Celtic Frost - Monotheist

Enviado por Cuericaeno el Vie, 21/08/2015 - 16:22
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1. Progeny (5:02)
2. Ground (3:55)
3. A Dying God Coming into Human Flesh (5:38)
4. Drown in Ashes (4:23)
5. Os Abysmi Vel Daath (6:41)
6. Obscured (7:05)
7. Domain of Decay (4:36)
8. Ain Elohim (7:33)
Triptych:
9. Totengott (4:27)
10. Synagoga Satanae (14:23)
11. Winter (Requiem, Chapter Three: Finale) (instrumental) (4:34)

Nada menos que 13 años después de su muerte clínica, resucitó. Como si resurgiera de la misma escarcha que le dio nombre, emergiendo de los hielos después de mucho tiempo como hiciera “La Cosa” de John Carpenter, y dispuesto como ésta a no dejar, una vez más, títere con cabeza. No sin antes adoptar otra forma, como también haría la criatura en cuestión, y como siempre hicieron ellos, los soberanos y eternos CELTIC FROST.

La semilla que a inicios de los ’80 plantaran los suizos brotó en manos de otros mediante concepciones variadas, y muchas muy eficientes, dando lugar al Death Metal y demás vertientes enmarcadas en lo que conocemos como ‘Metal Extremo’. Pero conforme la cosa siguió transformándose, desde finales de los ’90 en adelante algo se perdió en el camino, y ese “algo” era sin duda la capacidad de dar miedo e infligir angustia que sólo irradiaban los verdaderos inventores de ese arte en la música, por lo que las generaciones deudoras del sonido de los FROST acabaron con el tiempo transformando su propia herencia en algo completamente inofensivo, y carente de esa profundidad abismal que plasmarían los que antaño gobernaran las sombras con garra de hierro.

Recuperar ese “algo” en pleno siglo XXI revestía ya la misma dificultad que intentar clonar una especie extinta. Nadie del presente podía, eso sólo estaba al alcance de los dioses del pasado, de los Primigenios del movimiento, de aquéllos que en épocas pretéritas lograron reencarnar en música al verdadero terror. ‘Clásicos Maestros del Horror’ como Thomas Gabriel Fischer y Martin Eric Ain retornaron como fantasmas en una época que en principio no les pertenecía, como viejos vampiros que durante años de travesía escondidos en su Demeter particular, se fueron fortaleciendo y transformando a medida que se nutrían de los propios estratos de su era triunfal, en la que fueron enterrados en vida hasta tomar el año 2006 como puerto de atraque, para dominar de nuevo, vertiendo una nueva receta del escalofrío sobre nuestras nucas sin que esa fórmula perdiera su esencia primaria, pese a advenir con otra praxis.

Por ello, los que en 2006 aplaudieron el retorno de la banda de Thomas Gabriel Fischer pero luego se sintieron decepcionados (o traicionados) al comprobar que lo que sonaba en Monotheist no eran los FROST del Morbid Tales o el To Mega Therion, es que andaban más perdidos que el que fue a la Antártida en camiseta de tirantas, pues eso es desconocer absolutamente la historia y la naturaleza misma de la banda. Si a los JUDAS PRIEST de hoy les pides que hagan a estas alturas otro Sin After Sin, mi obligación moral es la de obsequiarte con un folio nuevecito y un puñado de lápices de colores Alpino, para que disfrutes creando y aprendas jugando, tumbado bocabajo en el suelo de tu salón.

Fraguada durante 3 años, Monotheist es una obra que no por la lentitud y mimo con la que fue dada forma quiere decir que en ella nos topemos con las partituras y arreglos más complejos, sino con el fruto de la búsqueda del máximo impacto mediante la más mínima expresión. Muchos de los grandes pintores, cuando lograban la perfección y ya no quedaban secretos para ellos, empezaban a desandar el camino, deshacían hasta llegar a las justas pinceladas que necesitaban para plasmar lo que querían. Era cuando el verdadero maestro sabía qué sobraba de todo el conjunto, de qué prescindir sin que con los lastres se fuera la esencia de lo que buscaba. En el lienzo de Monotheist sólo está lo que debe estar, mediante un nuevo lenguaje personal en el que Fischer y Ain cambiaban el pincel por la espátula para mostrar otra cara más de las varias que adquirió el monstruo frostiano, siendo ésta una de las veces en las que la bestia no perdía su maligno aura ni su densa sombra de antaño.

