Carnage - Infestation of Evil

Enviado por Cuericaeno el Sáb, 28/01/2012 - 16:09
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1969

1. Torn Apart (4:46)
2. Infestation of Evil (4:55)

Crujientes, crujientes… Las demo tapes del underground extremo, tesoro maldito, santuario de carátulas en blanco y negro, de sonido cascado y naturaleza esquiva, arisca tanto en lo material por no ser hoy fáciles de atrapar como en lo estrictamente musical por no ser plato de buen gusto para cualquier paladar, avisando de ello con su calavera de rigor en el frente como lo hace el frasco de veneno o el bidón de productos nocivos. Exentas de controles de calidad y dotadas del reconocimiento que justamente necesitan, blasfemas en la medida en que quieren, libres aunque grabadas con el esfuerzo y la posterior incertidumbre de si éstas iban a llegar lejos o no en su inesperada ruta. Y sobre todo, como dije al principio, crujientes, y siseantes cual réspedes, o cual gigantesco reloj de arena cuyo contenido cae y cae en sempiterno susurro, detalle que tampoco es muy deseable según qué oídos.

Cada cual mantiene su respetable postura del tema en eso último, pues esto de la música es arte y en menor medida disfrute, y no necesitamos poner expresión de interés ante un cuadro que no entiendes ni quieres entender. El crujir del entorno maquetero es gusto de unos pocos locos, y cuanto más extrema sea la vertiente que estemos tratando, aquello se puede convertir en un fiel aliado para completar el ambiente que plasma la música, llegando a ser un excelente potenciador de atmósferas malsanas, garantizando un resultado de apariencia psicofónica que hace a la obra única. Sin sacar al oso de su caverna, ni al fósil de su estrato.

No sin ya haberse ganado mi simpatía ese sonido de freiduría por medio de las más tempranas producciones de los grandes del Thrash germano, fue precisamente en el ámbito del Death de vieja escuela cuando le encontré más sentido aún a esa polvorienta aureola.

Fue cuando empecé a ir más allá de lo que en un principio significaba para mí Suecia en materia de Metal extremo. El ‘sonido Goteborg’ de At the Gates, In Flames y Dark Tranquillity era lo primero con lo que asociaba a ese país y su Metal, y no fue hasta entonces cuando hundí mi curiosidad en sus titánicos y tiránicos antecesores, los primeros rugidos que estremecieron Escandinavia, en respuesta a aquellos otros bramidos que trajeron los vientos del Atlántico desde el otro lado de la orbe.

La Old School of Swedish Death Metal fue la que me mostró el lado épico del Death, el exótico paisaje y clima (where no life dwells, diría Unleashed), hermosamente desapacible, que había detrás de la propia brutalidad, aderezado todo ello con esa bacteria erosiva del sonido de sus demos, que le daban el envejecido idóneo cual betún de Judea, ungiendo su porosidad con personales pinturas de guerra. Nihilist y Grave jugaron un papel muy importante para impartirme esa verdad que permanece oculta a las primeras escuchas, pero los que me despertaron definitivamente ante eso, los que destaponaron mis oídos y abrieron mi mente desde la primera oída, fueron sin duda Carnage con sus primeras maquetas.

Sólo dos, sí, pero vaya par. The Day Man Lost… (Enero 1989), la de la explosión nuclear en la carátula (de menos megatones que lo que guardaba tras de sí), continuando por obligada inercia con su segunda cinta, la crudamente escabiosa Infestation of Evil (Noviembre 1989), la misma que embiste y sangra, la que aquí desempolvaremos para catarla como es debido como buenos sommeliers y en nuestro paladeo valorar hasta sus impurezas, ínfimas por gozar de mejor sonido este casete respecto al anterior, pero que están ahí y son los materiales en suspensión con los que se purga y el fitoplancton muerto con el que se nutre esta grotesca criatura abisal.

El pasado de Michael Amott, alto mando y fundador de esta banda junto con el growler Johan Liiva en 1988, dista mucho de lo que actualmente se conoce de él por medio de las hoy estrellas Arch Enemy. En esta incursión a las profundidades no encontraremos ni un ápice de ese Heavy/Thrash con influjo neoclásico que practica en el siglo actual con su hermano Christopher, pues aquí nos sumergimos en la era cavernícola del diestro hacha sajón, dos años antes de que prestara sus servicios en Carcass. Eso sí, aunque energúmena, su propuesta aquí no dejaba de emanar esa clase que indiscutiblemente ha poseído desde siempre, hasta en los fraseos más abruptos que podremos experimentar aquí.

