Aeternus ‎– Ascension Of Terror

Enviado por dHt el Dom, 21/02/2016 - 02:06
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1. Possessed By The Serpents Vengeance (6:08)
2. Slaying The Lambs (4:56)
3. Ascension Of Terror (4:58)
4. The Essence Of The Elder (4:07)
5. Warlust (4:41)
6. Wrath Of A Warlord (3:29)
7. Burning The Shroud (4:17)
8. Denial Of Salvation (7:18)
9. The Lair Of Anubis (3:55)

Álbum completo (43:52)

Edición reseñada: Ascension Of Terror (‎CD, Álbum, 2001)

Poco se podría esperar de ninguna banda de culto de metal extremo en 2001 por muy noruega que fuera y por mucha tradición que tuviera. Los grupos pioneros de la escena black no eran más que la sombra de sí mismos, desorientándonos con sus nuevas tendencias muy alejadas de sus obras maestras. La mayoría cambiaron de rumbo explorando otros estilos, así ocurrió con Darkthrone, Gehenna, Satyricon, Ulver o Covenant (The Kovenant). Aun con todo, Immortal nos seguirían entregando piezas de buen black metal y las nuevas orientaciones de bandas como Emperor con Prometheus: The Discipline of Fire & Demise o Enslaved con Monumension, seguirían a la altura de las circunstancias ese mismo año. Entre tanta confusión aún quedaban bandas nacidas a la sombra de los maestros que se hicieron un hueco en la escena noruega toda vez que éstos fueron abandonando su trono. Me refiero a bandas como Taake o los mismísimos Aeternus.

Alguno podrá pensar que sólo con escuchar a Mayhem, Darkthrone, Immortal, Emperor o Burzum ya tiene la papeleta noruega resuelta, pero si baja tan solo un peldaño, se encontrará una agrupación singular de raíces nórdicas y espíritu oscuro y frío casi a la altura de las bandas más reconocidas. Ronny Brandt Hovland, más conocido como Ares, reputado músico, exmiembro de Gorgoroth y músico de sesión de Immortal (con quien hizo la gira del Blizzard Beasts), es el miembro fundador de Aeternus (1993) y el único componente que continúa a día de hoy. A su lado estuvo hasta 2006 Erik Hæggernes a la batería, ambos coincidieron en Gorgoroth, banda con la que permanecerían hermanados y que brindan en este álbum una dedicatoria especial a la memoria de Erik Brødreskift, alias Grim (batería de la banda durante un tiempo que también estuvo durante unos años en Borknagar y que se suicidó en 1999 con una sobredosis). Aeternus incorporó ya en 1999 un segundo guitarrista, Radomir Michael Nemec (Radek), que pasó de ser músico de sesión en su anterior disco a miembro estable para éste. Todo lo contrario que la bajista y teclista Nicola Trier, más conocida como Morrigan, que participó en sus tres elepés anteriores pero que aquí sólo figura como instrumentista en las sesiones de grabación y que abandonó la agrupación poco antes de la edición de éste álbum.

Aclaremos ya un asunto: esto no es el paradigma de banda “blackmetalera” noruega, nunca lo fueron y realmente nunca lo quisieron ser, es más, Ascension of Terror NO puede ser considerado un disco de éste estilo. Ya desde su primer larga duración, el magnífico Beyond the Wandering Moon (Hammerheart Records, 1997), demostraron tener un gusto especial por mezclar pasajes oscuros, fríos e hipnóticos, de atmósfera y riffeo blacker, con otros contundentes y brutales de ramalazo death poco usuales en la escena, además del característico y profundo growl de Ares que se alejaba de los tradicionales shrieks del black. Un año después, publicaron el que se considera su obra maestra ...and So the Night Became (HHR, 1998), una asombrosa demostración de dotes donde, a todos esos elementos aportados en el primer álbum, se añadirían impresionantes fragmentos acústicos de corte medieval y una atmósfera aún más épica. Cortes a medio tiempo de ritmo marcial, con una cadencia cercana al doom, repleto de los característicos riffs oscuros del inframundo de la mano de Ares, codeándose en maestría a los primeros álbumes de Enslaved o a los algo menos conocidos Hades noruegos.

