Boris - Pink

Enviado por Heartbolt el Mar, 28/04/2020 - 17:39
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1. Farewell (決別)
2. Pink
3. Woman on the Screen (スクリーンの女)
4. Nothing Special (別になんでもない)
5. Blackout (ブラックアウト)
6. Electric
7. Pseudo-Bread (偽ブレッド)
8. Afterburner (ぬるい炎)
9. Six, Three Times (6を3つ)
10. My Machine
11. Just Abandoned Myself (俺を捨てたところ)

BORIS es un trío muy curioso. No a demasiada gente cautivan, pero a quienes logran embelesar con sus ambientaciones psicodélicas y ruidosas y sus secciones más explosivas y propias del Stoner Rock les resultan extremadamente disfrutables. Es como todo; habrá quienes no disfrutarán del Doom Metal por determinadas percepciones, del Death Metal por la voz gutural, del Black por la temática o hasta del Rock en sí por no comprenderlo. Afortunadamente, hoy nos hallaremos con un punto de encuentro para darle a estos tres japoneses el lugar que se merecen, o más bien el que, con esfuerzo, se han ganado desde hace más de veinticinco años.

El estilo de la triada nipona es reconocible, lo identificas fácilmente, pues si bien han incursionado en millones de terrenos su sello, su marca, la nota que dejan después del asalto es siempre la misma. Takeshi, Atsuo, la sensual y desgarradora Wata… todos ellos son la más clara representación de la música que no entiende de fronteras, ahondando en tesituras experimentales, vanguardistas y progresivas, a la vez que dan rienda suelta a un Stoner/Sludge (como buenos hijos de MELVINS) rockero, ruidoso y muy corrosivo. Éstas son acaso una o dos razones para ponerse con BORIS y degustarlos, si es que todavía, por cualquier razón, no los conoces.

Su discografía es extensa, enmarañada y no apta incluso para muchos de sus seguidores. Esta gente pasa, de un modo comprensible y sumamente analítico, de género a género, avanzando de unos inicios más Drone/Avant-Garde a discos de naturaleza Hard Rock ambiental, letárgico y estridente en sus últimas producciones. Sin embargo, existe un disco entre todo su catálogo que reluce más que el resto, resguardando una magia incomprensible pero que de todos modos impresiona y te acerca a ellos: Pink (2005).

BORIS es un universo en su totalidad, con una variedad de tónicas y matices que continuamente los mantiene alejados de una etiqueta o casilla de la que no se mueven. Para Wata, hoy en día toda una señora, fue imposible controlar esas inquietudes musicales que la llevaron a construir armónicos pasajes de ensueño y a la vez de pesadillas. De igual modo acaeció con Takeshi y Atsuo, que exploraron cuanto estilo pudieron en cada lanzamiento. Pink, muy inteligentemente, actúa como esa “California del delirio” para que el visionario tripartito alcanzase un cenit compositivo todavía más osado que el pináculo de Feedbacker (2003), llegando a construir lo que resulta para este servidor de lo más inspirado e hipnotizante que alguna vez hicieron en toda su vasta trayectoria.

¿BORIS son unos amantes de ciertas sustancias musicales cuasi estupefacientes? ¡Por supuesto! Pero, imagínense que a esa naturaleza psicodélica-hendrixniana de la más ruidosa se le suma, como ya veníamos observando en sus trabajos, una atmósfera totalmente etérea y espacial, pero a la vez disonantemente melódica y fortuitamente rocanrolera. Pink colisiona con nosotros, trayendo consigo una carga musical que es para admirar, pues asombran esas guitarras imparables, total y absolutamente distorsionadas, pero que a su vez resultan tan apacibles como los aullidos de un león que ha perdido los sentidos.

Álbum que revoluciona tus sentimientos.

Para ser un décimo trabajo, Pink no lo parece en absoluto. BORIS es una jugosa tripleta que se preocupa eternamente por dar una renovada imagen de sí a cada zarpada, así colaboren como quien sea. Para nuestro íntimo regocijo, Pink nos regala a los BORIS como los de las películas japonesas de Takashi Miike: retumbando lo que creías horríficamente desconocido. A continuación, tras la carta de presentación, Farewell (“despedida”), Pink irá desenvolviéndose en una multitud de capas impresionantes pero que pertenecen todas a los mismos tres engendros que no se detienen a deliberar sobre siete minutos del Shoegaze más risueño y líricamente melancólico. Estos dejes espectrales que nos rememorarán a la calaña de MY BLOODY VALENTINE o, sin ir más lejos, los mismos DEFTONES, son una escalonada y creciente área de la personalidad del álbum, aproximándonos al despertar las quimeras y la valoración de principios geométricos que se deforman cual arena rosácea entre nuestras manos.

El álbum en su totalidad, además del factor “cósmico”, es ácidamente rockero y del Stoner más desafiante. El tema homónimo nos retrotrae a Heavy Rocks (2002) y todos unos 70’s distorsionados al máximo, casi como una década de contorsionistas adictos al cannabis que terminan siendo los líderes de una oleada a la más pura usanza BORIS: anacrónica, pero provocadora, sensualmente libertina y dispuesta a hacernos retorcer por medio de secciones agresivas y casi tan Blues como un B.B. King borracho vomitando en el escenario. Woman on the Screen, con un espectacular protagonismo de nuestra desequilibrada japonesa, va a ser una inmutable en todo el grosor del Pink. Casi una hora de la más pura y revolucionaria ida de olla que, aunque no es tan “volada” como cosillas anteriores (del tipo Absolutego), te va a hacer adicto a ello.