Honda impresión me causó el avance humeante, sofocante, de Torn Apart (“desgarrado”, “destrozado”), de gran masa y resonancia, resonancia sobre todo por la voz de Liiva y su eco de bestia cavernaria. Los insistentes destellos del ride de Fred Estby se asemejan a la campana de esa locomotora que aquí nos parece pasar por encima, tapizando las traviesas con nuestros despojos. Todo el desarrollo de la pieza es apasionante, incluso ese fogonazo que nos sobresalta impactando en primer plano como sin venir a qué [1:29], con ese entrañable sonido arcade (estamos en pleno ocaso de la era de los 8 bits), pero que da su buen toque efectista en el insalubre y hostil medio que aquí nos arrastra.

Lo más destacable es el solo de guitarra del jefazo Mike Amott, que deja gotear de su púa ese innato señorío y clase imperial de la que antes hablábamos; ya que más que cumplir con el concepto de desgarro que reza el título, Mike pincela un lóbrego pero bello castel encantado en los sobrios esquemas de su lead break, que luego retuerce cual fuste salomónico hasta darle muerte. Y es entonces cuando viviremos otro punto álgido con la llegada de nada menos que la Unidad de Caballería Pesada (genial Fred Estby ahí), tomando su marcha visos de hazaña homérica.

Turbador el magnetismo de ese mórbido crepúsculo que prende perezoso en el 2:51, teleportado a las teclas desde quién sabe qué dimensión o exoplaneta. Es la primera incursión de los teclados, primera de dos fugaces proyecciones que hará este instrumento en toda la demo, como una aparición, dando su mensaje escueto a los vivos para pronto desvanecerse. El justo toque maestro de ambientación para prologar a esa melodía tan evocadora que punteará Amott, jurando y cumpliendo fidelidad con la pesadilla que ha de plasmar, pues en la portada de esta cinta no vemos pintada exactamente una paloma blanca con una flor en el pico, ¿verdad?

¡¿Y es que acaso alguien se puede resistir a esa portada?! Brillante fantasmagoría, de una fuerza iconográfica tremenda, abrumadora, que me tiene enamorado pese a su trazo casi rupestre: Esos rostros de muerte, cadáveres vivientes o espectros (según diga cada testigo), el sutil cariz dramático de su expresión dentro de lo siniestro y el blanco absoluto de sus miradas minando las alturas, reclamando quién sabe qué, y mejor no averiguarlo. El blanco y negro al poder, amigos y amigas, medio y soporte perfecto para semejante teleplastia, una de las imágenes más arquetípicas para mí en el underground del Death sueco, y de toda la Old School maquetera a nivel mundial.

Morador de la segunda cara, el corte Infestation of Evil no puede lucir mejor bandera que ésa, ni bucear en un medio más afín a su condición como el que aquí sesea cual gases volcánicos, pues el nivel de ruido está en su punto óptimo de saturación para crear en su música la más idónea textura, la del craterado Mercurio, que hace terminar de discernirla como el monstruo que sin duda es. Esa capa pulverulenta, adherida al caparazón de esta criatura antediluviana, la acompaña en sus profundidades.

Hiela el alma ese cortante jadeo del platillo de Estby como pistoletazo de salida, justo antes de que los teclados vuelvan en cumplimiento de su último cometido para el cual dos segundos les basta, uno por cada balanceo de batuta con el que dará entrada a la Orquesta Piroclástica de Estocolmo. Y ahí ya es cuando tenemos que empezar a esquivar las coladas de lava que derramarán de su foso, bien canalizadas por la robusta base que labran Dordevic y Estby con sus respectivas herramientas. La canción nos precipita por su talud, y dejarse llevar por ese trote y su rechinar rocoso es toda una experiencia, como lo es ese riff estertóreo del 1:07, sacudido con nervio, y firme ante la tempestad de la que es parte. Lunáticos los arranques de Amott con sus solos, que los enciende como si fueran bengalas y nos intimida con ellos bajo el influjo de un efecto de pedal de ciencia-ficción, como el que asusta a una fiera con una antorcha. Bien entrada la segunda mitad, a partir del 3:07 en adelante, es cuando acontecen los momentos más épicos de la pieza, y todo ello gracias al tremolo picking y su ya conocida virtud de despertar plagas. Aquí no es para menos, donde ceñidos bandos rasantes de notas dibujarán pomposos y amenazantes cirros de música, hasta que quedemos atrapados en las arenas movedizas de ese pútrido rugido que subrayará los últimos pasos de esta Infestación de Maldad que da nombre y fin a la demo, terminando Liiva de degradar la resquebrajada corteza de la música con esa inmersión de su hocico y colmillos en el limo, como un condenado jabato, y el eco de su asqueroso gruñido como última huella en el audio.