Pero el fin de siglo nos trajo nuevos aires para la escena. Aeternus, al igual que hicieran otras bandas como Behemoth, decidieron pasarse “al otro bando” y desmarcarse de la cada vez más obsoleta y quemada (el que con iglesias juega se acaba quemando) escena del metal negro y, para su tercer disco (Shadows of Old, HHR, 1999), mandaron a la hoguera las acústicas y los pasajes más atmosféricos y acentuaron su lado más “deathmetalero”. Canciones más cortas, pesadas y brutales, descartando casi por completo el enfoque épico y monumental de sus primeras obras. Aspecto clave que acabó marcando el devenir de su carrera, siendo considerados a partir de aquí una banda de death metal, aunque, en el álbum que ahora nos ocupa, sigue muy presente la influencia black, veamos.

Por cuarta vez, en junio del 2000, el cuarteto nórdico se fue a grabar a los estudios de uno de los gurús del sonido noruego de los 90, Eirik Hundvin, alias Pytten. Brevemente diré que en los Grieghallen Studios se gestaron muchas (por no decir todas) las grandes obras maestras del género, la lista es larga, tan solo pensad en los mejores trabajos que puedan veniros a la memoria cuando hablamos de Emperor, Burzum, Immortal, Mayhem o Enslaved. Algo tienen esos estudios y el trabajo de Pytten, para que, por mucho death que se le quiera llamar a esto, los de Bergen sigan manteniendo esa característica atmósfera oscura a través de la mayoría de sus riffs de carácter marcadamente nórdico y una tonalidad épica en su esencia. Híbrido único y tan bien conseguido que me atrevo a asegurar que agradará tanto a “deathers” como a “blackers” por igual.

Poco se puede decir de la portada, horriblemente cutre, solamente superada por la de su anterior disco
y que según figura en el libreto, fue diseñada por Ares y un tal Marco@HHR (hay que tenerlos bien puestos para firmar semejante esperpento) en el que puede ser que se iniciaran e hicieran sus pinitos en la versión 0.1 de “fotosó”. En fin, no juzgaremos el contenido por su tapa.

Se encienden los reactores y la nave comienza su terrorífica ascensión en el inicio de Possessed by the Serpents Vengeance, arranque ilustrativo de lo que el álbum nos deparará. Aquí encontramos su antaño característico riffeo áspero mezclado con poderosos riffs de death metal y una atmósfera oscura, opresiva y sofocante gracias a una asfixiante batería descomunal y a los escasos, pero acertados, interludios de guitarra acústica. Erik es un puto pulpo, la batería suena brutal, mucho más que el común de bandas de death metal, y solamente detenerse a escuchar esos blast beats poderosos y los fustigadores crash uno se pregunta si no hay cuatro manos o dos baterías. Gran apertura ésta venganza de la serpiente, de los mejores temas de todo el álbum que a más de uno le recordará a Behemoth o los “æternos” Immortal.

Sin sonar técnicos, el cuarteto de Bergen (realmente es un trío en este disco, pero no puedo dejar de lado la maravillosa labor de Morrigan durante tantos años) son un prodigio de técnica. Dos canciones tan distintas como Slaying the Lambs o Ascension of Terror dan cuenta de ello. La primera es una vertiginosa, aplastante y destructiva canción repleta de cenizas, muerte, fuego y caos de mórbidas reminiscencias “angelinas”. La que sucede a través de un fade in es un subidón de terror que nos trae unos sensacionales medios tiempos y guitarreos de atmósfera black combinados con un sibilino riff del que es imposible escapar, que nos acecha y atormenta durante gran parte de la canción y serpentea tras de nosotros hasta atraparnos en su frío abrazo y desgarrarnos de dolor con el chillido de su afilada guitarra. Tema que muestra la magistral interpretación de Ares a las voces, siempre acorde con las particularidades de cada tema, aquí se destapa con un growl solemne, diferente a los guturales venenosos y repletos de odio al que nos tiene acostumbrados.