Ni su profundidad. Aún más profundidad si cabe cuando nos centramos ya no sólo en su música sino en sus textos, pues si a primera escucha tal vez uno no note el exhaustivo trabajo que hubo detrás de este disco de 2006, igual éste lo refleja también en su completísimo libreto, donde además de que vemos extendido el escalofriante artwork de pinturas negras hibridadas entre lo humano, lo animal y lo demoníaco (fiel plasmación visual de lo que nuestros oídos “verán”), y tras esa primera hoja donde nos topamos con la impactantemente regia reinvención y mejora del logo de la banda (ese Azazel-Heptagram, esta vez infundiendo más respeto cual emblema de una logia satánica), en sus páginas se explica muy detalladamente el contenido filosófico y teológico de sus letras (escritas prácticamente en su totalidad por los dos gurús del grupo, Fischer y Ain), haciéndonos llegar sus diversas influencias literarias, que van desde Crowley o Vladimir Jankélévitch hasta los mismísimos Manuscritos del Mar Muerto. Poesía muy madura, que mediante ristras de sonoras y elevadas consignas metafísicas sobre el ser, la oscuridad, el vacío y la muerte, cumple con esa profundidad disfrazada de sobriedad que emana la música que la escolta.

Y a la música vamos, sabiendo en ésta desde el principio, desde las dos moles que encabezan el listado como son las brutales Progeny (¡cómo truenan de nuevo esos ‘Uh!’ antediluvianos!) y Ground (con qué rancio desdén late ese bajo de Ain), a qué nos ateníamos en el momento en que asomábamos las narices a la boca del volcán que habían despertado Fischer y su caterva. Aunque hay que matizar que aunque tosco a grosso modo, Monotheist no deja de mostrar cierta heterogeneidad, como aquel Into the Pandemonium pero mucho mejor medido todo en tal aspecto, sin que su eclecticismo llegue a chirriar tanto como a veces pasaba en el disco del ’87 (no por ello niego su grandeza, obvio). Así que las tesituras cambian de cuando en cuando, aportando ambientes más que interesantes como el que traen las voces femeninas en temas como Drown in Ashes, donde el precioso timbre de Lisa Middlehauve canta paralelo al recitar de Fischer; o cuando Ain limpia su registro para con Fischer también al micro someternos a hipnosis en la tremenda A Dying God Coming into Human Flesh, hipnosis de la que nos despiertan los hachazos subafinados que en el mismo tema caerán sobre nosotros.

A estas alturas de la película terminamos de captar las premisas exactas de esta obra, entre ellas la de buscar tanto en composición y ejecución como en la misma producción, aumentar el tamaño, la aspereza y la mueca intimidatoria que ya tuvieran sus himnos más sagrados del pasado, tanto en ese sonido de las seis cuerdas, titánico y herrumbroso como un acorazado que llevara décadas hundido y hoy lo sacaran a flote, como en aquello que la edad legó a Fischer y Ain, tanto en experiencia artística para interpretar con cada vez más mala leche como en lo meramente físico. Por esto último, díganme si no es de agradecer que los años hayan hecho de los timbres de ambos artistas algo mucho más monstruoso y de ultratumba que en sus “años mozos”, que Thomas haya criado ese cuello de cañón Gustav para ya terminar de ser uno de los tenores más insignes del reino de los muertos (el efecto Rob Halford llevado a terrenos más oscuros). En esa inclinación por el colosalismo, por desplegar semejante maquinaria bélica, CELTIC FROST supieron crear verdaderas montañas andantes de furia y distorsión en este su canto de cisne.