Sin más. Dos canciones, dos cortes, dos furias, cada una en una cara de la cinta, en jaulas separadas para que no se devorasen mutuamente, y gestadas con medios caseros en una casa cualquiera de la vieja ciudad de Växjö. Lo curioso es que la demo se iba a llamar “Kill Your Master”, pero estos muchachos cambiaron de idea bien fuera antes, durante o al ver el resultado final de la grabación, percibiendo que “tenía un trasfondo más diabólico” (según palabras de Johan Liiva en una entrevista). Justo quizá como hizo Nietzsche con su “Anticristo”, cuya redacción se fue radicalizando conforme su autor se iba volviendo majara, hasta que éste tachó a última hora el subtítulo inicial de “Transvaloración de Todos los Valores” y lo cambió por uno más… cañero: “Maldición Sobre el Cristianismo” (ahora sí, superhombre. Ya te puedes morir). Volviendo a los suecos, el cambio de nombre de su demo también se entiende vista la fantasmogénesis resultante, esa especie de impregnación que quedó en aquella grabación magnetofónica del año 1989 del pasado siglo.

Me es un placer abordar la obra, pequeña gran obra, que definitivamente me convirtió a la causa inoculándome esa grata enfermedad llamada Death Metal, ya que no hace falta que el cacharro posea diez canciones ni que haya sido lanzado por un sello de nombre, sino aquello puede ser en apariencia tan minúsculo como la mosca tse-tse o el parásito Plasmodium Malariae para poder transmitir su mal con éxito. Pocos son aunque nada cobardes los dos únicos temas que nos encontraremos en este tóxico agente sonoro llamado Infestation of Evil, que lleva macerando en su lóbrega bodega desde 1989 y que cada vez que es turbado de su sueño por aquéllos que rebuscan en el vasto universo de las demo casetes, sigue aún hoy resultando tan enfermizo, crujiente y pujante como cuando justo fue concebido, sin olvidar el adjetivo de ‘señorial’ que completa su escamoso aunque ilustre talle. No hay perspectiva a la redonda ni habrá distancia en el tiempo que en un futuro logre vislumbrar el más mínimo matiz de inocencia u obsolescencia en el porte o práctica de esta demo, todo un referente que atestigua que con música se puede sembrar oscuridad y extraer sólido fruto de ella, un fruto además imperecedero.

Junto con el también breve pero abismal single Spring of Recovery de los fineses Adramelech, este Infestation of Evil es uno de los primerísimos trabajos de Death Metal Old School a los que le presté verdadera atención por parecerme realmente reveladores, siendo los de Estocolmo uno de los pioneros en enseñarme y demostrarme, hasta verdaderamente hacérmelo creer y comprender, la prodigiosa maravilla, el milagro que encierra en su cáscara esta rama del Metal, la que oculta en la maleza de su cenagoso hábitat los horribles bulbos de los que pocos saben extraer su miel, amarga pero provista de propiedades mágicas que te conceden la percepción de discernir, valorar y disfrutar la Música desde la naturaleza más monstruosa en que pudo ser concebida. Otro oído para descifrar la cacofonía, otro prisma para avistar lo ignoto. La lente roja que permite ver más allá de toda esa sangre teatral que baña el género.

Después de esto vino el bombazo, el larga duración Dark Recollections (1990), un clásico, una obra maestra, uno de los pilares de la escena Death sueca y eso nadie puede ponerlo en duda; pero nunca poseerá ese grumoso, costroso hervor que baña la grabación de esta mísera pareja de canciones que hemos visitado aquí, que juntas no llegan ni a los diez minutos pero proyectan su espectro con la majestuosidad que les corresponde, que no es poca.

Lo maravilloso que tiene el más vetusto Death Metal es que sigue regente sin fama ni dádivas, y la gran prueba de ello es que muchas de sus grandes agrupaciones no llegaron, igual que Carnage, más allá de su LP debut (e incluso muchas no llegaron ni a eso), y aún así sus nombres siguen pronunciándose con orgullo en los círculos, aún latentes, a los que pertenecieron en vida. El Death Metal es como aquella pequeña aldea gala que ilustró Uderzo, que sin ser nación ni reino, vencía, e infundía respeto.

Y a los que aún les espesa este culto al bramido y la carnaza pero algo de él os llama, deciros que para eso están esas bandejas de degustación que concede el planeta Demos, que dan la opción de seguir dándole oportunidades a un subgénero innegablemente proverbial (y todos lo sabemos) sin necesidad de “soportar” un LP completo (tiempo al tiempo), sino picando previamente una carta de mefíticos canapés como éste que os serví, de ‘hojaldre fósil con necroplasma a las finas nieblas de fangoso humedal sueco’.

A mí me gustan muy tostados, oiga, que crujan…

Johan Liiva (Axelsson): Voz
Michael Amott: Guitarras
Johnny Dordevic: Bajo
Fred Estby: Batería

Sello
autoeditado/independiente