Hard Rock que del propio Heavy Metal, pero que a su vez ponía en relieve un talento injustamente olvidado. Y para eso estamos, para sacar a la luz esa valía.

Tras su LP debut Chained and Desperate del ’83 (precedido por el single Young Blood del año anterior), veo como mejor muestra traer el fruto de la inercia de una banda que auspiciada por un sello iba entrando con ganas en la escena, mejorando su propia receta con talento y tesón, con las ideas fijas, haciendo así posible una rasposa delicia como fue y es su segundo trabajo, aquél que aquí desgranaremos y que fue su honestísimo Fire Power de 1984. Obra para nada sobresaliente, pero que tiene algo más que encanto.

Krys Mason a la voz y al bajo, Tim Broughton a la guitarra y Chris Dadson a la percusión dieron forma a una propuesta que si bien no cuajó hasta el punto de hacerles un nombre en la escena es porque era muy genérica. Pero mucho cuidado con las malinterpretaciones, pues eso no es del todo un contra cuando se hace con arte, y si a ti te gusta el Rock ‘n’ Roll y te lo sirven de la forma más genuina y con calidad, nadie pidió al camarero originalidad sino un buen festín de buen menú tradicional. El trío no era un trío de ases, no estaban descubriendo la pólvora, sino mostrándonos con chulería una forma muy atractiva de prenderla, y no hay más. Heavy Metal con reminiscencias Hard, o Hard Rock a secas, lo que queráis (pues tiraban más a un lado o a otro según qué temas), lo que impera es que cada riff con el que nos siega las patillas Broughton es de una factura que no deja indiferente, pues nos hace masticarlo con deleite desde esa oxidada producción que le confirieron los Ebony Studios, más sin querer que queriendo, seguro, pero que le imprime a todo una aspereza extra que, al menos yo, agradezco. Las guitarras no sólo cortan, sino que te transmiten el tétano. Mucha precaución, niños.

El veloz tema de arranque (Rock and Roll Thunder) muestra ya las ganas, sobre todo de un Mason al micro que lo vive, pero cuando entra ese guitarreo juguetón con el que abren Roller Coaster, con regusto a ese Hard americano de carretera del que tampoco se pudieron resistir los Priest en su Point of Entry, Chateaux acaparan la atención por su buen hacer. Aunque no estemos ante deidades ocultas del movimiento, su hardrockeo enamora lo suyo. Pero aún no hemos acabado en el campo de “riff de apertura”, y es que entrando en el lado más heavy, más oscuro y menos gamberro del trío, como inicia precisamente Eyes of Stone, ese riff-melodía que servirá de base a los versos de Kris es también para prestarle atención y mucha. Sabían trabajar el embrujo en su track más tétrico.

Y ya ahondando en el ámbito óxido que ya comenté, qué me dicen de esas seis cuerdas como seis cuchillas herrumbrosas que aletean felices en Hero. Ahí se vuelve loco por primera vez el bueno de Broughton en el solo de rigor, mientras que las maneras y el breve metraje del tema nos vienen a mostrar de forma perfecta cómo funcionaban los cheltonianos, con la espontaneidad y la inmediatez como principales directrices.

Run in the Night ya sube el nivel de chuleo a cotas ya prohibitivas, y es que antes de que las guitarras asomen el clavijero, esa base tan de los ZZ Top del Eliminator no puede traernos otra cosa que no sea algo realmente vacileta, con esa complicidad y ese magnetismo del Hard más pícaro aunque no carente de clase. Y es que clase tenían éstos y un rato, pero no sólo en su nombre, pues pese al aire ramplón con el que manejaba el hacha Broughton para sus riffs de Rock ceñudo, él y el resto tenían un buen gusto y un garbo incontestables. Este Run in the Night no sólo era la mejor muestra de ello, sino que es el primer corte que verdaderamente destaca, porque es hasta adictivo, sobre todo ya no ese riffeo general tan condenadamente metálico, sino ese bridge al estribillo, donde también está acertadísimo el cantante. Los solos también son dignos de mención, como casi todo lo que engloba el track, y es que éste se las trae con lo primario que es el maldito. Es como si a los Victory de un entonces nonato Temples of Gold se les diera un afilado extra, hasta pasar a ser puro material quirúrgico. Aunque nada avalado por las autoridades sanitarias.

La segadora Broughton sube sus revoluciones para White Steel, y a su vez un Kris Mason nos muestra que aunque no posee una garganta prodigiosa (aquí en concreto sufre un poco en los tonos altos), tiene ese “algo” que por ejemplo Chris English, frontman de los también ingleses Wolf, también tenía, ese feeling que lo hace disfrutable, el amateurismo valiente que pone toda la carne en el asador y al final encaja en la pasional música que lo rodea.

No nos alejamos todavía del sector adictivo del disco, el Ángel Callejero nos visita con sus andares macarras y es que es para comérselo al muy pillo. Street Angel pisa fuerte y nos brinda el registro donde está más a gusto el cantante y con el que mejor suena, con esa ronquera en rango medio con la que le pasa la escofina a todo para que tenga su acabado idóneo. Más riffeo para mecer la cerviz, para luego cerrar el disco de la misma forma en que lo abrieron, con otro sprint esta vez llamado V8 Crash, Rock ‘n’ Roll espídico para quemar neumáticos y despedir la poco más de media hora que reúnen los ocho temas de este Fire Power. Al grano y sin excesiva tramoya, así trabajaban su espectáculo los Chateaux.

Después de este LP la banda sacaría al año siguiente el que sería su último álbum, Highly Strung, y tras él, pues lo que desgraciadamente les pasó a tantos, la extinción y el resultante olvido. En 2003 Sanctuary Records lanzaría un recopilatorio titulado Fight to the Last! The Anthology, y ése fue el último vestigio del paso de estos cheltonianos por la escena de la tan prolífica NWOBHM. Cinco años de vida les otorgó la escena, un lustro de prueba bajo los bigotes de Metallian, pero Chateaux no llegaron ni a semifinales. Una lástima.

Queda comentar la portada, exótica y alucinante, pues tiene la desfachatez de mezclarte a Mad Max con El Jardín de las Delicias. Menudo surtido Cuétara. Este artwork no tendría explicación alguna si no supiéramos lo afín que es a su época al beber de aquellos paisajes epicofuturistas de comics para adultos tipo 1984. Entrañable. Y es que, con una portada y un logo así, ¡¿quién se resiste?!, sólo aquél que no sepa de qué va esto del ‘heavy’.

Mi reivindicación no es precisamente la de poner a esta banda en los altares, pues tenían sus carencias, pero no deja de ser injusto que tengamos que escarbar tanto para toparnos con bocados tan apetitosos como Roller Coaster, Run in the Night o Street Angel, aunque al fin y al cabo esa inaccesibilidad es la que le suma encanto al mundo del Heavy. Disfrutemos de esto con calma, porque nunca nos lo acabaremos. Al menos en esta vida.

Propongo un brindis, con Château d’Garrafôn, por lo grande que es el Metal y lo pequeños que somos nosotros.

Krys Mason: Voz, Bajo y Bass Pedals
Tim Broughton: Guitarras
Chris Dadson: Batería

Sello
Ebony Records