Os Abysmi Vel Daath hace honor a su nombre al abrir ante el oyente un mayúsculo abismo bastante creíble, creando en nosotros una sensación de verdadera desolación que contrasta con el siguiente corte, que no es otro que la emocionante Obscured. Aquí surge para mí el primer gran momento del trabajo, pues entre otras cosas, y volviendo a aquello del “menos es más” que parece ser la máxima de esta obra, me pregunto: ¿Cómo diablos se puede crear con esa lastimera melodía de guitarra tanta profundidad y sentimiento? Es como lograr construir la Gruta de las Maravillas amasando en barro 4 cochinas estalactitas, pues tan sólo 4 malditas notas son las que cuento ahí, prolongadas con esa moribunda parsimonia, siendo dos de ellas fundidas con un bend tan sutil como arrebatadoramente notorio. Y eficaz. Eficaz a la hora de escarbar en nosotros muy hondo a través de esa melodía citada, que servirá de timón para un estribillo cantado a dos voces y a “dos sexos” (aquí vuelve Lisa a sus andadas), que desde su absoluta belleza y su elegancia gótica, aun así no incumple la norma de tenebrosidad presente en cada segundo de este Monotheist.

El Infierno se desborda de nuevo en Domain of Decay, siendo éste y el arrollador basilisco que es Ain Elohim (atentos a la descomunal apoteosis de degradación con la que este último se despide) los temas que preceden al Tríptico…

Y aquí es cuando ya definitivamente toca clavar las rótulas en el suelo que ahora estés pisando, tú que me lees, pues si durante la reseña yo hacía tanto hincapié en aquello de que nadie salvo Los Antiguos era capaz de infundir el más intenso temor y desasosiego mediante su música, además de ese otro aspecto capital en esta obra que es lo de “menos es más”, ninguna de las dos cosas las decía en sentido figurado ni mucho menos. Y la más irrefutable prueba de ello está en la espeluznante Totengott (“Dios de la Muerte” en alemán).

Siendo un corte meramente ambiental, en Totengott tan sólo contamos con dos elementos, una rudimentaria y parca base programada a cargo de Fischer, y un micrófono encendido frente al hocico de Martin Eric Ain. Ya sólo con eso la tenemos liada. Para los restos. Ahí como de fondo, y chutado con una dosis letal de distorsión y reverb, Ain lleva el clásico ‘shriek’ del Black Metal a un nivel de retorcimiento, delirio y deshumanización muy pocas veces (o nunca) escuchado desde que Quorthon pegara el primer graznido allá por el ’84 (ese “decay” o ”creator of corpses” criogenizan la sangre del más machote). Si uno se recrea en cada condenada sílaba con la que esta suerte de orco poseso “arroja su oscura sombra sobre la luz de tu ser” (con ese sinfín de matices que crascita el condenado, al cual más creativo y escalofriante), y a la vez uno capta y se adentra en la brillante prosa que recrea esa frontera espiritual entre la vida y ese algo tan oscuro y sin forma que ahí parece esperarnos, es cuando uno se da cuenta de cómo logra esta pieza algo tan difícil, casi imposible en pleno siglo XXI, como es aquello que las salas de cine intentan transmitir con su tramoya de flashes y golpes de orquesta sobre un hoy anestesiado público: El ancestral arte de acojonar al respetable. Totengott lo logra sin proyectar una sola imagen (que no sea mental) ni jugando con la ruleta del volumen, tan sólo con el audio y muy de fondo, sin abalanzarse sobre ti, sino, más difícil todavía, tú inclinándote hacia él, hacia el filo de lo inimaginable, hacia el más perturbador de los submundos. Al mismo tiempo, podemos llegar también a la siguiente conclusión: Sin la más ínfima partícula de duda, Totengott puede y con orgullo autoproclamarse el Triumph of Death del siglo XXI, así tranquilamente.