Los temas centrales son los más devastadores de todo el disco y los que más carga de brutalidad soportan. Aun así continúan sorprendiendo con riffeos y pasajes de naturaleza black, como en la épica y subyugadora Warlust; incluso en la sensacional Wrath of a Warlord con una impagable sección final de reminiscencia cien por cien “thrashica”. The Essence of the Elder es un claro ejemplo de la magnífica implementación de oscuridad dentro de la brutalidad, con una tenebrosa melodía en su interludio central que nos transporta a la esencia del caos haciéndonos viajar más allá de la muerte en su desenlace. Tema que particularmente siempre me trae a la memoria a Pestilence, tanto es así que tuve que cerciorarme, escuchando de nuevo el Testimony of the Ancients, de que ninguno de sus riffs fuera identifico a alguno de los que hallamos en éste álbum. Nada más lejos de la realidad, sin embargo, esa amalgama tan exquisita de death con una atmósfera oscura despierta sensaciones similares en mi cabeza. Burning the Shroud completa el combo antes de la traca final con una composición repleta de quiebros memorables en un complejo entramado estructural y una excelente sección rítmica, como no podía ser de otra manera a estas alturas del disco.

La oscuridad se cierne de nuevo sobre nosotros en uno de los mejores temas jamás compuestos por Aeternus, hablamos de Denial of Salvation. Cuervos, truenos, acústicas, piano… nos devuelven al sonido aeternus de la banda con un medio tiempo marcial constante con himnos ceremoniales e hipnóticos manando de sus cuerdas. De nuevo el growl se torna más cavernoso y oscuro, como esa voz oculta y demoníaca que surge del interior. Con un memorable interludio en el tercer minuto donde el piano, las acústicas y un bramido que rezuma odio dan rienda suelta a un soberbio y épico solo de guitarra que desemboca en un clímax absoluto con los gemidos infernales de Ares y el alarido agónico de su guitarra. El demonio interior se desencadena y se libera al final del tema con un espeluznante cambio de registro vocal con ese estremecedor “Furia – dolor – guerra – odio – ¿Dónde está mi dios? ” y una hiriente guitarra fundiéndose en la más absoluta oscuridad apagada por los ecos de la tormenta.

Terminamos la masacre sonora con la espectacular The Lair of Anubis. Desde el comienzo sorprende con un riff épico como los de antaño. Genial, pegadizo y devastador tema, en un ataque despiadado de cuerdas y una batería martilleando y azotando sin cesar ni un instante. Con la única tregua de la parte central en la que, toda vez atendidas las plegarias de Ares con sus “hear me”, se incrementa la velocidad, rapidez y contundencia de la que emerge de los reinos de la muerte el mismísimo Anubis en su tramo final para reventar nuestros sesos en una orgía demoledora de sangre, guerra, muerte y odio con el vicioso riff del inicio y los fustigantes blast beast y chrash de Erik para sodomizarnos.

Impresionante disco que sólo encuentra su punto débil en sus puntos más fuertes. Me explico: Aeternus hacen aquí un death metal fuera de lo común, con una calidad y complejidad técnica que asombran por su naturalidad y genialidad. Pero la banda se desenvuelve en un nivel superlativo cuando se dedica a hacer aquello que mejor sabe: sonar a esos primeros discos que la propia banda gustaba denominar dark metal. El primero y los dos últimos temas son tan magistrales que empequeñecen la buena labor que se hace a lo largo del disco. Quieren sonar distintos a sí mismos y, aunque sepan hacer buena música en otros géneros, nadie es mejor que ellos en su propio terreno, el de las armonías épicas con tonalidades oscuras y el de las atmósferas opresivas con hipnóticas melodías que nos arrastran orgullosos hacía una muerte segura marcada por el lento compás de un desfile marcial hasta el campo de batalla.

Cuatro cuernos para una soberana demostración de poderío, fuerza y mucha actitud de uno de los grupos más profesionales de la escena underground que son de obligada escucha si te gusta la música extrema en general. Si tenías ya el privilegio de conocerlos antes, es posible que las primeras escuchas se te atraganten y eches de menos las acústicas, las gaitas, los teclados y ese sonido tan lúgubre característico de antaño. Pero si no los conocías y éste disco te entra sin lubricante, aún te queda un inframundo por explorar de ésta banda. Si es así te recomiendo que pases por una de esas magníficas reseñas que quedaron sepultadas con el paso del tiempo por aquí y que se convertirá, una vez abras las puertas de su oscuridad, en una referencia de metal extremo ignota a tener en cuenta. Si les das la mínima oportunidad comprenderás porqué se hizo la noche… y porqué se hizo æterna.

Ares: Voces y guitarras
Erik: Batería
Radek: Guitarras
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Morrigan: Bajo (músico de sesión)

Sello
Hammerheart Records