Nothing Special, la sensacional Blackout y Electric son como el “Jo-Ha-Kyu” (comienzo, interrupción, continuación) del teatro japonés, ya que la primera nos arrima al Post-Hardcore más eclético, la segunda nos regala infinitas tonalidades musicales que tal como el “apagón” nos adormecen para llevarnos como las corrientes de agua mentales, para que así la tercera, con menos de dos minutos y una instrumentación casi digna de la versión narcótica de los MOTÖRHEAD del Ace of Spades, nos "electrifique". Tres secciones delirantes, tres personas acometiendo con todo, minutos de un Pink estremecedor, que no se fija en gastos para darnos una lección de cómo combinar tantos géneros y tantas gamas de colores que simplemente nos referimos a ellos de una manera:

¡BORIS en la marcha, amigos!

La simbólica “California de los inmundos deleites” es admirada con malevolencia e ignaras gafas de sol con Pseudo-Bread, que como el tema homónimo es una estridencia auditiva que paulatinamente consigue asombrarnos con algunos de los riffs más descolocados del álbum, perdiendo las razones más allá de la mitad del tema, para que un Takeshi embriagado por el amor del desconcierto nos lo grite: “I've eaten the side I can't see”. Mítica precuela de una composición que a punta de palmadas nos revivirán al Hendrix del Woodstock: Afterburner. Sabemos que Wata no es una muchacha de esas que aceptan flores, ¿pero que podríamos tirarle? Estiércol no será, compañeros. Por ende, amiga, aguántate y recibe tu “camada” de elogios, porque ese talento suyo en la guitarra no te lo sacaste de una caja de cereal del gallo gritón. Y que Atsuo, con su ritmo de dieciséis compases y su "hit-hat del inframundo", la lleve en volandas por toda Sapporo.

Aquí sólo hay un derroche de personalidad, mis nipones de occidente.

Six, Three Times, por si no lo adivinaste, como casi todo el disco, es una sátira hacia la sociedad, pero convertida en una musicalidad, un Metal brillante que se goza como la soda. Porque si algo hay de Pink que no puedes obviar, entre miles de toques que lo hacen un álbum INCREÍBLE, es ese estilismo poco convencional que se afinca en la base de temas intrínsecamente ligados a la expresión propia del cuerpo humano. Cada jodida canción es más íntima y personal que la anterior, pero reflejadas desde la proyección de la elocuencia y la creatividad que nos sonríe desde el abismo de su trastornada manía. My Machine profundiza estos sentimientos, aderezándolos con una nostalgia sin igual, fruto del instinto ambiental y musicalmente "pacífico" de una bomba de relojería como Pink.

Lo más sobresaliente del álbum se nos cobija para el final. Just Abandoned Myself son dieciocho minutos de los BORIS más Drone/Noise de los días de Amplifier Worship (1998), sin dejar de lado todo ese “arrastre” metalero y bizarro hasta la médula, para desembocar en un océano arcoíris de mil y una noches con Takeshi como capitán del barco de los “náufragos de la conciencia”. La edición internacional (de la mano de Southern Lord Records y la que este servidor posee) alarga los once minutos para contemplar una “segunda” sección con maravilloso testimonio del trance etílico al que BORIS te somete. Emocione o no la “continuación” del tema, para ello tenemos muchos, muchos minutos de emociones que no paran, así pues Pink es una licuadora que tu cabeza está siempre “casi al límite”, y tu nariz no parea de sentirse como cuando vas en motocicleta a ciento ochenta millas por hora. Un pedazo de adjudicación de antología.

Una de las tantas joyas de estos japoneses enfermizos con los que tanto disfrutamos.

Pink es un trabajo que se goza de principio a fin, mientras nos hace gala de todo lo que puede enseñarnos a través de su música, que es como una contención inadecuada que acaba por estallar en mil piezas y nos obliga a recolectarlas en un río rosa del que emergen burbujeantes pulsaciones sónicas. Mucha presión acústica que se va explayando con temas que abarcan desde lo inhóspito de la mente hasta las vivencias de seres humanos en un mundo cibernético (y eso que era 2005…) que pierden la razón y se entregan los placeres efímeros. Porque “rosa” no es la portada, es, como dice la canción-título, “la esencia del hombre, que se corre por las alcantarillas de la locura”.

Mucho, demasiado en que pensar.

A la vez: DESCOMUNAL ROCKEO para germinar.

Pink:

La cumbre de los japoneses más ensordecedores y sentimentalmente desprendidos.

El Rock ‘n’ Roll de la más infernal distorsión soñada

Takeshi Ohtani - Voz, Guitarra Bajo.
Wata - Guitarra, Efectos y Voz.
Atsuo Mizuno - Batería, Percusión y Voz.

Sello
Southern Lord