Pero a lo mejor ni lo es y todo, ojo; puedes pensar que no, por aquello de que suena algo Industrial y alejado del sonido clásico de los suizos, o porque no da tanto miedo, o porque todo es subjetivo en la música, ¿no? Claro, hasta que te sometes al accidental experimento de que esta pista 9 una noche te aborde vía auriculares mientras estás tumbado en la cama con las luces apagadas, y es entonces, sólo entonces, cuando aquello ocurre. Pero aquello que ocurre no es nada metafísico, es algo muy mundano, y cuando lo sientes, tu madurez y experiencia en esta vida y este mundo te hace descartar que un gas pese tanto o lleve cáscara, por ello sabes que: Te acabas de cagar encima. Y como “el algodón (de los calzoncillos) no engaña”, no hay mejor prueba que ésa para constatar que ese tipo de cosas: Sólo las traen los verdaderos Dioses de las Tinieblas. Nadie más sino Ellos.

La segunda tabla de este bosquiano Tríptico se llama Synagoga Satanae, casi un cuarto de hora de Doom de ése indigesto para oídos poco curtidos en la materia, donde “el Tío Tom” se desgañita como muy pocas veces le habremos oído, mientras se embute entre esos vertidos de hormigón bien armado que son las guitarras de Fischer y Unala, que de saturadas en distorsión que están, rechinan cual si de pura grava estuvieran hechos sus riffs, densos, broncos, que sepultan al oyente. Cuando culmina, tu esqueleto ya forma parte del encofrado que cimienta a esta sinagoga satánica.

Cerrando este catedralicio tridente y a su vez la obra, Winter (Requiem, Chapter Three: Finale) es un bellísimo instrumental que Fischer compuso en 2001 por medio de un sintetizador Yamaha, y que con los años fue cambiándolo de formato hasta que aquí logró otorgarle su anhelada transfiguración a una orquesta de cuerda, consiguiendo un resultado que realmente sobrecoge por su absoluta belleza, y que además de dejarte al terminar la tan placentera sensación como de haber asistido a una gran Ópera, a su vez pone de manifiesto como nunca la clase de genio con mayúsculas que es Fischer. Winter es un réquiem en toda regla tal y como apunta su propio subtítulo, y la tercera parte de una trilogía que antaño comenzara en el corte Rex Irae del Into the Pandemonium (1987, ha llovido), primera parte de la misma, dejando “Warrior” en el libreto de este compacto que nos ocupa abierta la posibilidad de que sea creada la segunda parte, la que falta, en una hipotética reunión de CELTIC FROST. Ha pasado casi una década de aquello, ¿algún día será completada la trilogía?

Logre o no terminar su propio réquiem (esto me suena a algo), al menos la banda tuvo tras su descanso otra vía en la que de alguna forma parecía seguir viviendo, encarnada esta vez en el proyecto en solitario que tiene actualmente Fischer, llamado TRIPTYKON, con parámetros prácticamente idénticos a lo último que se firmó bajo el nombre de CELTIC FROST, que es este grandioso Monotheist que a día de hoy queda como el último disco de la banda suiza, y para muchos, su última obra maestra.

En la primera hoja del libreto, junto al Azazel-Heptagram reza una frase: Nihil verum nisi mors, traducción al latín de aquella consigna, aquel lema que desde los tiempos en que el combo suizo se hacía llamar HELLHAMMER, fue grito de guerra de éstos para encabezar la causa que condujo a los fieles de esta deliciosa nigromancia hecha acordes, que es el Metal extremo. Bien si alguna vez vuelven o si nunca lo harán, está claro que CELTIC FROST no pudieron despedirse de mejor forma que con este soberbio álbum; así que dejémonos de conjeturas y quedémonos con lo únicamente verdadero: ONLY DEATH IS REAL.

Thomas Gabriel Fischer: Voz, Guitarra, Programación
Martin Eric Ain: Bajo, Voz, Efectos
Erol Unala: Guitarra, Programación
Franco Sesa: Batería, Percusión

Sello
Century Media Records